Escopetazo
En una breve pausa en el juicio por los bebitos fallecidos en el Materno Neonatal, la Cámara Séptima del Crimen inició otro juicio con jurados populares y por un espantoso crimen ocurrido en la noche del 14 de enero del año pasado en barrio Comercial.
Con el tribunal presidido por el doctor Cesano y acompañado por las juezas Soria y Huberman, más el fiscal López Villagra en la acusación, comenzó el juzgamiento de Carlos Cuello de 35 años y Facundo Gigena, de 25, imputados por Homicidio Calificado por el Modo, y que en realidad sería por alevosía, ya que según la acusación y por un presunto enfrentamiento entre bandas en el sur de la ciudad, mataron a Carlos Alberto Rizzo de 48 años. Lo hicieron disparándole por la espalda con una escopeta calibre 16. Por supuesto, y de acuerdo al Código Penal, la única condena posible para Cuello y Gigena en caso de probarse los hechos, será la de prisión perpetua.
Recordemos que de acuerdo a las estadísticas oficiales, durante el año 2024, ocurrieron en nuestra provincia 115 asesinatos, siendo 52 de ellos callejeros o sea por violencia urbana. El dato distintivo del crimen de Rizzo es que no lo mataron con un revolver o pistola, sino de un escopetazo.
Un «Federico» Narco
Hace algunos días, el Tribunal Federal Uno con la acusación del fiscal Maximiliano Hairabedián, condenó a 6 años de prisión a un oficial subinspector de la División Antidrogas de la Policía Federal, por traer drogas desde la provincia de Buenos Aires y venderlas en fiestas electrónicas a las que él mismo concurría en nuestra ciudad.
Rodrigo Martín Díaz, de sólo 26 años, fue detenido en un control de la policía caminera provincial en el kilómetro 502 de la autopista a Rosario, pasadas las 18 horas del 31 de enero del 2024. Sucedió a partir de un “dato” recibido en la fiscalía federal de Bell Ville, a cargo de María Miguel Carmona.
El policía Díaz viajaba acompañado por su madre y llamó la atención su insistencia para seguir el viaje al mostrar rápidamente su carnet perteneciente a la PF, tal vez buscando que los efectivos de la caminera no lo requisaran por una cuestión corporativa. Pero sucedió todo lo contrario, y tal como lo había anticipado el llamado anónimo, se verificó la presunción que algo “no estaba bien”.
Entre la ropa que vestía, Díaz tenía dentro de una bolsa de nylon negra, $200.000 y ocho envoltorios de una sustancia pulverulenta que luego de confirmó era una mezcla de ketamina, cafeína y xilocaína, conocida como “tusi o cocaína rosa”, un psicoestimulante muy peligroso para la salud y alucinógeno como el ácido LSD. La presunción es que Díaz compró esa droga para revenderla en nuestra ciudad y hacer una “diferencia”. Al fin y al cabo, nunca vienen mal unos mangos extras y más aún cuando se trata de “plata fácil”.
En su defensa, Díaz contó que era un adicto importante, de un consumo semanal de 13 gramos de tusi y que la droga que traía era para su vicio personal. Agregó que la compraba en Buenos Aires porque era más barata y su sueldo no le alcanzaba para adquirirla acá y que además por su condición de policía nadie le quería vender. Queda claro que los jueces no le creyeron y por eso lo condenaron.
En la jerga, a los policías provinciales se les suele decir “juanes” por la gran cantidad de policías con ese nombre de pila desde siempre. A los federales en cambio, los llaman “federicos” por la similitud de los nombres. Por eso cuando terminó el juicio a Díaz, alguien dijo “otro federico narco condenado”.
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