Tomás de Torquemada fue un fraile dominico designado por los reyes católicos de la España unificada como primer Gran Inquisidor (1483) habiendo sido antes confesor y consejero de la Reina Isabel la Católica. En 1492 fue clave en la expulsión de los judíos sefaradíes (Sefarad se llamaba a España) que no se convirtieran al catolicismo. Sus bienes incautados parecen haber servido para financiar la conquista de América.
Hasta ese año clave, los judíos habían convivido con los musulmanes que eran mucho más tolerantes con su cultura que los cristianos. La designación de Torquemada por los reyes le permitió ignorar al Papa y concentrar un extraordinario poder en todo el reino.
Pero la persecución a los judíos no comenzó allí –desde 1184 la iglesia católica había perseguido la “pureza de sangre”-, y fue mucho mayor especialmente en los países protestantes como Alemania, Polonia, y otros países de Europa central y del Este en donde los llamaban judíos askenazíes.
Ni hablar de la etapa nacionalista europea, en especial durante el nazismo aunque no solamente en Alemania ni solo con judíos, que es ampliamente conocida como Holocausto. El museo dedicado muestra sin dudas las atrocidades que debieron vivir no solo en Alemania, sino también en otros países europeos.
Excluidos históricamente de la posibilidad de poseer tierras, no resulta extraño que su extraordinaria capacidad basada en su dedicación al estudio, se canalizara a las ciencias, el arte, el comercio, las finanzas y más adelante, la comunicación.
La diferenciación entre Hebreos, sucesores de Abraham (el hebreo o “el que cruza” según la Biblia) que es quien cruzó el Éufrates, Israelitas que son los sucesores de Jacob –nieto de Abraham y renombrado como Israel en la Bíblia-, que formaron 12 tribus: 2 de ellas habitaron el sur (Judá) por lo que se los denomina Judíos, mientras las otras 10 fueron hacia el norte donde se dispersaron y fueron absorbidas por otros pueblos, es clave para entender la sucesión entre ellos, que hoy explica al sionismo histórico y actual.
El sionismo es un movimiento político nacionalista surgido a finales del siglo XIX que como otros pueblos europeos, buscaba el establecimiento y apoyo a un Estado judío, materializado con la fundación de Israel en 1948 tras el fin del mandato británico y el plan de “Dos Estados” en Palestina de la ONU (1947).
Theodor Herzl es considerado su fundador político, organizando el primer Congreso Mundial Sionista en 1897 y creando la Organización Sionista Mundial. Su demanda a la existencia del Estado Judío, se limitaba al territorio actual del Estado de Israel que estaba bajo dominio otomano.
Pero luego desde la primera guerra árabe-israelí (1948), el sionismo moderno inició un proceso de expansión hacia el Sinaí (Egipcio), Siria (en las alturas del Golán), Cisjordania (donde conviven con el pueblo palestino), la Franja de Gaza y ahora Líbano, invocando el derecho bíblico a apoderarse de todo el medio oriente, lo que ha sido admitido y legitimado por Mike Huckabee embajador de EE.UU. en Israel.
Esta sucesión de expansiones, es interpretada como la búsqueda del Gran Israel (desde el Éufrates al Nilo) que según el sionismo actual sería “la tierra prometida a Abraham” que se opone y niega “la solución de dos Estados” definida en 1947 en la ONU.
En los últimos años, el sionismo cristiano ha crecido entre grupos evangélicos sajones. Una ideología política y teológica, que defiende el apoyo incondicional al Estado de Israel, creyendo que su existencia y expansión cumplen profecías bíblicas necesarias para la segunda venida de Jesús anunciada en el libro del Apocalipsis o Revelaciones.
Muy influyente en el gobierno de EE.UU., permite comprender el apoyo incondicional –de muchos demócratas y republicanos- al gobierno de Netanyahu, aunque también es visible la adhesión de ciudadanos al Estado de Palestina, lo que plantea un conflicto civil cuyas derivaciones algunos analistas definen como preludio de una Guerra Civil.
La alianza Trump y Netanyahu –quien ha sido condenado por la Corte Penal Internacional (CPI) por delitos de “Lesa Humanidad”- y hoy estarían cometiendo “crímenes de guerra”, habrían ratificado ese objetivo teológico del Gran Israel.
La sospecha de sometimiento de parlamentarios estadounidenses por el financiamiento sionista de sus campañas y de Trump por interés personal como el establecimiento de una zona de desarrollo turístico en Gaza o por supuesto espionaje de la poderosa inteligencia israelí (Mossad) que tendría elementos para extorsionarlo, especialmente en el Caso Epstein, completa un cuadro entre realista y paranoico de consecuencias imprevisibles.
Independientemente de eso, la guerra EE.UU./Israel versus Irán ha puesto a Trump, republicanos e inclusive algunos demócratas, ante el dilema –o sea, soluciones que son siempre malas- de seguir con ese plan sionista que afecta a los votantes estadounidenses por el aumento de los precios del petróleo y la inflación en general o dejar de hacerlo y perder el apoyo de los financiadores sionistas, especialmente desde que la Corte Suprema, autorizó en 2010 habilitar aportes a las campañas sin límites, que dieron lugar a los Súper-PAC.
Mientras tanto, gran parte del pueblo Hebreo (descendientes de Abraham), Israelita (que apoyan la existencia del Estado de Israel y la solución de dos Estados), y Judío (sefaradíes, asquenazíes, etc.) integrados en otras naciones, miran con asombro la contradicción entre las acusaciones de antisemitismo, el recuerdo del Holocausto y los delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra que comete su gobierno, apoyado únicamente por Trump y Argentina.
Eso hace verosímil el “sometimiento” de Trump a Netanyahu y el riesgo de que el sionismo por su expansionismo debilite o destruya al Estado de Israel, como parte de la solución de dos estados, que aunque hoy suene utópico es la única manera en que los pueblos semitas –descendientes de Sem, como árabes, hebreos y asirios- puedan vivir en paz entre sí y con otros pueblos con los que comparten su historia.
El pueblo Judío perseguido por siglos, en su gran mayoría está muy lejos de las aspiraciones sionistas –de judíos y cristianos- y por supuesto de los actos genocidas o de crímenes de guerra de los gobernantes de su actual Estado y merece tanto una patria que conviva con la nación palestina, como un espacio reconocible en otros países, para lo que es clave el ecumenismo –católico, evangélico, judío, islamista entre otras confesiones religiosas- que ha crecido en todo el mundo y especialmente nuestro país donde el Comipaz cordobés es uno de sus precursores más activos. Que así sea (o Amén).









