Ha muerto Susana Romano y sobre estas líneas sobrevuela la elegía, pero sin las estridencias en las que el género a veces incurre: panegírico o lamentación desmesurada. Escribo en recuerdo y homenaje a la escriturienta cuya pulsión de escritura corría pareja a su pulsión de vida.
Volver sobre lo mismo obedece en ocasiones a la cortesía intelectual de dar más diafanidad al discurso. Suele ocurrir, en estos casos, que la recurrencia sea sólo aparente: una lectura prolija permite advertir una nueva combinatoria de los elementos, un des-velarse el objeto a partir de una faceta no explorada o manifiestamente re-significada.
Vuelvo a hablar de la … de Susana Romano en la poesía de Córdoba, cuando ya no está entre nosotros y el tono elegíaco es inexcusable. En la resignificación de lo ya dicho se impone la conciencia del “legado” más allá de la constatación de la trascendencia de una obra.
Mi predicación valorativa de la obra de Susana se centró alguna vez en tres atribuciones : poesía autorreferencial, culturalista y reflexiva. Tal vez todo podría subsumirse en un solo rasgo: el culturalismo crítico. Esta aparente reducción exige exponer el sentido que asignamos a esta expresión para que se advierta lo que en ella se condensa y se des-vela.
El culturalismo crítico fue no solo un programa estético sostenido -con los matices que el tiempo impone- sino la actitud vital que lo fundaba.
En un poema de Verdades como criptas, “Pupila de la melancolía” ya aparece una referencia a la dimensión intelectual de su quehacer poético (encéfalos) que no excluye, sino enriquece, el maridaje entre la mente reflexiva y la herida emocional (el rigor del intelecto frente a la vivencia melancólica o traumática)
(…) luego soy una vestal de los encéfalos
y una pupila de la melancolía.
Esta temprana profesión de fe poética, ya contenida en el título del poemario Verdades como criptas se prolonga a lo largo de su trayectoria y se proyecta en sus otros oficios terrestres: la traducción, la crítica, la novela, el ensayo y la experimentación translingüística, cartografías laberínticas en las que se emulsionan la lectura, la teoría, el psicoanálisis, las tradiciones filosóficas y literarias europeas, transculturadas desde el Sur global (los males del Sur) y la tradición judía como matriz de pensamiento crítico, ético y poético.
La década del setenta ve, en círculos literarios porteños, el intento de incorporar al terreno de la producción literaria rasgos que pertenecen a la teoría; Susana Romano es deudora de esa práctica e instala en Córdoba esa sinergia con singular maestría y originalidad: el rigor de la teoría se conjuga con una urdimbre cultural atravesada por el cuerpo, el dolor, la pérdida y el deseo.
He hablado de maestría y lo remarco: la conciencia lingüística hipertrofiada es un rasgo inherente a sus prácticas. La lengua y las lenguas se exhiben en su potencia de materia abierta a todo tipo de trasiego estético. En Parque temático (2011), libro situado en el confín de su trayectoria, la presencia del alemán como lengua de extrañamiento, suma densidad a la complejidad temática y formal del texto, pero como en un gesto de prestidigitadora, crea un doble registro en favor de una claridad primero escamoteada: “primero el poema hermético en su desnudez y después, el mismo poema irónicamente explicado, comentado, despoetizado” (así explica el truco de la glosa uno de sus más agudos lectores, el poeta Bernardo Schiavetta).
Hablé de un legado. Lo proclamo, sin estridencias, con convencimiento.
La Dra. Graciela Ferrero es la actual decana de la Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional de Córdoba.









