La fecha no es casual. El 31 de agosto se recuerda a San Ramón Nonato, un religioso nacido en Lérida, España, en 1204, cuyo nombre, «no nacido», remite a la leyenda de haber sido extraído del vientre de su madre luego de que ella muriera durante el parto. Por esa historia fue consagrado patrono de las obstétricas, las parturientas y las embarazadas.
En la Argentina, la efeméride tiene además una raíz gremial. Fue la Asociación Obstétrica Argentina la que en 1934 instituyó el 31 de agosto como el Día de la Obstetricia y de la embarazada. Casi tres décadas más tarde, en 1962, durante el Segundo Congreso Interamericano de Obstétricas realizado en Perú, se resolvió extender la celebración a toda la región bajo el nombre que se mantiene hasta hoy: Día de la Obstetricia y la Embarazada.
Una profesión y lo más humano
Acompañar nacimientos es, probablemente, uno de los oficios más viejos que existen. Antes de que el parto se trasladara a hospitales y clínicas, esa tarea recaía en mujeres de la propia comunidad que heredaban el saber de generación en generación, sin formación académica pero con una experiencia acumulada durante años de acompañar partos en los hogares.
Hoy la obstetricia es una carrera universitaria y una especialidad de la salud que excede ampliamente el momento del nacimiento. Quienes la ejercen, licenciadas y licenciados en Obstetricia, trabajan en equipo con los médicos y realizan el seguimiento del embarazo, preparan a la futura madre para el parto, controlan el trabajo de parto y el puerperio, favorecen el apego temprano, promueven la lactancia y asesoran en salud sexual y reproductiva. Su intervención está directamente vinculada con menores tasas de mortalidad materna y neonatal y con partos prematuros más controlados.
Cómo cambió la forma de parir
Durante siglos, dar a luz fue un acontecimiento doméstico, asistido por otras mujeres y con escasa intervención médica. El traslado del parto desde el hogar hacia los establecimientos de salud, un proceso que se consolidó a lo largo del siglo XX, trajo enormes beneficios en términos de seguridad, pero también instaló lo que especialistas describen como un «paradigma tecnocrático»: una mirada que prioriza la tecnología, la rapidez y el control médico por sobre los tiempos biológicos y la autonomía de la mujer.
Ese cambio de escenario, también, según diversas investigaciones académicas, el terreno donde germinó la violencia obstétrica. Una forma de maltrato que no existía, y que se vuelve posible, muchas veces, cuando el cuerpo de la mujer queda meramente bajo una lógica institucional, jerárquica y, en varias ocasiones, despersonalizada del sistema de salud.
Qué es la violencia obstétrica y por qué está tan naturalizada
La violencia obstétrica se define como el conjunto de prácticas que degradan, intimidan u oprimen a las mujeres y niñas en el ámbito de la salud reproductiva, especialmente durante el embarazo, el parto y el posparto. Distintos organismos la describen como aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada o en un trato deshumanizado o en un uso excesivo de la medicalización sobre procesos que son naturales.
Puede ser física, cuando se realizan prácticas invasivas sin justificación médica ni consentimiento, se fuerza una posición para parir, se practican cesáreas innecesarias, se usan fórceps sin necesidad real o se vulnera la integridad física o psíquica de las mujeres, tanto por acción (críticas, burlas, gritos, trato humillante) como por omisión (no informar sobre la evolución del parto o el estado del bebé, ocultar información sobre una intervención quirúrgica).
Lo llamativo, y lo que explica su persistencia, es el grado de normalización. Estudios realizados en distintos países de la región muestran que buena parte de las mujeres que atravesaron situaciones de maltrato ni siquiera lo identifican como tal, y que un porcentaje significativo desconoce dónde y cómo denunciarlo. Incluso entre el propio personal de salud existe escasa claridad sobre qué conductas configuran violencia obstétrica, pese a que muchos profesionales aseguran conocer la normativa vigente.
Un indicador que suele citarse como síntoma del problema es la tasa de cesáreas. La Organización Mundial de la Salud recomienda que no superen el 15% del total de partos de un país, porque tanto las cesáreas como los partos instrumentales sin justificación médica implican riesgos para la salud de la madre y del bebé, y pueden dejar secuelas físicas y psicológicas duraderas que afectan el vínculo entre ambos, la vida sexual de la mujer e incluso sus relaciones familiares. En varios países de América Latina esa proporción llega a duplicar o triplicar el umbral recomendado, sobre todo en el sistema privado de salud.
