Desde nuestro primer latido, nuestras vidas trascurren abriendo y cerrando ciclos de necesidades y deseos, que a medida que completamos y cumplimos pasamos al archivo para ocuparnos de los nuevos. Nos levantamos con hambre, pero gracias al desayuno satisfacemos nuestro apetito y entonces llevaremos a los niños a la escuela, y después haremos algún trabajo, y así seguiremos con lo que tengamos o queramos o necesitemos hacer. Y habrá días en los que el desayuno no será del todo rico, o que se nos rompa el vehículo y aparezcan contratiempos, o cuestiones de salud, o climáticas que nos compliquen la rutina. Dicho de otro modo, la satisfacción y la insatisfacción forman parte de nuestra cotidianeidad, y aprender a entender y aceptar estos procesos internos y externos, será muy importante para vivir la vida con mayor o menor plenitud.
El juicio interno y las presiones del entorno
No nacemos con un “medidor” de conformidad y expectativas, en cambio lo vamos construyendo a partir de nuestras historias y experiencias de vida, según vayamos internalizando y haciendo propios los límites y los mandatos externos de nuestros seres queridos y de la sociedad. Es como si de a poco, se instalara un “tribunal” dentro nuestro (Super-Yo según el Psicoanálisis), que nos permite o no, hacer y ser determinadas cosas, mientras nos acomodamos en la cultura y buscamos el sentido a nuestras vidas. Muchas conductas serán premiadas y reconocidas, muchas otras canceladas y castigadas. De hecho, un montón de nuestros aprendizajes están marcados por la gratificación de “ser aceptados, queridos y valorados”. Será entonces en este intercambio de relaciones, y de la formación de la propia personalidad, cuando también construyamos los parámetros para sentirnos más o menos satisfechos, según las diferentes circunstancias de la vida, de las habilidades desarrolladas y los contextos más o menos favorables. ¿Por qué en un mismo examen y habiendo obtenido una misma nota, hay alumnos más y menos conformes? Un 6 o un 7 puede ser una muy buena nota para algunos, pero regular o mala para otros. Definitivamente cada uno de nosotros configura la realidad según necesidades, expectativas, exigencias y mandatos diferentes.
Los autorreproches
Por supuesto, la autocrítica se instala en nosotros, con mayor o menor claridad, fortaleza, amplitud y severidad. La posibilidad de aprender de nuestros errores, nos permitirá corregir y mejorar. Ahora bien, ese juicio interno también debe ser tolerante y maduro, para no convertirse en un verdugo despiadado y propenso a dañarnos. Claro que no es sencillo convivir con nuestro Mundo Interno, y sobre todo en una sociedad signada por demasiados valores controvertidos, en un tiempo en el que lo virtual y lo mediático influyen fuertemente a la hora de incluirnos o excluirnos del mundo: “Somos si tenemos, y somos menos o no somos, si carecemos”, según los criterios de un modo de vida capitalista en el que “la chapa y las apariencias” están muy sobrevaloradas. Esta situación nos puede “hacer perder la brújula” de nuestras reales necesidades y deseos, para subordinarnos a imposiciones que no nos sirven ni que realmente queremos. Por eso, también deberemos aprender a “evaluar” a nuestra autocrítica, para que no se convierta en liviana, superflua e inservible, pero tampoco en “una guillotina” que nos castigue con devaluaciones, culpas y malestares, que nos terminan bloqueando, paralizando y afectando seriamente a la hora de fortalecer nuestra autoestima en los diferentes ámbitos de nuestras vidas. Sólo por mencionar un ejemplo entre muchos, durante la etapa evolutiva más crítica que es la adolescencia, es común mirarnos al espejo, castigarnos y flagelarnos porque no nos gustan diferentes partes de nuestro cuerpo. Nos enfocamos en lo que no nos gusta y desvalorizamos o ignoramos lo que sí. Por eso es tan importante aprender a aceptar nuestros límites y lo que somos, haciendo lo mejor posible con lo disponible. Siempre será un buen camino para afirmarnos en la vida, y no sufrir inútilmente pretendiendo ser “una imagen ideal que sólo puede existir en nuestra fantasía” y que nos tironea y daña desde la insatisfacción y la penuria de “ser poca cosa”. Como dice la canción El Fantasma de Canterville escrita por Charly García: “…esa careta idiota, que tira y tira para atrás…”. No suele ser saludable construir una imagen gloriosa de sí mismo, que deberemos sostener con mucho esfuerzo y a costa de no permitirnos “flaquezas ni debilidades”. Por supuesto, siempre viene bien recordar que somos seres incompletos, y que esa misma falta que muchas veces no es comprendida y nos perturba y angustia es el espacio por donde pueden deambular los deseos, las búsquedas y lo novedoso. Es justamente esa incompletud, la que nos lleva a movernos y hacer actividades artísticas, deportivas, recreativas, y también a buscar y encontrar (o no) nuevos amores.
