Los números que dejó 2025 en la Argentina son los peores de la historia. Según el informe del Observatorio de Política Criminal, elaborado sobre datos del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) del Ministerio de Seguridad de la Nación, las muertes autoinfligidas pasaron de 3.304 en 2017 a 5.209 en 2025. Dejando así un incremento del 57,7% en el período analizado, con una tasa nacional que trepó de 8,2 a 11,8 cada 100 mil habitantes. Solo entre 2024 y 2025, el indicador dio un salto del 22,6%, lo que equivale a un promedio de 14 personas por día.
De esta manera, la tasa triplica la de homicidios dolosos, supera el total de víctimas por siniestros viales y se ubica por encima de la media global. El suicidio se consolidó así como la principal causa de muerte violenta del país, y ya es la primera entre los jóvenes de 15 a 34 años. La Argentina pasó a tener la segunda tasa más alta de la región, detrás de Uruguay, con fuertes diferencias entre provincias.
A esas muertes hay que sumarles las tentativas, invisibles durante décadas. Desde que la notificación se volvió obligatoria, el Sistema Nacional de Vigilancia en Salud registró entre abril de 2023 y octubre de 2025 un total de 20.928 intentos sin resultado mortal y 1.218 con desenlace fatal. Más de 17 intentos no fatales por cada uno que termina en muerte. Los datos oficiales muestran además una asimetría por sexo, hay más intentos en mujeres, el 61%, con un resultado mortal en el 2,1% de los casos, pero la letalidad es mayor en varones, del 10,8%.
En ese escenario, y en el marco del mes amarillo, dedicado a la concientización y la prevención del suicidio, Hoy Día Córdoba conversó con Adrián Fantini, médico especialista en psiquiatría y medicina legal, profesor titular en las facultades de Medicina y de Psicología de la Universidad Católica de Córdoba y presidente de la Fundación Validar.
Un grupo de 41 profesionales
Validar no nació como un proyecto empresarial ni como una respuesta institucional planificada. Nació, según cuenta su propio presidente, casi por consecuencia. «Validar nace como una consecuencia de juntarnos un grupo de amigos, psicólogos, psiquiatras, por allá por el 2018, 2019», recuerda Fantini. «Éramos todos profesionales de la salud mental que veníamos trabajando juntos en otros lugares y decidimos armar Fundación Validar. Éramos seis, y hoy somos 41 profesionales que trabajamos en Validar.»
La fundación, formalizada en 2019, tiene dos áreas bien diferenciadas. «Una tiene que ver con todo lo que es psicoterapia, tratamiento psiquiátrico, o sea, todo lo que tiene que ver con asistencia: brindar tratamientos con base en evidencia, tanto nutricionales como psicológicos y psiquiátricos», explica. «Y otra parte tiene que ver con formación. No solo nos dedicamos a brindar tratamientos con base en la evidencia desde diferentes enfoques terapéuticos, sino que somos una fundación que brinda formaciones a profesionales de la salud mental.»
Puertas adentro, el trabajo está organizado por equipos. Uno de DBT (terapia dialéctico conductual), uno de clínica general, uno dedicado a los trastornos de la conducta alimentaria, otro de infancia y otro de trauma.
El objetivo, dice, es de escala. «Tiene que ver con hacer llegar a la mayor cantidad de gente posible tratamientos con base en la evidencia que funcionen y que sean efectivos a la hora de abordar problemáticas de salud mental, como también hacer eso mismo con los colegas, a nivel de las formaciones.»
Para lograrlo sostienen un sistema de becas «para que más pacientes puedan ser atendidos y para que más profesionales puedan formarse en modelos que hoy en día han demostrado ser útiles en un montón de problemáticas, y entre ellas, en la problemática relacionada con el suicidio».
Un fenómeno multicausal
Consultado por el aumento sostenido de los registros, Fantini no ofrece una explicación única. «Los datos tanto en Argentina como en Córdoba son datos que preocupan, y donde uno puede ver un incremento no solo en el suicidio consumado, sino también en lo que tiene que ver con conductas o tentativas de suicidio», señala. «Es un dato que alarma, en otros países incluso es un dato que ha bajado, y en el caso nuestro, no.»
