La cultura de la cancelación ha permitido que grupos -muchas veces integrantes de una minoría, personas comprometidas con una causa, o víctimas de distintos tipos de violencia- alcen la voz y visibilicen su problemática. Incluso se han evitado nuevos ataques gracias al señalamiento de agresores. Al mismo tiempo, la aceleración incendiaria de las redes sociales, la excitación del heiteo y la posibilidad de justicia por mano propia, han generado lapidaciones equivocadas.
La arquitectura del rechazo en cadena
La estructura de la cultura supone la activación de un conjunto de personas para atacar pública, moral o financieramente a un individuo u organización que ha llevado adelante una acción en contra de un valor moral, o concretamente un integrante de ese colectivo. Una vez iniciado el ataque, especialmente en el universo de las redes sociales, el incremento de la indignación se expande y se solidifica. Al viralizarse podemos observar como la dualidad conceptual de viral se hace real en tanto supone una expansión hacia una población cada vez más grande, ya sea con un efecto deseable, o enfermante. Una denuncia contra un comportamiento abusivo se replicará velozmente para evitar que el hostigador repita esa acción, funcionando como un dique de contención, e incluso de denuncia y exclusión del agresor.
Los movimientos #NiUnaMenos y #MeToo dejaron de ser un hashtag, una proclama, para ser un sistema de presión real que consiguió encarcelar a culpables y visibilizar graves desigualdades. Por cierto que las mujeres que lo militaron no han sido las únicas activistas ya que víctimas de acoso laboral, situaciones de crueldad animal, violencia doméstica, desprotección de personas discapacitadas, e incluso ataques ambientales, han podido reclamar derechos y, en no pocas ocasiones, salvado vidas por esta vía.
Embalsamados por la furia
Los destinatarios de la condena social pueden ser reducidos a personas vaciadas de vida, como si se tratara de una superficie similar a su antigua existencia pero solo pellejo. Una cancelación supone una anulación, cuyo resultado es un vacío apenas cubierto. Una suerte de taxidermia (taxis, arreglo, dermis, piel) para exponer lo que queda de un ser muerto por dentro.
Según Pablo Alabarces -sociólogo e investigador del CONICET-, estos señalamientos reconocen como antecedente los escraches que organizó la agrupación H.I.J.O.S. para denunciar la presencia de represores, tras los indultos del menemismo: «El escrache ha pasado de ser una táctica política a una práctica cotidiana”. Sucede que la furia no siempre es lúcida y la exhibición de un victimario ajusticiado es un trofeo fácil de retuitear.
Víctimas indeseadas
El poder incendiario de ciertas personas influyentes en las plataformas comunicacionales ha distorsionado estos procedimientos y Donald Trump, en su propia red social, o Elon Musk en su X -antes Twitter-, pueden instalar denuncias falsas y acosos de forma dramática e impune. Muchos periodistas son atacados, vaciados de verdad y descalificados sin el menor fundamento veraz. En nuestro país, funcionarios de alto rango han acusado a China de causar un cataclismo ambiental con miles de muertos (es el caso Juan Pablo Carreira, director nacional de comunicación digital, que adjudicó falsamente al comunismo la muerte de 2500 personas en la región del Himalaya). Miles de individuos republicaron esta desinformación, y en simultáneo, les tildó de mierdas humanas a diversos comunicadores, ante una tolerante y adormecida audiencia en las redes.
Más allá de la verdad
Los usuarios de las plataformas sociales reaccionan con más vehemencia ante un escándalo que ante una verdad. Y ese comportamiento también se potencia como una folksonomía (folk pueblo, nomia ordenamiento) impulsando falsedades hasta volverlas una realidad en Google y otros espacios donde la masividad es un antónimo de rigurosidad de la información. Como el enojo vende más que la verdad y la reflexión demanda más tiempo, militar una causa en redes también es una invitación a la responsabilidad, porque la cancelación es un vaciamiento en vida, una dolorosa extirpación involuntaria de los órganos vitales.
Activismo virtual y consecuencias reales
El deseable ejercicio de la justicia social, un pendiente histórico debido a los déficits de los tribunales y su burocratización de lo delicado, merece seriedad porque la pérdida de trabajos, la persecución y la violencia real son consecuencias tangibles de comportamientos intangibles.
Los usuarios con nombres de fantasía y los avatares activos en el escrutinio público muchas veces instalan urgencias valiosas; cerca de esas prácticas también coexiste el cyberbullying que tanto nos preocupa. Algunos juicios sumarísimos sentencian a víctimas de una era digital edificada sobre buenas intenciones pero donde también habitan postverdades, datos falsos o inflamados, infoxicación y anonimato.
Tenemos enfrente una paradoja que surge desde el progresismo, pero que impone un nuevo absolutismo maniqueísta entre la calidad del debate público y las descalificaciones urgentes. El activismo, siempre en nombre del bien común, debe ser abordado críticamente -o al menos de forma consciente de sus contraindicaciones- porque la protección de las personas merece determinación, pero también cuidado.