Qué dice la ley en la Argentina
La Argentina fue, junto con Venezuela y México, uno de los pocos países de la región en dictar normas específicas sobre la materia. La primera es la Ley 25.929, sancionada en 2004 y conocida como Ley de Parto Humanizado. Sin definir explícitamente el concepto de violencia obstétrica, reconoce a la mujer una serie de derechos durante el embarazo, el trabajo de parto, el parto y el posparto: ser informada sobre las intervenciones médicas posibles para poder decidir libremente, ser tratada con respeto y resguardando su intimidad, ser considerada una persona sana, optar por un parto natural y conocer en todo momento la evolución de su proceso y el estado de su hijo o hija.
La segunda norma es la Ley 26.485, de 2009, de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres. Esta ley sí incorpora una definición explícita: reconoce la violencia obstétrica como una de las modalidades de violencia de género y la describe como aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, mediante un trato deshumanizado y un abuso de la medicalización de los procesos naturales.
Su reglamentación, además, precisa qué se entiende por «trato deshumanizado»: todo trato cruel, deshonroso, descalificador, humillante o amenazante ejercido por el personal de salud durante la atención del embarazo, el parto y el posparto.
A partir de 2011 se creó, dentro del Ministerio de Salud, la Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de la Violencia de Género (Consavig) y, dos años después, un espacio específico, la Comisión Nacional sobre la Violencia Obstétrica (Consavo), dedicado a diseñar sanciones más eficaces frente a estas prácticas, reconociendo que se trata de una problemática con características propias dentro de la violencia de género.
Desde entonces también se impulsaron políticas públicas como las «Maternidades Seguras y Centradas en la Familia», un modelo que busca convertir a la madre, el padre y la familia en protagonistas activos del proceso de nacimiento y no en meros espectadores de decisiones tomadas por el equipo médico.
El impacto en el embarazo, el parto y el vínculo con el bebé
Más allá de sus formas más extremas, la violencia obstétrica deja huellas que muchas veces se subestiman. Las intervenciones médicas practicadas sin necesidad, como cesáreas sin justificación clínica o el uso de fórceps sin consentimiento, pueden derivar en secuelas físicas y psicológicas de distinta gravedad tanto para la madre como para el recién nacido. También puede verse afectado el vínculo temprano entre la madre y el bebé, un proceso que depende en gran medida de que el nacimiento se viva de manera respetada y acompañada, y no como una sucesión de procedimientos impuestos sobre un cuerpo que deja de sentirse protagonista de su propio proceso.
A esto se suma el impacto emocional: sentirse ignorada, no recibir información clara sobre lo que está sucediendo o ser objeto de un trato brusco o humillante durante uno de los momentos más vulnerables de la vida de una mujer puede generar cuadros de angustia, estrés postraumático o rechazo hacia futuros controles ginecológicos y obstétricos, lo que a su vez repercute negativamente en la salud reproductiva a largo plazo.
Todo lo que atraviesa una mujer embarazada
El embarazo suele narrarse como un tiempo de espera y felicidad, cuando la realidad es mucho más compleja. Durante alrededor de 40 semanas, el cuerpo de una mujer experimenta una de las transformaciones biológicas más profundas de su vida. El corazón aumenta su trabajo para bombear más sangre, el volumen sanguíneo crece de manera significativa, los órganos se desplazan para dar lugar al útero y una intensa revolución hormonal modifica el metabolismo, el sueño, el apetito y hasta la forma de procesar las emociones.
A esos cambios físicos se suma una dimensión psicológica igual de importante. Es habitual atravesar ansiedad, miedo al parto, cambios de humor, dudas sobre la maternidad, preocupación por la salud del bebé o por el propio cuerpo, además de las exigencias laborales, económicas y familiares que muchas mujeres continúan sosteniendo durante la gestación. Los especialistas coinciden en que el bienestar emocional también forma parte de la salud materna y que el acompañamiento, la información y la escucha son factores protectores tanto para la madre como para el recién nacido.
Por eso los controles prenatales no son únicamente una instancia médica: son espacios para detectar complicaciones, pero también para resolver inquietudes, construir confianza con el equipo de salud y garantizar que cada mujer pueda tomar decisiones informadas sobre su embarazo, el parto y el puerperio. Del mismo modo, el posparto merece la misma atención, ya que la recuperación física, la lactancia y la adaptación emocional constituyen otra etapa de enorme vulnerabilidad.
En ese contexto, el Día de la Obstetricia y la Embarazada trasciende el homenaje a una profesión. La fecha invita a reconocer que gestar y parir no debería implicar renunciar a la autonomía, al respeto ni a la dignidad. Porque acompañar un nacimiento también significa cuidar la salud física y mental de quien da vida, entendiendo que detrás de cada embarazo hay una mujer atravesando un proceso profundamente desafiante para la vida humana.
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