Y aclara el marco conceptual desde el que trabaja: «Tenemos que entender que la conducta suicida es un fenómeno multicausal, que puede estar determinado por variables del contexto social, económico y familiar, como también por variables de la propia persona.»
Factores de riesgo: los que se pueden modificar y los que no
«Hay mucho escrito sobre factores de riesgo de la conducta suicida, y tenemos factores de riesgo que son modificables y otros factores de riesgo que no lo son«, explica el psiquiatra. «Primero tenemos que conocer cuáles son.»
El primero es el sexo. «Ser hombre es un factor de riesgo, porque sabemos que los hombres se suicidan cuatro veces más que las mujeres, y las mujeres generalmente tienen mayor número de intentos. Pero el suicidio consumado es cuatro veces más frecuente en el hombre que en la mujer.»
El segundo es el consumo. «Todo lo que tiene que ver con el consumo problemático de sustancias es un factor de riesgo que incrementa hasta seis veces la posibilidad de que alguien se suicide.»
El tercero, la violencia. «Todo lo que tiene que ver con el maltrato o con las diferentes formas de violencia, tanto psicológica como física y sexual, también es un factor de riesgo. Desde el joven adolescente que sufre bullying en la escuela a una paciente que sufre abuso sexual, son todos factores de riesgo que aumentan la probabilidad de la conducta suicida.»
A eso se suman los contextos socioeconómicos muy difíciles. Pero Fantini es enfático en un punto, ninguno de ellos funciona como predictor. «No hay un solo factor de riesgo, o lo que se dice en psiquiatría: no hay un factor de riesgo característico, o que ese solo factor me sirva para predecir una conducta suicida.»
La distribución por edades, en cambio, sí muestra un patrón claro. «La conducta suicida se ve más en lo que tiene que ver con adolescencia y vejez. Tiene como una especie de curva bimodal, donde vamos a ver que es más frecuente tanto en jóvenes adolescentes, llegando a ser entre la segunda y, en ocasiones, la primera causa de muerte entre los 15 y los 24 años, como también en la vejez o la tercera edad.»
«Nunca la solución es solo un psicólogo o un psiquiatra»
Argentina es uno de los países con mayor cantidad de psicólogos por habitante del mundo y tiene una cultura terapéutica extendida. Sin embargo, los indicadores empeoran. Para Fantini, ahí hay un malentendido de raíz.
«La conducta suicida no se soluciona con más psicólogos o con más psiquiatras», afirma. «La solución no es una solución pensada solo desde los profesionales de la salud mental, sino desde lo que tiene que ver con el abordaje social y cultural. Es algo que se trabaja en la familia, es algo que se trabaja en la escuela, es algo que se trabaja en diferentes contextos. Nunca la solución es solo un psicólogo o un psiquiatra, sino que son múltiples agentes los que tenemos que trabajar en la conducta suicida.»
Su experiencia clínica con adolescentes refuerza esa lectura. «Yo trabajo con adolescentes con conducta suicida, y es muy difícil no escuchar a jóvenes con idea suicida, con conducta suicida o con autolesiones que no hayan sufrido algún tipo de discriminación, maltrato psicológico, físico o sexual en su infancia o adolescencia. Me parece que ahí es donde hay una responsabilidad no solo de los profesionales de la salud mental, sino de la sociedad en su conjunto.»
Como prueba, cita las medidas de mayor impacto, que no provienen de su disciplina. «La mayoría de las intervenciones que disminuyen drásticamente la conducta suicida no tienen que ver con la psicología o con la psiquiatría, como por ejemplo la restricción a todo lo que tiene que ver con los medios letales. Eso no es algo que venga de la psicología ni de la psiquiatría, y es una medida que disminuye la conducta suicida.»
