La derrota con España dejó algo más que un resultado. Como ocurre cada vez que la Selección protagoniza un partido importante, detrás del análisis futbolístico siempre aparece una discusión política. Así surgieron dos lecturas previsibles: la conspirativa, que habla de un encuentro «entregado”; y la sociológica, que recicla un viejo argumento de Qatar 2022 y ve en la ausencia de jugadores negros la prueba irrefutable de que Argentina es un país racista.
La navaja de Ockham sostiene que, entre varias explicaciones posibles, la más simple suele ser la correcta. Las redes sociales consiguieron convertir la explicación más absurda en la más verosímil. Si Argentina pierde una final, no alcanza con decir que España jugó mejor o que el planteo del técnico fue demasiado defensivo. Hace falta el FBI, la FIFA, Trump o los Illuminati. Y si la Selección no tiene futbolistas negros, tampoco alcanza con mirar la historia del país. Es más sencillo afirmar que Argentina es racista.
Desconozco cuándo se puso de moda utilizar la composición étnica de un equipo de fútbol para conocer el nivel de integración de un país. Es una forma curiosa de colonialismo intelectual que implica asumir que todas las sociedades deberían parecerse demográficamente a Estados Unidos o a algunos países de Europa.
La historia argentina siguió otro camino. Recibió sucesivas corrientes inmigratorias europeas y de Medio Oriente, además de comunidades provenientes de múltiples regiones del mundo. También existió una importante población afroargentina durante la época colonial, cuya presencia relativa disminuyó por guerras, epidemias, mestizaje y otros procesos demográficos ampliamente estudiados. Esa historia existe, aunque resulte menos útil que una captura de pantalla para indignarse en Twitter.
El fútbol argentino, afortunadamente, sigue funcionando con una lógica bastante menos ideológica que muchas universidades: juega el mejor. Nadie le pregunta el color de piel a un lateral antes de decidir si merece ser titular y lo único que importa es si juega bien.
Francia ofrece un buen contraejemplo. Su selección refleja la historia demográfica del país, marcada por décadas de inmigración proveniente de África y de sus antiguas colonias. Sin embargo, esa diversidad no resolvió los debates sobre identidad nacional ni las tensiones que atraviesan las periferias de París y otras grandes ciudades francesas. Nadie concluiría seriamente que Francia dejó de tener problemas de integración o de racismo porque muchos de sus mejores futbolistas sean negros.
Sin embargo, ese criterio desaparece cuando el foco se posa sobre la Argentina. Si la selección francesa tiene muchos jugadores negros, es un reflejo natural de su sociedad. Si la selección argentina no los tiene, deja de ser un reflejo de su historia y pasa a convertirse en la prueba de un supuesto racismo estructural.
Nada de esto implica negar que exista racismo en la Argentina. Como ocurre en prácticamente todas las sociedades, hay expresiones de racismo que deben ser señaladas y condenadas. Pero reducir la realidad argentina a una cuestión racial también supone ignorar otras formas de desigualdad que atraviesan la vida cotidiana. No todas las sociedades se dejan explicar con las mismas categorías, y pretender lo contrario suele decir más sobre quien observa que sobre el país que intenta analizar. Convertir una foto de once jugadores en una prueba concluyente de racismo es una simplificación que reemplaza la realidad por un estereotipo.









