Hay artistas que hacen música y hay artistas que son, ellos mismos, un género. Rubén Rada pertenece a esta segunda categoría. Nacido en el barrio Sur de Montevideo, este cantante, compositor y percusionista uruguayo radicado hace décadas en la Argentina es, sin exagerar, el padre de un sonido: el candombe beat, la fusión que llevó los tambores afrouruguayos a dialogar con el rock, el jazz y el funk, y que todavía hoy suena en escenarios de ambas orillas del Río de la Plata.
Un niño criado entre tambores y penurias
Hijo de una familia humilde de Montevideo, Rada se crió con el fútbol y la música como refugio frente a las dificultades económicas. De chico imitaba por unas monedas a cantantes como Louis Armstrong o Brenda Lee, cualquier tema que sonara en la radio. Una prueba temprana de un oído prodigioso que nunca pasó por una academia. Asegura que jamás estudió un instrumento y que toda la música la lleva en la cabeza, al punto de tener que cantarles sus arreglos a otros músicos, generalmente a Hugo Fattoruso o a Ricardo Nolé, para que los transcribieran en partitura.
Antes de convertirse en el «Negro Rada» que todos conocen, fue «Zapatitos», apodo que le pusieron en su barrio por el tamaño de su calzado, y más tarde «Ritchie Silver», su alter ego como crooner en los Hot Blowers, la banda con la que a fines de los años 50 recorría salones tocando dixieland y los primeros éxitos del rock and roll.
El nacimiento de un género propio
En los años 60, junto a Eduardo Mateo, a quien Rada definió alguna vez como el John Lennon uruguayo, dio forma al candombe beat, ese cruce entre el rock que llegaba desde Inglaterra y los ritmos ancestrales del tambor afrouruguayo. Esa mixtura tuvo sus primeros grandes exponentes en los grupos El Kinto y Tótem, de donde surgieron piezas que con el tiempo se volverían clásicos, como «Las manzanas» o «Heloisa», esta última nacida, según contó el propio músico, de una confusión con el nombre de un personaje de cine.
Un trabajo académico sobre las estrategias compositivas de la música popular uruguaya, que analiza el repertorio de Rada junto al de Jaime Roos, Eduardo Mateo y Alfredo Zitarrosa, explica que el candombe se construye sobre la interacción de tres tambores (chico, repique y piano) y que los compositores populares uruguayos supieron trasladar esa lógica rítmica a la guitarra, el teclado, el bajo y la batería, logrando que cada instrumento asumiera una función equivalente a la de un tambor dentro de la cuerda.
Ese mismo estudio destaca que canciones de Rada como «Tengo un candombe para Gardel», «Biafra» o «Te parece» muestran cómo el músico supo combinar la fiesta con el compromiso social, abordando desde el humor temas tan espinosos como el racismo o la dictadura.
De Montevideo al mundo, y de vuelta
Su carrera lo llevó por rutas inesperadas. A fines de los 60 quedó afuera de una gira con Los Shakers por decisiones empresariales con tinte racista, un episodio que él mismo recordó con crudeza en distintas entrevistas.
Poco después encontró revancha en Estados Unidos, donde se reencontró con los hermanos Fattoruso para grabar el disco de Opa, una experiencia que describió como una de las más emotivas de su vida: escuchar sus propias composiciones, grabadas de manera precaria en un aparato de mesa de hotel, reproducidas con arreglos profesionales de teclado lo hizo llorar de emoción.
Luego vino una larga temporada errante por Europa, cantando tangos de Gardel y éxitos disco por monedas en las calles de Austria, Noruega, Finlandia, Alemania y Suecia. Recién con la llegada de los 80 se instaló definitivamente en la Argentina, donde construyó una carrera sólida a fuerza de shows memorables, como sus históricas actuaciones en el boliche porteño Jazz y Pop, que terminaban con el propio Rada saliendo a la calle al ritmo del tambor y el público detrás, haciendo trencito.
Recién en 1998, con el disco «Black» y el hit «Loco de amor», llegó para él el reconocimiento comercial masivo, de la mano del productor Cachorro López, con quien luego llegarían canciones tan populares como «Cha Cha Muchacha», «Muriendo de plena» y «Alegre caballero».
Un showman inconfundible
Quienes asistieron alguna vez a un recital de Rubén Rada coinciden en que sus conciertos trascienden lo estrictamente musical. Sobre el escenario despliega una mezcla de humor, improvisación y energía que convierte cada presentación en una verdadera fiesta.
Incluso hoy continúa actuando acompañado por sus hijos, quienes integran su banda y representan la continuidad de un legado artístico y familiar construido alrededor del tambor y la música popular.
Su estilo descontracturado, su inconfundible voz rasgada y su capacidad para conectar con el público hicieron que muchos lo compararan con figuras que revolucionaron otros géneros musicales, como Bob Marley en el reggae o Fela Kuti en el afrobeat.
Por qué su figura sigue siendo clave
Más allá de los hits, la relevancia de Rada para la música rioplatense tiene que ver con haber sabido traducir un código cultural profundo, el de la cultura del tambor, con sus tres tipos de percusión y su fraseo particular, a un lenguaje popular masivo. Sin perder la conexión con sus raíces afrouruguayas.
Esa capacidad de moverse entre lo culto y lo popular, entre el compromiso social y el humor desenfadado, entre el candombe más tradicional y los géneros que iba incorporando en cada etapa de su vida. Es lo que explica por qué generaciones enteras, de Montevideo a Buenos Aires, lo consideran no solo un showman entrañable, sino uno de los grandes compositores de la música popular latinoamericana.









