Hace unos días, un hombre murió atropellado al cruzar la Chacabuco. Hay momentos en los que uno toma conciencia de lo poco que hace falta para que todo termine. No hace falta una enfermedad incurable o una guerra. A veces alcanza con caminar por una avenida cualquiera, una mañana cualquiera, un semáforo que cambia, un colectivo imprudente. En menos de un segundo, la vida que uno había organizado cuidadosamente durante cuarenta o cincuenta años puede convertirse en una noticia breve.
Tenemos una relación bastante absurda con el futuro. Hablamos de él como si nos perteneciera. Morir atropellado en la Chacabuco tiene algo particularmente trágico porque no parece una muerte destinada a nosotros. Uno imagina la muerte como algo lejano y excepcional, como algo que ocurre después de una enfermedad, a una edad determinada. No así, mientras cruza un bulevar con una bolsa en la mano, pensando en cualquier cosa.
Pero el azar no es aquello que puede matarnos. El azar es que estemos vivos. Que hayamos nacido, que nuestros padres se hayan encontrado, que determinado espermatozoide haya llegado primero, que hayamos sobrevivido a miles de circunstancias que ni siquiera conocemos. Que hoy estemos acá, leyendo esto, en lugar de haber quedado del otro lado de alguna de las infinitas bifurcaciones que nunca vimos. La vida que creemos tan sólida está sostenida sobre una cantidad extraordinaria de casualidades, esa palabra perfecta con la que maquillamos el azar.
Preferimos pensar que nuestras decisiones explican lo que nos ocurre y que, si hacemos las cosas bien, podemos mantener cierto control sobre nuestra vida. Quizás por eso nos incomode tanto lo imprevisible, porque rompe la ilusión de que somos dueños de lo que nos pasa. Hay algo paradójico en esa resistencia, ya que nosotros mismos somos el resultado de una enorme cadena de casualidades. Esa fragilidad, tan arbitraria y tan ajena a nuestras manos, nos recuerda la dimensión exacta de lo que somos.
Podemos tener una agenda perfectamente organizada, una carrera, una familia, un crédito que pagar, una reunión el martes a las diez y un viaje comprado para enero. Podemos hacer planes con una precisión casi ridícula y, sin embargo, no llegar a cruzar la calle.
Quizás por eso no haya que vivir pensando en la muerte. Alcanza con recordar que estar vivos tampoco está garantizado.










Ademas de todas las observaciones sobre educacion vial, prioridad al peaton y diversas cuestiones educativas, la realidad es que existen esquinas y semaforos mal instrumentados y que necesitan ser revisados.
Hay esquinas en las cuales los semaforos, por el intenso tráfico automotor y peatonal debieran ser estudiados e implementar luces de tráfico de tres tiempos (y no solo de dos tiempos::
. es la esquina de esta triste noticia
. otra es la esquina del patio olmos, donde nace Hipolito Irigoyen
. es en la que no existe semáforo: ituzaingo e Hipolito Irigoyen
. hay varias mas que la gente de la municipalidad (creo tercer piso) debiera conocer saiendo de la comodidad de sus oficinas y caminar a pie la ciudad
Pero no debe ser solo el tema semáforos: a.,- las veredas estan en estado desastroso, incaminables. Pobres ciegos y ancianos. b– el trasnporte urbano y colectivo con algunas frecuencias de 50 minutos es indefendibles. c.- las calles urbanas sin mantenimiento d.- la mugre y suciedad de nuestra hoy roñosa ciudad decordoba. Lo que señalo la convierte en insalubre e inmostrable. Ni que hablar de los barrios en los que la limpieza tiene una secuencia mensual.
Sigamos convirtiendo las anchas avenidas en angostos senderos, sin estudios de circulacion y sin observacion directa del resultado de los errores, y asi nos va.
Extrañamamos un intendente al estilo de Mestre padre, de Marti, y aun del arquitecto Taboada (aunque no haya sido elegido por el voto popular) que honraron el cargo que ocuparon
FUNCIONARIOS, ABANDONEN SUS COMODOS SILLONES DEL PALACIO MUNICIPAL Y CAMINEN LA CIUDAD Y VEAN EL MAL RESULTADO DE SUS PESIMAS GESTIONES, DIAGRAMACIONES Y DISPOSICIONES
Es cierto. Por más perfecta que sea nuestra realidad, aunque no dejemos nada librado a la suerte, por muy bien señalizado que esté el camino y planificados los circuitos que recorremos a diario; la hora en que morimos no nos pertenece, como no nos perteneció el instante de nuestra concepción. Aun así, nadie se muere en la víspera. La muerte camina a nuestro lado.
Talvez es necesario repensar la educación, dónde el respeto , a las personas, a las normas de tránsito a los controles que se deberían realizar, sea la conjugación más valedera para una convivencia y participación ciudadana acorde al momento . Pero, el respeto, el respeto….es fundamental.
Pero si está todo mal hecho…asi se mueren todos los que quieran cruzar…la solución es simple…una vez cada uno…una mano, otra mano y luego todos los semáforos rojos y cruzan los peatones…simple el proceso y nadie muere nunca.
Excelente mirada del pasado, presente y ………..futuro. Felicitaciones