“¿En qué momento se jodió el Perú?», pregunta central que hace Zavalita en Conversación en La Catedral, se convirtió con el tiempo en una especie de interrogante retórico no solo por el punto de partida de ese hecho, el momento en que se produce la decadencia peruana, sino en un análisis desencantado de su presente y de su porvenir. Lo extraño de esa pregunta que se hace Vargas Llosa es que da por sentado que Perú realmente se jodió. El Contrabando ejemplar, el último libro de Pablo Maurette (Anagrama 2025) ganador del Premio Herralde de Novela ha sido considerado por muchos como antiargentino o cipayo. Y algo de eso hay, en la medida que el protagonista viene a responder esa pregunta. Lo que ocurre es que tanto peronistas como antiperonistas coinciden con el interrogante de Vargas Llosa: unos y otros parten de la convicción de que la Argentina se jodió.
Maurette construye la novela como si se tratara de una pieza de ingeniería literaria, en un gesto que emula a Vargas Llosa. A diferencia del Nobel, sin embargo, el mecanismo no siempre funciona. La novela superpone capas muy diversas: historia (la escasa que existe del siglo XVII), humor, peronismo y antiperonismo, el presente pospandémico.

Está también la historia del Buenos Aires remoto, el de la primera mitad del siglo XVII, que emerge de un manuscrito a partir del cual el personaje principal escribirá su libro. Una ciudad que por entonces no era más que una aldea pobre, recorrida por mitos, ignorancia y expresiones incipientes de delincuencia, y que servirían luego como base de un discurso duradero sobre la decadencia argentina. Una suerte de “amarre”, como explica el autor, de corrupción originaria que vendría de siglos atrás.
Allí se juega, quizás, lo más interesante de la novela. Por un lado, se destaca la centralidad de Buenos Aires: se admite que es allí donde la Argentina se jodió y donde atiende Dios en desmedro del interior. Pero, al mismo tiempo, el texto no logra escapar del excepcionalismo argentino, no ya por la vía del éxito, sino por el del fracaso. La novela vuelve así a enredarse en la discusión eterna sobre el momento exacto de nuestra decadencia, una pregunta que circula con la misma naturalidad en el ámbito académico que en cualquier mesa de café, y que a menudo revela un cierto narcisismo endogámico muy reconocible en los argentinos.
Sin embargo, el repaso de los distintos episodios históricos en los que la Argentina podría haberse jodido conduce a una conclusión lógica en la que no existe un instante único, fundacional, que explique por sí sola la decadencia. Cada uno de esos momentos está atravesado por un mismo dilema económico que adopta formas distintas según la época. La organización nacional no fue sólo la construcción de un Estado y un orden jurídico, sino el arduo intento de unificar territorios y mercados bajo un modelo económico capaz de sostener la expansión y la integración social. Ese equilibrio inicial, apoyado en la inserción agroexportadora y en un sistema político restrictivo, permitió estabilidad y crecimiento, pero también dejó fuera a amplios sectores sociales.
La ampliación democrática inaugurada por la Ley Sáenz Peña en 1912 introdujo una novedad decisiva: la incorporación política de esas mayorías alteró el delicado equilibrio entre representación, distribución y modelo económico. El problema ya no fue sólo quién gobernaba, sino cómo sostener un orden económico que debía responder a una sociedad más amplia y demandante.
El golpe del 30 coincidió con un mundo que ya no necesitaba a la Argentina como proveedor privilegiado y obligó a ensayar formas de sustitución de importaciones. El primer peronismo construyó un sistema de bienestar criollo, que aún atraviesa nuestros días, apoyado en el mercado interno. La sucesión de golpes y la proscripción del peronismo congelaron ese dilema bajo la forma de una inestabilidad crónica. El golpe de 1976 lejos de resolver esa tensión, buscó clausurarla por la vía autoritaria y financiera: desarticuló el entramado productivo, promovió la apertura indiscriminada, y dejó como herencia un endeudamiento externo y una fragilidad estructural que marcarían las décadas siguientes. El retorno democrático de 1983 abrió la búsqueda de un orden económico estable que nunca terminó de cerrar esa tensión entre consumo, inversión y exportaciones.
Todos estos momentos históricos componen una secuencia de respuestas parciales a un problema persistente: cómo sostener el crecimiento y la cohesión social sin una dinámica exportadora capaz de financiar el mercado interno. No hay ninguna razón histórica que haga inevitable la decadencia argentina. El reciente conflicto en Fate es una demostración vigente de ese mismo dilema.
No es un dato menor que haya nacido en 1940, en pleno viraje hacia la industrialización por sustitución de importaciones, cuando la crisis del comercio internacional y luego la Segunda Guerra Mundial obligaron a la Argentina a producir bienes que antes compraba afuera. La empresa fue parte de ese impulso industrial que buscaba reducir la dependencia externa, generar empleo y sostener el mercado interno. Es decir: surgió como respuesta a una restricción estructural que sigue siendo el núcleo del problema argentino. Que Fate enfrente hoy dificultades vinculadas a costos, competitividad e importaciones evidencia la persistencia de una tensión económica nunca resuelta, antes que una decadencia escrita en el ADN nacional.
En ese punto, El contrabando ejemplar se inscribe en esa tradición argentina que busca en el pasado remoto y en la corrupción originaria la explicación última de todos los males. Pero al hacerlo, corre el riesgo de reforzar el mismo excepcionalismo trágico que pretende interrogar: la idea de que la decadencia estaba escrita desde el comienzo. El gesto verdaderamente inteligente es abandonar de una vez la pregunta de cuándo nos jodimos y convertirla en un llamado a saldar una deuda pendiente: un lamento transformado en decisión de cambiar la historia, en medio de la tensión persistente entre el modelo agroexportador y el industrialista que atraviesa nuestro desarrollo.