La culpa, la frustración y la vergüenza
La culpa es un remordimiento que sentimos luego de hacer algo indebido o no permitido, o simplemente de equivocarnos en algo, decepcionándonos con nosotros mismos. Por supuesto, la excepción son los psicópatas y tramposos, especialistas en violar límites, estafar a otros y escalar a costa de lo que sea, sin ningún sentimiento adverso ni negativo por semejantes conductas. También la frustración nos pega duro cuando las expectativas no se cumplen y la insatisfacción es indisimulable. Habitualmente las personas más competitivas y autoexigentes, están más vulnerables al dolor y a la bronca, y las consecuencias se traducen en diferentes manifestaciones que van desde la ansiedad, la depresión, el ensimismamiento y la evasión entre otras. Igualmente la vergüenza forma parte de este “medidor de satisfacción”, y justamente el temor a exponernos por creer que no tenemos lo suficiente para ser respetados y aceptados, o que somos incapaces de algo, entonces nos escondemos y retraemos para evitar que supuestamente se nos burlen o nos discriminen. Esta sensación predomina en las personas tímidas, miedosas y fóbicas, con un autorreproche injusto y cruel que paraliza y condena por la desalmada creencia de inferioridad.
¡Cuidado con los proyectores!
En el “juego de las relaciones sociales”, también participan los “extraculposos” que son especialistas en repartir recriminaciones y responsabilidades a los demás. De hecho la proyección es un mecanismo defensivo que consiste en “ver la paja en el ojo ajeno, y no el palo en el propio”. Por lo tanto, es saludable cuidarnos de quienes se la pasan exigiendo y presionando a otros, intentando hacerles pagar “las facturas de sus propias insatisfacciones”. Precisamente, la buena salud de las relaciones amistosas y amorosas, también se sostiene en poder compartir las coincidencias y tolerar las diferencias, priorizando de este modo la satisfacción y gratificación del “encuentro y la comunión” con el otro. Claro que en una “sociedad de mercado” como la nuestra, las comparaciones “odiosas y razonables”, inevitablemente forman parte de nuestro ser, para bien y para mal. Pueden ayudarnos a valorarnos o a ponernos metas y objetivos alcanzables, pero también golpearnos con dureza: “Me gusta jugar al futbol pero si me comparo con Messi, entonces colgaré lo botines irremediablemente”. También es verdad, que una insatisfacción lógica y aceptable puede ser un trampolín para algún logro. Pero cuando nos topamos con “la exigencia de la perfección”, entonces la derrota y la decepción estarán casi aseguradas. Aunque sea una obviedad, debemos siempre recordar que Superman y la Mujer Maravilla sólo existen en las historietas.
Aceptarnos y conocernos
Como dice un viejo dicho: “Nadie tiene la felicidad comprada”. Alrededor nuestro suceden infinidad de situaciones y eventos que nos pueden o no gustar. Por lo tanto, reconocer el entorno y la realidad con la mayor claridad posible, es extraordinariamente importante. La otra alternativa es vivir, como se suele decir, “en una burbuja o en una nube”. Por lo tanto, enfocar con realismo lo que sucede en nuestro entorno, nos permitirá elegir con mayor sabiduría y éxito. Es como ir a comer a un restaurante, y ver claramente cuáles son las opciones del menú, para luego pedir según nuestro gusto. Así nos iremos luego, con la panza llena y más o menos conformes. Claro que en nuestro mundo interno, el “contacto” con nosotros mismos será clave. Poder conocer nuestras capacidades y límites, lo que nos gusta y no, lo que nos resulta más fácil o difícil aceptar, lo que querríamos probar y experimentar, hacernos responsables de nuestras elecciones, y ampliar o no nuestra tolerancia a lo diferente o insoportable. En definitiva no existen “recetas mágicas”, pero sí caminos posibles para aprender, crecer y disfrutar de la vida a pesar de las peripecias y adversidades, a veces muy duras. Y por eso, viene bien, al menos de vez en cuando, revisar nuestro juicio interno y preguntarnos como estamos funcionando con la satisfacción…y la insatisfacción.