Insoportable, inescapable, interminable: cómo se gesta la idea suicida
Fantini se formó en terapia cognitivo conductual y en modelos conductuales contextuales, en particular en DBT, la terapia dialéctico conductual desarrollada por Marsha Linehan. Desde ese lugar explica el mecanismo íntimo del pensamiento suicida.
«Desde los modelos conductuales contextuales se plantea que cualquier persona con un dolor, tanto físico como emocional, que lo considere insoportable, inescapable e interminable, va a pensar en el suicidio como una especie de solución», describe. «Yo me siento mal, y ese malestar siento que es insoportable, no lo puedo soportar. Y no solo que no lo puedo soportar, sino que no tiene salida, no tiene escape. Y no solo que no tiene escape, sino que así va a ser para siempre.«
Frente a esas tres condiciones, aclara, «cualquier persona, a pesar de que tal vez no tenga un trastorno mental, puede llegar a pensar en el suicidio como una especie de solución». Ahí aparece una idea central de toda la entrevista: «La conducta suicida no suele ser un problema para el paciente; es un problema para uno como profesional de la salud o para la familia. Para el paciente es una especie de solución que trae para los problemas que tiene, que pueden tener que ver con los vínculos, con sentirse solo, con no tener trabajo, con no tener proyecto de vida, con pérdidas.»
Las fuentes de ese dolor, enumera, son múltiples: «Puede ser desde que te quedaste sin trabajo a que estás en un duelo, a que te separaste, a que sufriste abuso sexual.»
Pertenencia y sobrecarga: las señales de alarma
La segunda teoría que utiliza es la del psicólogo estadounidense Thomas Joiner. «Habla de estas características que tienen que ver con el sentimiento de no pertenencia: esta sensación de «no pertenezco, a nadie le importo, estoy solo, no conecto con nadie.» Y la sensación también de ser una sobrecarga para los otros: «siento que mi familia estaría mejor si yo me muero, que mis padres estarían más tranquilos si yo no existo.» El sentimiento de no pertenencia y el sentimiento de ser una sobrecarga son variables que van a contribuir al aumento del riesgo suicida.»
Por eso, dice, hay frases que en la consulta funcionan como sirena. «Cuando estamos trabajando con un paciente que te dice que se siente una carga para la familia, ahí a uno se le prenden alarmas. Que siente que es una carga, que siente que está solo, que no tiene vínculos ni lazos: son todas señales de alarma.»
La desesperanza
Uno de los equívocos más instalados es la ecuación automática entre depresión y suicidio. Fantini la desarma con precisión.
«Si yo tendría que responderte, para mí está más relacionada la desesperanza con el suicidio que la depresión con el suicidio. ¿Por qué? Porque no toda persona con depresión va a pensar en suicidarse. Ahora, si a la depresión le sumás tiempo, desesperanza, tratamientos que no funcionan, pérdida de recursos, entonces ahí sí es donde está el riesgo suicida. Depresión más tiempo más desesperanza suele tener como resultado un incremento en el riesgo suicida.»
Y advierte sobre el reverso: «Me parece que estaría bueno dejar en claro que no hace falta tener depresión, clínicamente hablando o con un diagnóstico. Hay un montón de pacientes que se suicidan y que nunca consultaron con psiquiatras.»
Ahí está, dice, la contracara «Si vos podés conseguir que la persona pueda ver que el dolor es soportable, con habilidades y con técnicas, que hay otras soluciones posibles, que hay otras salidas posibles, o que ese dolor no es para siempre, entonces ahí ya el riesgo suicida baja.»
Una dimensión, no un interruptor
Otra confusión frecuente es tratar la ideación y la conducta como compartimentos incomunicados. Para Fantini, se trata de un continuo.
«El suicidio es una dimensión. ¿Qué significa esto? Que uno va de menor gravedad a mayor gravedad«, explica. «Suele comenzar una persona con ideas de «quisiera estar muerto», «quisiera tener una enfermedad grave.» Eso tiene que ver con ideas suicidas pasivas, no es que me quiero matar, es que quisiera estar muerto. Luego es «estoy pensando en matarme.» Después, «tengo un plan», ya sé cómo lo haría, lo planifiqué, sé dónde, cuándo, la fecha. Y después no solo tengo el plan, sino que tengo lo que me hace falta para ese plan. Y después es cuando lo intento. Y después, el suicidio consumado.»
