La música que nos atraviesa deja marcas indelebles que se funden con nuestra propia biografía. Charly García, como pocos, posee una obra que perfectamente puede ser la banda de sonido de grandes momentos personales y también de la historia nacional.
Sus obras, protagonistas imprescindibles de la discografía argentina, aún giran y, como las agujas de un reloj compartido, proyectan recuerdos de nuestra casa, de un barrio que vibraba cuando sonaban sus himnos paganos y nosotros sacudíamos el pelo hasta el cielo de la amistad. Álbumes iniciáticos como Parte de la religión fueron escuchados en la intimidad, mientras sus demenciales conciertos y giras definieron una época cuando el rock era el punto de encuentro de la clase media con la democracia.
Volviendo al presente, es imposible no conmoverse ante este artista que es un milagro, tanto artístico como médico.
Oído absoluto
Primogénito de una familia acomodada, su padre, un ingeniero, matemático y empresario de origen holandés, fundó la primera fábrica de muebles de fórmica en el país. Tras perder la estabilidad económica, su madre se reinventó como productora de radio, lo que impulsó un desfile de artistas por su casa. De chico, Carlitos -futuro Charly- le advirtió a su madre que el folclorista Eduardo Falú tenía una cuerda desafinada con sólo escucharla.
A los 13 años completó con honores el conservatorio. Todo parecía indicar que sería un concertista de piano prodigio (que por otro camino llegó a serlo) hasta que en la radio sonó There’s A Place de The Beatles. El rock ingresaría desde entonces, y para siempre, en su sistema sensorial. Poco después convencería a sus amigos de crear una banda, y otra, y otra, hasta fundar la mítica Sui Generis (1972). Con esa formación -cuya traducción es excepcional, única e inclasificable- resultaría aclamado como el padre del rock argentino junto al Flaco Spinetta.
Demoliendo Hoteles
García construyó una obra tan inmensa como compleja en su interpretación, su poética y su composición. A su vez, la lírica transgresora y crítica hacia la sociedad moderna -en especial durante la dictadura cívico-militar- le convirtió en un poeta contemporáneo. Su vida personal y exabruptos públicos le volvieron, en simultáneo, un ídolo maradoniano que resulta inexplicable para extranjeros, pero cuyo universo musical revolucionario -lleno de clics modernos- subvirtió todos los cánones.
Hay acontecimientos protagonizados por García que forman parte de nuestra mitología urbana y que merecen ser reinterpretados. Como aquel 8 de diciembre de 1983, bajo el tinglado de Atenas, Córdoba vibró de estupor cuando el músico se bajó los pantalones para mostrarle sus genitales al público. Faltaban unos días para que asumiera Raúl Ricardo Alfonsín y, mientras presentaba su flamante disco Clics modernos, impulsaba una vanguardia que dejaba perplejo al país.
El rey de los experimentos musicales vivió días agitados y noches demenciales durante décadas, como aquel histórico salto desde el noveno piso hasta la pileta mendocina del hotel Aconcagua, al mediodía del viernes 3 de marzo de 2000. “No sé por qué no tenía miedo: cuando te chupa la gravedad es increíble. Después el golpe fue como si te pegaran fuerte con una toalla mojada… Y me hundí”.
Rezo por vos
Uno de los sucesos más controvertidos de su historia con nuestra provincia fue cuando, después de un desastroso concierto en Cosquín Rock 2004 que terminó poco después de empezar con la destrucción de sus instrumentos, el sistema de audio y una batahola de público indignado, en 2005 insistió en presentarse en el festival, siempre de la mano del productor José Palazzo, que, misteriosamente, sigue siendo su manager y amigo. Esta nueva presentación en 2005 arrancó complicada porque García perdió el avión a las 15, las 18 y las 19 mientras el público (nada menos que 70.000 personas) le esperaba desde las 16 en el auditorio. No tomó el vuelo porque se había olvidado una botella de whisky en un kiosco.
Finalmente subió a un avión privado a las 00 porque no había más vuelos comerciales. La Diosa Fortuna lo acompañó soplando un viento que redujo la duración del vuelo y luego, ya en territorio cordobés, fue trasladado por una camioneta especialmente equipada de un grupo de élite de la policía, a 200 kilómetros por hora, en contramano, por la autopista. Tocó cuatro horas, volvió el tiempo atrás y el afecto de su público (entre los que estaba este humilde autor) hasta que salió el sol y nació una flor. Tan épico como no apto para cardíacos.
Cerca de la revolución

Sobrevivir a su propia leyenda lo convierte en un dinosaurio maradoniano que escribe canciones que le gustan a los muertos. Pero también en un milagro fuera de nuestro entendimiento: ¿cómo explicar que le haya sobrevivido a Luis Alberto Spinetta —afecto a la vida sana, la actividad física e incluso a trotar— o Gustavo Cerati, que era sensiblemente más joven? Mil whiskies e infinita cantidad de marlboros más adelante, tras atravesar el terror de los hoteles y las noches con delirium tremens, arrestos y televisores cayendo regularmente desde el cielo -como si se tratara de una metáfora mediática- el más innovador de nuestros artistas comprobó que solo necesitaba un poquito de amor para dar.
Para celebrar sus 75 años, todo el país se moviliza en los homenajes de la denominada Semana Charly, incluyendo un ciclo de shows gratuitos, muestras y actividades culturales impulsado por diferentes gobiernos. Con coprotagonistas como Hilda Lizarazu y Lito Vitale y un ensamble especial dedicado íntegramente a La Máquina de Hacer Pájaros, las actividades, publicaciones y ediciones se niegan a desaparecer. Como los dinosaurios.
Charly sigue acá, con sus ojos de videotape, recordándonos que no deja un repertorio musical sino la prueba viva de que la belleza y la revolución van juntas, hacen milagros y atraviesan el tiempo.
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