Escribo estas líneas después de haber leído, en el día de su publicación, la encíclica de León XIV “Magnifica Humanitas”, sobre la inteligencia artificial. Como todo texto programático y éticamente propositivo, requiere de tiempo para rumiarlo. Pero compartiré algunas impresiones primeras.
Para quienes nos dedicamos a la filosofía, el argumento de autoridad es el más débil. No nos importa quién habla, – aunque sea un Papa – sino lo que dice. Pero no desconocemos los efectos de verdad y poder que puede tener una obra como esta.
Sucede algo raro con las encíclicas, esos documentos con los que los obispos de Roma suelen abordar cuestiones que consideran determinantes y convertirlas en una declaración de valores orientadores de su gestión. Lo raro es que suelen hacer un ruido que los documentos de otros líderes religiosos no hacen.
Basta ver el anterior León (XIII), que con su “Rerum Novarum” presentó una reflexión sobre el trabajo y las reglas de justicia para el salario de los trabajadores; su aceptación de la propiedad privada, aunque subordinándola a su sentido social y al destino universal de los bienes; su crítica al colectivismo y al capitalismo sin control; su defensa de la sindicalización; y su apoyo al rol del Estado para coordinar el vínculo justo entre clases sociales.
Otro texto ruidoso fue “Laudato Si´”, donde el Papa argentino expuso su visión integral de la ecología, la dignidad total de la naturaleza y el rol del ser humano. Un ruido que tronó en el sistema agroindustrial y sus instituciones de soporte.
Ahora “Magnifica Humanitas” hace lo suyo con relación a la IA (con todo el “ecosistema” tecnológico que la rodea) y a quienes la conducen, la utilizan, se benefician de ella o sufren sus efectos.
Es imposible sintetizar aquí sus ideas, aunque sí recuperar algunas claves, como marco de sus análisis y propuestas.
IA y dignidad humana
Al igual que “Rerum Novarum”, León comienza identificando novedades. La omnipresencia de las tecnologías informáticas, entramadas en la vida cotidiana, conlleva enormes efectos en la educación, la niñez, las relaciones humanas, los efectos ambientales, etc. Además, los intentos de regulación son insuficientes si no alcanzan a tocar la cuestión central: cómo hacer para preservar la dignidad humana.
Los contextos de producción y de trabajo también son novedosos: las empresas privadas se han vuelto más poderosas que los Estados, al tiempo que transforman las condiciones laborales (y de la vida misma) de la humanidad, sin asumir ninguna responsabilidad. La tecnología, que iba a servir a la humanidad, convierte a la humanidad en su sierva.
Es que este asunto es clave: la igual dignidad presente en todo ser humano exige una responsabilidad, que obliga a identificar quiénes deciden y con qué criterios. De otro modo, el anonimato y el avance de la violencia llevarían a la peor conjunción de falta de transparencia y falta de identificación de responsables.
Es que “todos nosotros, incluidos quienes los diseñan, sabemos muy poco sobre su funcionamiento efectivo”. Las inteligencias artificiales modernas están más “cultivadas” que “construidas”: los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA “crece”. No sabemos hacia dónde y con qué costos. Lo cual fuerza la conciencia de la responsabilidad.
En la relación con la IA, “la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana”, tienen consecuencias en diversos planos. La facilidad confunde la provisión de datos con la experiencia del conocimiento. La supuesta objetividad oculta que sus fuentes provienen de millones de usuarios que cargaron sus prejuicios culturales junto con la información. Y fundamentalmente que la aparente comunicación es una simulación, porque no hay otro ser humano enfrente, con todas las habilidades, fallas y deseos que involucran esa relación.
En su extremo, un transhumanismo quiere superar la finitud humana y la necesidad del otro ser humano. Termina así ejerciendo una violencia ilimitada.
Dos ciudades
A lo largo del texto, León recurre a dos ciudades paradigmáticas. Babel representa la incapacidad de la multiplicidad y la negación del límite, el intento tecnocrático del dominio total que acaba deshumanizando.
Por otro lado, Nehemías vuelve a una Jerusalén destruida y coordina la reconstrucción, invitando a cada uno ofrecer sus capacidades y su visión. Es el ejemplo de quien escucha el grito de una ciudad herida y responde con sus compañeros en una empresa común.
Sabiendo que religión y política son jurisdicciones diversas, pero capaces de dialogar por sus preocupaciones compartidas, ofrece algunos principios para evaluar la situación: dignidad igual de todo ser humano y valor altísimo de los Derechos Humanos; el criterio del bien común y el destino universal de los bienes; el principio de subsidiariedad (que requiere que cada persona decida en su ámbito y no se le impongan verticalmente las decisiones); y los principios de solidaridad, justicia social y desarrollo humano integral. Son orientaciones, reglas de juicio, para poder describir, valorar y juzgar situaciones.
Finalmente, la encíclica exige adoptar un punto de vista: hay que ver con “la mirada de las víctimas”, “los últimos”, quienes sufrieron los daños de la historia.
No es casual que, entre los ejemplos que menciona, haya algunos tan cercanos a nosotros como Enrique Angelelli.