El punto clínico es que ese recorrido no es fijo. «Si vos le sumás desesperanza, tiempo, malos tratamientos, pérdida de recursos, entonces ahí es donde esta idea va desde algo más pasivo al suicidio consumado. Por eso hay que darle importancia a toda esa dimensión suicida, desde el que te dice «quisiera estar muerto.»
Y una contrapartida optimista: «Empieza como una idea, empieza como un pensamiento, y como todo pensamiento es algo dinámico, algo que va cambiando y se va modificando en el tiempo.»
Cuatro preguntas que cualquiera debería poder hacer
Existen, dice Fantini, cuatro preguntas que «todo profesional, y casi te diría que hasta uno que no sea profesional, tiene que poder hacer».
En primer lugar, preguntar directamente si la persona pensó en matarse. «Uno de los mitos es que si preguntás por la conducta suicida es como que estás metiéndole la idea, inoculando la idea. Eso es algo falso. Preguntar por la conducta suicida hace que el otro te lo pueda contar, que pueda conversar, que pueda hablar. Y sobre todo, preguntar sin juzgar, sin evaluar, sin sancionar«, subraya. «Lo primero es poder preguntar abiertamente, sin juicios de valor, sin alarmarse.»
La segunda indaga en el cómo. «Porque eso también me habla de riesgo, de letalidad; de ver si es solo idea, si hay un plan, si están los medios.»
La tercera, en el para qué: qué solucionaría con eso. «Apuntando a que el suicidio es una especie de solución que el paciente trae, que es una solución que no es específica para los problemas que sí son específicos. Vos tenés adolescentes que piensan en matarse porque se sienten solos: si bien tenés que trabajar con esa conducta suicida, lo que tenés que trabajar es que ese joven pueda construir red, pueda sentirse acompañado, contenido. Como profesionales no podemos eliminar el pensamiento suicida; lo que tenemos que trabajar es modificar esas condiciones.»
La cuarta, qué lo frena. «Porque ahí me habla de las razones para vivir o de los factores de protección. En mi experiencia, la gente no se suicida no porque no lo piense o porque no le venga como una posibilidad, sino que la gente no se suicida porque tiene una vida que está buena, o cree que va a poder construir una vida que esté buena y que tenga sentido.«
De ahí se desprende el objetivo terapéutico real: «Acá no se trata de que vamos a erradicar la idea suicida. Lo que tenemos que lograr es que, a pesar de que esa idea venga, no elijas ese camino.»
Factores de protección: la red la necesitamos todos
Cuando se habla de «red de contención» suele pensarse en algo reservado a quien atraviesa una crisis. Fantini corrige: «La red la necesitamos todos.»
«Hay factores protectores: el sentirte querido, aceptado, que perteneces a algún grupo, a algún lugar. Eso es un factor protector», enumera, y lo enlaza con la teoría de Joiner. Incluye también un dato que suele generar resistencia: «La religión también. El tema es que no es algo que se imponga, no es que uno pueda convencer al paciente de que sea religioso, pero los religiosos se matan menos que las personas que no lo son.»
Medicación: «No existe un psicofármaco antisuicida»
El capítulo de los psicofármacos es, para el psiquiatra, uno de los más contaminados por mitos. Y su respuesta es categórica. «Salvo dos situaciones puntuales, no existe un psicofármaco antisuicida. El suicidio no se soluciona con un tratamiento farmacológico«, afirma. «Hay dos situaciones puntuales que tienen que ver con fármacos específicos, con diagnósticos específicos: la clozapina en pacientes con diagnóstico de esquizofrenia y el litio en pacientes con diagnóstico de bipolaridad.»
La aclaración es inmediata y deliberada: «Acá estoy siendo muy claro en que no es para el público general, no es para cualquier persona con idea suicida, sino que son fármacos que han demostrado reducir el riesgo suicida en pacientes que cumplen criterios para esos dos diagnósticos.
