Todos los 10 de agosto, la Argentina rinde homenaje a una de sus fuerzas armadas más jóvenes y, al mismo tiempo, a un capítulo fundacional de la aviación mundial: aquel día pero de 1912, el entonces presidente Roque Sáenz Peña firmó el decreto que dio vida a la Escuela de Aviación Militar, instalada en los terrenos de El Palomar, provincia de Buenos Aires. Ese acto administrativo, que hoy cumple 114 años, es considerado el punto de partida de la aviación militar del país.
Un sueño impulsado por civiles apasionados
La historia de aquella escuela no nació en un cuartel, sino en el entusiasmo de un puñado de pioneros civiles fascinados por la naciente tecnología del vuelo. El más célebre de ellos fue Jorge Newbery, ingeniero, deportista y una de las figuras más multifacéticas de la Buenos Aires de comienzos del siglo XX.
Newbery, junto con el Aero Club Argentino, la entidad civil que él mismo presidía, ofreció al Ministerio de Guerra poner a disposición, sin costo alguno, su parque de aeronaves, instalaciones, asesoramiento técnico y hasta profesores para instruir a los primeros oficiales voladores.
Ese gesto fue el que terminó de convencer al gobierno de crear una escuela propia dentro del Ejército. Newbery, además de impulsor, se convirtió en uno de sus primeros directores, junto a los tenientes coroneles Enrique Mosconi y M. J. López.
Los primeros aviones utilizados fueron modelos Blériot, Farman, Caudron y Bristol, verdaderas máquinas de tela y madera con las que los cadetes debían aprender a desafiar la gravedad casi a puro instinto.

Newbery ya se había hecho un nombre propio semanas antes de la firma del decreto: en noviembre de 1912 cruzó el Río de la Plata en un Blériot XI de su propiedad, yendo y volviendo a El Palomar en el mismo día, una proeza que combinaba audacia deportiva con la convicción de que el dominio del aire sería clave para el futuro estratégico del país.
De escuela militar a Fuerza Aérea
Durante las primeras décadas, la aviación militar no constituyó una fuerza independiente. Formaba parte del Ejército y fue modificando su estructura y denominación a medida que el avión adquiría un peso cada vez mayor en las estrategias militares.
La evolución fue acompañada por una transformación más amplia: comenzó a instalarse la idea de que el desarrollo aéreo de un país no dependía solamente de tener aviones de combate. También eran importantes los pilotos, los aeródromos, las rutas, la industria aeronáutica, los técnicos y hasta la aviación comercial.
La investigación de la historiadora Melina Piglia muestra cómo, desde la década de 1930, militares y civiles comenzaron a pensar en términos de un “poder aéreo nacional”, concepto que abarcaba la actividad aérea civil, comercial y militar, además de la infraestructura, los conocimientos técnicos, los combustibles y la formación de pilotos.
Bajo esa lógica, entre 1943 y 1945 el gobierno de facto impulsó la primera política aerocomercial integral de la Argentina, que incluyó la nacionalización de las rutas de cabotaje y la creación de empresas mixtas como antecedentes de lo que más tarde sería Aerolíneas Argentinas.
Fue justamente en homenaje a ese recorrido fundacional que, en 1954, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, se estableció por decreto que el 10 de agosto, fecha de la creación de la vieja Escuela de Aviación Militar en 1912, pasara a ser oficialmente el Día de la Fuerza Aérea Argentina. La elección no conmemora el momento en que la institución obtuvo su autonomía, sino el instante fundacional que hizo posible todo lo demás.
El bautismo de fuego: Malvinas, 1982
Ningún capítulo marcó tanto la identidad de la Fuerza Aérea como la Guerra de Malvinas. El 1° de mayo de 1982 comenzó su participación directa en el conflicto del Atlántico Sur, en lo que se recuerda como su verdadero bautismo de fuego.
Las fuerzas británicas habían comenzado durante la madrugada los ataques sobre las posiciones argentinas en las islas. A las 4.40, aviones Vulcan y Sea Harrier atacaron los aeródromos militares de Puerto Argentino y Puerto Darwin. A las 16, la aviación argentina inició las acciones que dieron lugar a la primera batalla aérea de su historia.
Durante aquella jornada se realizaron 57 salidas aéreas en misiones de cobertura y ataque contra objetivos navales británicos, con el lanzamiento de unas 20 toneladas de bombas sobre la flota, según registros oficiales de la institución.
La campaña posterior quedó marcada por vuelos a muy baja altura sobre el mar, ataques contra buques y operaciones realizadas desde bases ubicadas a enorme distancia del continente.
Durante semanas, pilotos y tripulaciones volaron misiones de altísimo riesgo sobre el Atlántico Sur: distancias extremas para la autonomía de sus aviones, condiciones climáticas hostiles y un enemigo con tecnología superior. Aun así, protagonizaron acciones que hasta hoy se estudian en academias militares de todo el mundo por su audacia y precisión.
Operación Matienzo: cuando la Fuerza Aérea estudió el espacio desde la Antártida

