Hay algo que veo cada vez más en la universidad y que me resulta bastante más preocupante que un mal resultado en una prueba. Se trata de la dificultad para conseguir que un alumno quiera saber algo que no necesita saber inmediatamente. Lo veo como profesor, pero también lo escucho en mis colegas, que se quejan de que los estudiantes ya no leen, no escriben, no se concentran, no estudian y, ahora, directamente le entregan los trabajos a la inteligencia artificial. Las quejas son bastante comprensibles. Lo curioso es la manera en que solemos hablar de esto. Casi siempre terminamos comparando el presente con una época en la que, al menos según lo recordamos, los estudiantes parecían tener una disposición mucho mayor hacia el estudio. Tal vez esa imagen esté un poco deformada por la memoria, que generalmente tiene la maldita costumbre de hacer eso con el pasado.
Estamos pidiéndoles a los jóvenes que desarrollen unas capacidades en un ambiente que conspira permanentemente contra ellas. Estamos construyendo un mundo extraordinariamente eficaz para impedir que alguien permanezca demasiado tiempo haciendo una sola cosa y después nos sorprendemos cuando ese alguien no puede sentarse a leer treinta páginas de un libro. La universidad intenta sostener una costumbre bastante antigua de pedir esfuerzo sin ofrecer recompensa inmediata. Hay que leer un texto difícil, entenderlo, no entenderlo, volver a leerlo, discutirlo, equivocarse. El premio puede llegar dentro de muchos años, si es que llega.
Por eso me cuesta reducir el problema a que los alumnos saben menos. Puede que sepan menos algunas cosas, desde luego, y que sepan mucho más de otras. Pero cada vez es más difícil convencer a un joven de que vale la pena hacer el esfuerzo que supone llegar a saberlas.
Los profesores nos quejamos de la inteligencia artificial como si hubiera llegado a destruir una universidad perfecta, cuando en realidad apareció en una sociedad que ya llevaba años entrenando a todos, también a nosotros, para querer respuestas rápidas sin esfuerzo.
La escuela y la universidad tienen ahora una tarea bastante modesta y bastante revolucionaria que es crear un lugar donde todavía sea posible no entender algo durante un rato y, sobre todo, donde todavía sea posible querer entenderlo. Antes que enseñar respuestas, hay que volver a enseñar el deseo de conocer.