» Sobre el segundo, precisa: «El carbonato de litio es el estabilizador del ánimo que más tiempo lleva en el mercado, es de la década del 60, y es un fármaco que ha demostrado disminuir el riesgo suicida en pacientes con diagnóstico de bipolaridad.»
¿Cuándo, entonces, se medica? Fantini distingue dos escenarios. «Uno es, estoy con una persona que tiene un diagnóstico, un trastorno mental, y por lo tanto tiene un tratamiento tanto psicoterapéutico como farmacológico», como en una depresión mayor, una esquizofrenia, una bipolaridad o un trastorno de ansiedad generalizada.
La advertencia sobre las benzodiacepinas
Consultado por los ansiolíticos, el psiquiatra enciende una luz roja. «Lo que la gente interpreta como ansiolíticos generalmente tiene que ver con un grupo de psicofármacos que se llaman benzodiacepinas», como el clonazepam, el alprazolam, el diazepam o el bromazepam, «que son ansiolíticos, sedativos y miorrelajantes. Está el tema de que ese grupo de fármacos genera tolerancia, dependencia y adicción. No deberían ser usados por más de seis semanas, según las guías de tratamiento farmacológico. Hay que tener mucho cuidado.»
La diferencia con el resto del arsenal es tajante, «De los cinco grupos de psicofármacos que existen, los ansiolíticos y las benzodiacepinas son los que tienen ese potencial de tolerancia, dependencia y adicción.»
El problema, señala, está en la prescripción liviana,«Muchas veces veo pacientes que van al médico clínico o al cardiólogo, que les da clonazepam o alprazolam sin control, sin anticipar que estos fármacos pueden generar tolerancia, dependencia y adicción.»
Internación: un recurso, no una primera respuesta
El otro gran tabú es la internación psiquiátrica. Fantini la defiende como herramienta y la cuestiona como reflejo. «Tenemos que pensarla como un recurso más frente a una situación muy específica y muy puntual, donde el tratamiento ambulatorio, psicológico y psiquiátrico haya fracasado. No se la tiene que pensar como una primera alternativa, sino como un recurso excepcional», plantea.
Tampoco resuelve el problema de fondo. «Una internación psiquiátrica no va a solucionar un problema de salud mental, pero muchas veces es necesaria para lograr un nivel de contención, de estabilización, un comienzo de tratamiento, para salir de una situación de riesgo agudo. Y la internación debiera ser lo más breve posible», sostiene, «hasta que se logre la contención, la estabilización, el comienzo del tratamiento, la respuesta al tratamiento y salir de la situación de riesgo agudo. Y ahí deberíamos poder pensar en el alta. ¿Por qué? Porque la vida de la persona no está adentro, está afuera. Y es muy raro que aquellos problemas que tenía afuera se hayan solucionado mientras el paciente estaba internado.»
«Una internación mal indicada es tan iatrogénica y grave como una internación que no se indica cuando debiera indicarse.»
El riesgo, admite, suele ser que la decisión la tome el miedo, de la familia o incluso del propio profesional, y no la evaluación clínica. Como ejemplo, relata un caso reciente: «Me acuerdo, la semana pasada, de ver a un chico de 18 años recién salido de una internación psiquiátrica, que me contó que había tenido una primera consulta con un psiquiatra. La consulta había sido de 15 o 20 minutos. El paciente le había dicho que estaba pensando en matarse y automáticamente fue «okay, tenés que estar internado en una clínica». Así no debiera funcionar.»
Lo correcto, insiste, es otro orden: «La indicación es luego de una evaluación exhaustiva del riesgo suicida y de explorar otras alternativas. Ahí sí, pensar en la internación. Pero no ‘todo paciente que me dice que está pensando en matarse, que se interne’, porque no funciona así.»
Prevenir sí; predecir, no
¿Qué significa, entonces, prevenir? Fantini sostiene que «el suicidio se puede prevenir. Al día de hoy no lo podemos predecir con exactitud, y nos gustaría poder predecirlo. «No tenemos recursos que digan este paciente hoy se va a suicidar, o mañana.»
