El caso de Malta comenzó en 1800 por ser una isla en el centro del Mediterráneo, equidistante de África, Europa y cerca del cercano oriente, con puertos de aguas profundas y buen tiempo, que fueron muy útiles en la Segunda Guerra Mundial. En 1972 su primer ministro Dom Mintoff inició el proceso que -no sin problemas- terminó en 1979, garantizando que “nunca sería dominada o sede de bases militares extranjeras”.
Hoy todos los países del Golfo Pérsico tienen motivos para empezar a dudar de la conveniencia de tener bases de EE.UU. en su territorio.
Es que sin ser siquiera avisados se vieron involucrados en una guerra que se produjo cuando EE.UU. e Irán estaban negociando con buenas perspectivas la renuncia de Teherán al poder nuclear militar y el desarrollo misilístico. El ataque que exterminó a la cúpula teocrática cuando se habían reunido precisamente para debatir y aceptar el acuerdo, produjo ataques de Irán a las bases estadounidenses y luego a infraestructuras siempre en represalia a previos ataques del agresor.
También deben comenzar a tener el mismo dilema los países de la Otan y de la Unión Europea, que se enteraron del retiro de Afganistán (febrero 2020) cuando los estadounidenses estaban subiendo a los aviones, por lo que tuvieron que huir dejando su equipamiento -que hoy utilizan los talibanes que fueron a combatir-.
Antes, en 2003 acompañaron a Washington en la invasión a Irak por “las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein” que se demostró falso y a quien antes había armado para luchar con Irán. También en las invasiones a Yugoeslavia (1999), a Libia (2011) o Siria (2011) donde hoy gobierna uno de los terroristas de ISIS, sucesor de Al Qaeda que les produjeron crisis inmigratorias sucesivas por la disolución y caos de esos países.
Nota destacada le cabe a la guerra Rusia-Ucrania por la expansión de la Otan al este, que EE.UU. había prometido no hacer cuando cayó la URSS y hoy la tiene en vilo en lo militar, económico y político ante las constantes amenazas y desvalorización a las que las somete diariamente Donald Trump.
Es que antes fingieron demencia cuando Edward Snowden denunció las escuchas de a líderes de países comunitarios y aceptaron mansamente la destrucción del Nord Stream II que los hubiera abastecido de gas ruso barato, cayendo en manos de EE.UU. y de los países del Golfo Pérsico, que hoy no le garantizan su aprovisionamiento
Evarist Bartolo, ex canciller maltés, en el canal de YouTube “Neutrality Studies Español” de Pascal Lotazz -un suizo residente en Japón- señala que tener una base militar extranjera en el territorio, lejos de ser una protección es una atracción al ataque de países extranjeros, sin garantía alguna de ser protegidos. Agrega además que esa presencia es un modo de influencia en el gobierno nacional, de control electrónico al menos y finalmente de dominación por los países más intervencionistas en países extranjeros, a quienes deben comprarles equipamiento militar “en agradecimiento”, pero que solo pueden utilizar con aprobación de ellos.
Por eso dice que “EE.UU. hoy está sacrificando a los países del golfo por su imperio”, por lo que la mayoría de ellos –salvo Emiratos Árabes Unidos (EAU) que está asociado con Israel en fábricas de armas- debieran replantearse la presencia de bases norteamericanas en su territorio.
En un momento en que Washington no puede garantizar su seguridad, los convierte en un objetivo de ataques defensivos de Irán y exige a sus aliados mayor inversión en armamentos que les provee afirmando que “quienes no lo apoyen en esta “excursión, ataque o guerra” en la que los ha involucrado en forma inconsulta, son enemigos” aun cuando su aliado Israel ha bombardeado infraestructuras iraníes, con la lógica consecuencia de la réplica iraní sobre su propia infraestructura.
En estos días México, Brasil y Colombia alcanzaron un acuerdo conjunto (Acuerdo de Bogotá) para impulsar una iniciativa diplomática y solicitar un cese al fuego inmediato en Medio Oriente, pero también sosteniendo su soberanía y avanzar hacia un sistema de defensa conjunta –similar a la Otan-, aumentar sus intercambios entre sí y con otros bloques económicos y geopolíticos.
Eso es un intento inicial pero firme para lograr neutralidad, como lo hizo Malta, con todos los bloques geopolíticos que tercian en un mundo que se está reordenando en forma multipolar. Esos tres países latinoamericanos suman 400 millones de habitantes y 4,2 billones de dólares de PBI y con gobiernos que están ratificando su liderazgo político, son un polo de neutralidad suficiente como para convertir en una ilusión la doctrina Monroe –América para los (Norte) americanos- que ahora la Casa Blanca pretende reimponer a la región.
Un compromiso del Acuerdo de Bogotá respecto de su objetivo de sostener su soberanía y no permitir su control por cualquiera de los otros polos que se están configurando, muy similar al que se autoimpuso Malta, es un comienzo que permite abrigar alguna esperanza de neutralidad, más allá de la segura oposición de Trump y de sus 11 países de la región que son sus aliados en el “Escudo de las Américas”.









