La transposición de la obra teatral homónima, que el director Juan José Campanella adaptó de la pieza “I’m Not Rappaport» del dramaturgo estadounidense Herb Gardner, tuvo su estreno el jueves 19 de febrero en 35 salas argentinas. Desde su lanzamiento, la producción ha logrado vender más de 10.000 entradas, consolidando un interés que se expandió a nivel internacional el viernes pasado, cuando la película quedó disponible para todo el mundo a través de Netflix.
Dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por Luis Brandoni y Eduardo Blanco —quienes también encabezaron la versión teatral—, la película adapta al cine la obra del mismo nombre con un elenco que completan Verónica Pelaccini, Agustín Aristarán y Manuela Menéndez, entre otros.
Un escenario de contrastes en el corazón porteño
La trama se desarrolla íntegramente en un rincón del Parque Lezama, un escenario que centraliza la historia de dos hombres mayores, cada uno cargando con sus propios dolores, trayectorias y estigmas.
La narrativa comienza en un pequeño recuadro del parque, donde un hombre aparentemente tranquilo lee el diario hasta que irrumpe la “voz cantante” de un segundo sujeto que se sienta a su lado.
A partir de allí, se desanda una “conversación” que revela el desgaste de una presencia cotidiana. Mientras uno se conforma con la tranquilidad y los mandatos convencionales del adulto, el otro se presenta como un relator de “mil historias de empoderamiento”, a pesar de ser tildado de “mentiroso” por su compañero.
En este intercambio comienzan a aflorar recuerdos de juventud y de las mujeres de tiempos pasados, contrastando a quien vivió lo que deseaba con aquel que no se animó a hacerlo.
El lenguaje como herramienta de discriminación
La película utiliza el encuentro con otros personajes para visibilizar la hostilidad del entorno. Entre ellos aparece una “joven ideal” que queda encantada al escuchar los poemas y chistes de estos hombres, surgiendo allí la frase “la tenés muerta a la pendeja” y el recurrente chiste de “Yo no soy Rappaport”.
Sin embargo, la calma se rompe cuando uno de los protagonistas enfrenta la amenaza de despido por parte del presidente de su consorcio, quien lo califica abiertamente como “viejo”, “anciano” e “inútil”.
Este prejuicio absoluto no se limita al ámbito laboral. La misma situación de rechazo se repite con la hija de uno de ellos, quien tiene la firme intención de enviarlo a un asilo. A esto se suma la figura de un joven que merodea el parque y les cobra dinero bajo la premisa de cuidarlos de sí mismo, completando un cuadro de amenazas externas provenientes de los más jóvenes.
En ese contexto, la película subraya el poder del lenguaje como mecanismo de exclusión. Las palabras funcionan como etiquetas que buscan reducir a los protagonistas a una condición de fragilidad, inutilidad o dependencia. Sin embargo, también es en el terreno del lenguaje donde ambos hombres encuentran su forma de resistencia. Las historias exageradas, los chistes y las anécdotas que uno de ellos relata —aun cuando sean cuestionadas o tratadas como mentiras— se transforman en una herramienta para disputar ese lugar de inferioridad que la sociedad intenta imponerles.
La película interpela así las formas en que la sociedad nombra a los adultos mayores y el modo en que esas nominaciones cargan consigo prejuicios profundamente arraigados: la idea de que sus palabras pierden valor, de que su memoria es dudosa o de que su capacidad de decisión está agotada. Frente a ese imaginario, el relato propone un gesto sutil pero poderoso: volver a escuchar esas voces.
Más allá de las lecciones explícitas que la historia pueda ofrecer, lo que verdaderamente cobra fuerza en la propuesta de Campanella es el cómo. En los gestos mínimos, en la conversación que se estira durante horas y en la complicidad que se construye entre ambos hombres aparece una forma de resistencia cotidiana. Allí se configura una dinámica particular: uno impulsa, exagera, imagina; el otro duda, se repliega, pero termina acompañando. Entre la fantasía y el escepticismo se construye una alianza que les permite sostenerse frente a un entorno que constantemente intenta relegarlos.
En última instancia, la película deja flotando una pregunta incómoda pero necesaria: hasta qué punto una palabra puede definir a una persona o limitar su lugar en el mundo. Y, al mismo tiempo, sugiere que en la conversación —en la posibilidad de seguir contando historias— persiste una forma de dignidad que ni la edad ni los prejuicios logran borrar.