Y enfatiza: «Como profesional de la salud mental, voy a hacer todo lo posible y todo lo que esté a mi alcance para intentar lograr que no te mates, y a la vez aceptar radicalmente que sigue siendo una posibilidad.»
Qué debería cambiar
Consultado sobre lo más urgente a nivel social, Fantini menciona primero el marco normativo. «Hay una ley, la 27.130, que es la ley de prevención del suicidio, donde hay un montón de recomendaciones, incluso de cómo los medios tienen que tratar la conducta suicida», apunta, y admite sin rodeos que en la práctica «no se cumple».
«Para mí, a nivel de la sociedad, es mejorando la calidad de las instituciones y mejorando la calidad de los vínculos. Es muy raro que una persona se suicide si tiene buena calidad de vínculos, si siente que pertenece, si siente un cuidado, una atención. Mejorando la calidad institucional y la calidad de los vínculos estamos trabajando sobre la prevención.»
A eso suma las medidas estructurales, muchas de ellas invisibles para el público. «Claramente, la restricción de todo lo que tenga que ver con métodos letales es algo que funciona», señala, y da un ejemplo cotidiano: «Que los fármacos vengan en un blíster, en el que tenés que sacar pastilla por pastilla, y no en un frasco, es una medida para disminuir el riesgo suicida.»
La responsabilidad, en su lectura, no admite delegación. «Yo tengo una responsabilidad como psiquiatra, como psicoterapeuta, como docente, como padre, como pareja, como hijo. Es una responsabilidad en todas las áreas en las cuales uno puede ejercer o trabajar.»
Pospandemia, pantallas y el riesgo de «hacer terapia» con una IA
Fantini ubica un quiebre reciente. «Un factor bastante coyuntural fue la pandemia, porque creo que todavía estamos lidiando con las consecuencias de esos dos o tres años donde hubo aislamiento, reclusión, desconexión, virtualidad«, analiza. «Tenemos un alto sentido de la amistad. El tema es que, a nivel de la sociedad pospandemia y con el excesivo uso de la virtualidad y de las redes, solo aumentamos la desconexión.»
Y suma la variable tecnológica: «Ya sabemos que la salud mental de los jóvenes empeoró a partir de lo que tuvo que ver con los smartphones y las redes sociales, donde esta hiperconectividad no genera mayor sensación de pertenencia, sino una mayor sensación de exclusión, de no pertenencia, de no poder tener eso que quisiera tener, de no poder llegar.«
En ese punto aparece un fenómeno nuevo, sobre el que se declara preocupado. «Me preocupa que cada vez sean más los jóvenes que hacen terapia con ChatGPT, y también ver terapeutas jóvenes que solo trabajan de forma virtual y no presencial».
Casi todo lo que Fantini describe como eficaz, ya sea, el restringir el acceso a medios letales, mejorar la calidad de las instituciones, trabajar los vínculos, cumplir una ley de prevención que, admite, hoy no se cumple. Todo esto ocurre lejos del consultorio. En cambio, buena parte de lo que se ofrece como respuesta rápida, ya sea la pastilla, la internación por reflejo o el chat que contesta a cualquier hora, apunta a la persona y al momento de la crisis. Quizás por eso las cifras crecen en un país con una oferta terapéutica enorme, el problema no parece ser la falta de quien escuche, sino la falta de un entramado que evite que alguien llegue a sentir que su dolor no tiene salida. Ese entramado no tiene guardia ni turno: se construye, o falta, mucho antes de que alguien llegue a una consulta.
Si atravesás una crisis, no estás solo. Podés comunicarte de manera gratuita y confidencial con la Línea de Asistencia al Suicidio 135 (CABA y GBA) o al (011) 5275-1135 desde todo el país, las 24 horas, o con el 0800-222-1002 (opción 6) del Ministerio de Salud de la Nación. Ante una emergencia, llamá al 911 o acudí a la guardia más cercana.