La historia de la Fuerza Aérea Argentina también tiene un capítulo menos conocido, pero particularmente llamativo: su participación en los primeros pasos de la investigación espacial argentina. Hace 61 años, entre el 6 y el 8 de febrero de 1965, el país llevó adelante una experiencia científica inédita que conectó dos puntos separados por unos 3.900 kilómetros: la Base Antártica Matienzo y el entonces Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados (CELPA) de Chamical, en La Rioja.
La denominada Operación Matienzo consistió en el lanzamiento coordinado de cohetes meteorológicos Gamma-Centauro desde ambos puntos. El objetivo era estudiar y comparar la radiación cósmica que atraviesa la atmósfera terrestre desde dos ubicaciones geográficas muy diferentes.
La elección de los sitios no fue casual. La radiación cósmica puede presentar variaciones relacionadas con factores como la latitud y la altitud, por lo que realizar mediciones simultáneas desde el continente y la Antártida permitía obtener registros comparables en condiciones ambientales y geográficas distintas. Los cohetes funcionaban como vehículos suborbitales capaces de transportar instrumentos científicos hacia las capas superiores de la atmósfera y transmitir información durante el vuelo.
Según la documentación histórica de la Fuerza Aérea Argentina citada en los materiales sobre la operación, aquella experiencia colocó al país como la tercera nación en realizar una medición de radiación cósmica de este tipo, después de Estados Unidos y la Unión Soviética.
La misión también representó un importante desafío logístico. Personal y equipamiento del Instituto de Investigaciones Aeronáuticas y Espaciales (IIAE) fueron trasladados hasta la Base Matienzo, en una operación que involucró aeronaves, especialistas y material científico. Entre los medios utilizados estuvo el Douglas TA-05 “El Montañés”, encargado de transportar personal y equipamiento hacia el escenario antártico.
La Operación Matienzo aparece así como uno de los primeros ejemplos de una Argentina que intentaba combinar investigación científica, desarrollo tecnológico, infraestructura propia y capacidad logística en escenarios extremos.
Más que una curiosidad perdida en los archivos de la aeronáutica nacional, aquella experiencia anticipó una idea que atravesaría buena parte del desarrollo espacial argentino: que el conocimiento del cielo no terminaba en la atmósfera y que la investigación científica podía convertirse también en una herramienta de soberanía tecnológica.
Sesenta y un años después, el recuerdo de aquellos Gamma-Centauro lanzados desde la Antártida y La Rioja permite observar otra dimensión de la historia de la Fuerza Aérea: una institución que no solo aprendió a custodiar el espacio aéreo, sino que también participó en los primeros intentos argentinos por medir, estudiar y comprender el espacio que se encontraba por encima de él.
De los biplanos a los F-16
El contraste tecnológico entre 1912 y 2026 resulta difícil de dimensionar.
Los primeros aviadores aprendían a volar en aeronaves de estructura liviana y tecnología rudimentaria. Hoy la Fuerza Aérea se encuentra incorporando el F-16 Fighting Falcon, un sistema de armas supersónico y multirrol.

En abril de 2024, la Argentina firmó con Dinamarca el contrato para adquirir 24 F-16.
El primer ejemplar llegó al país en febrero de 2025 para tareas de entrenamiento y familiarización, mientras que en diciembre de ese año arribaron las primeras seis aeronaves destinadas al sistema operativo argentino.
El proceso continuó durante 2026. En abril, pilotos argentinos comenzaron a volar el sistema en el Área Material Río IV junto a instructores, como parte del programa “Peace Cóndor”.
En mayo llegó otro momento simbólico: pilotos argentinos realizaron por primera vez vuelos solos en los F-16 durante su entrenamiento en Estados Unidos.
La incorporación representa, según el Estado argentino, una recuperación de capacidades de aviación de caza e interceptación supersónica que la Fuerza Aérea había perdido durante décadas.
Curiosidades de más de un siglo de vuelo
- La Escuela de Aviación Militar, cuna de la Fuerza Aérea, funcionó primero en El Palomar y en 1937 se trasladó a Córdoba, ciudad donde continúa formando a los aviadores militares argentinos hasta hoy.
- Aquella escuela de 1912 fue la primera fuerza aérea militar de toda América Latina, un dato que pocos recuerdan y que ubica a la Argentina como pionera regional en la materia.
- El primer curso de cadetes se presentó recién el 4 de noviembre de 1912, apenas tres meses después de la firma del decreto fundacional.
- La pasión de Newbery por el aire estuvo ligada también a la cultura popular: fue un asiduo frecuentador de los ambientes tangueros porteños y varios compositores le dedicaron obras, entre ellas la letra de «Corrientes y Esmeralda».
114 años después, una historia que todavía sigue
La historia de la Fuerza Aérea Argentina puede leerse como una sucesión de transformaciones: comenzó con una escuela instalada en El Palomar y sostenida en buena medida por el entusiasmo de civiles; creció dentro del Ejército; adquirió autonomía en 1945; enfrentó su primera guerra en Malvinas; extendió sus operaciones hasta la Antártida y hoy atraviesa una nueva etapa tecnológica con la llegada de los F-16.
Además de la defensa del espacio aéreo, la institución despliega hoy tareas que exceden lo estrictamente militar: búsqueda y rescate, asistencia en catástrofes naturales, combate de incendios forestales, apoyo logístico y presencia permanente en la Antártida forman parte de su misión cotidiana. Un siglo después del sueño de Newbery y sus compañeros, la consigna sigue siendo la misma que dio origen a la escuela de El Palomar: custodiar los cielos de nuestro país.
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