Es difícil encasillar y resumir la obra de Cristina Peri Rossi. Quizás lo primero que se podría decir es que escribe sin pedir permiso. Su obra se construyó desde los márgenes —geográficos, afectivos, sexuales, políticos— y convirtió esa posición en una potencia estética y ética. Exiliada, poeta, narradora, ensayista, traductora, Peri Rossi ha sido una figura incómoda para los cánones literarios, sociales e incluso familiares, precisamente porque su literatura no busca acomodarse sino interrogar y resistir. Leerla implica también volver a pensar qué significa narrar y narrarse en contra de los mandatos, cómo se enlazan vida y literatura, y de qué manera la memoria personal puede transformarse en una forma de subversión.
En La insumisa, libro autobiográfico publicado en 2020, Peri Rossi propone una clave de lectura que ilumina toda su obra: la rebeldía y la oposición como destino y como elección. Allí reconstruye su infancia en Montevideo, la relación conflictiva que mantuvo con su padre, el peso de las convenciones familiares, religiosas y sociales y la temprana aparición de la lectura como refugio. Esa escena inaugural —la niña que lee para entender y para imaginar otros mundos posibles— atraviesa también sus ficciones, su poesía y su pensamiento crítico.
Infancia y figura paterna
En La insumisa, la figura del padre ocupa un lugar central e incómodo. No se trata solo de un vínculo afectivo complejo, sino de la encarnación de una autoridad patriarcal rígida, normativa, violenta en lo simbólico y en lo emocional. El padre representa la ley, la expectativa, el deber ser. Frente a él, la niña Cristina aprende temprano el desacuerdo, la incomodidad y la resistencia. Respecto a esto, la autora es explícita:
“Detestaba la debilidad de mi madre, su falta de principios. Ella nunca llevaba hasta el final su rebeldía, siempre había un momento en que cedía. En el momento en que mi madre cedía yo me prometía más firmemente que nunca no ceder, no consentir, no claudicar. A mi madre no le importaba la justicia, sino poner punto final al conflicto. Y para que esto sucediera yo tenía que transar y suplicar perdón a mi padre. Este, como un dios invencible, todopoderoso, tiránico y despótico, concedería su perdón previa humillación de la suplicante. (…) Pero yo estaba dispuesta a luchar. No me importaba morir en el combate. Era muy joven (tenía sólo diez años) y, como todos los niños, no temía a la muerte: temía a las injusticias de la vida.”
La escritura de Peri Rossi no idealiza la infancia: la presenta como un territorio de tensiones, de descubrimientos dolorosos, de aprendizaje forzado de las jerarquías sociales y de género. La narradora escribe para pensar cómo se forman las subjetividades bajo presión, cómo se internalizan —o se rechazan— esos mandatos. La insumisión, entonces, no aparece como un gesto heroico sino como una respuesta vital: no obedecer porque obedecer implica traicionarse.
La lectura como refugio
Uno de los aspectos más luminosos de La insumisa es el lugar que ocupan los libros en la formación de la autora. Leer es, para la niña Peri Rossi, una forma de escape, pero también una forma de construcción identitaria. Los libros ofrecen modelos alternativos de vida, otras sensibilidades, otros lenguajes. Frente a un entorno que impone roles cerrados, la literatura abre fisuras, y la autora encuentra la manera de inmiscuirse en ellas:
“Yo leía con la delectación indiscriminada de una adicta y de una conversa. Mi religión era la literatura —más precisamente: el conocimiento, pero el conocimiento que proporcionaba la literatura— y los libros eran los monjes y las monjas, que celebraban el culto desde las páginas, desde los lomos de los libros, con letras doradas y marcadores de tela”.
Esa experiencia temprana explica en parte la voracidad lectora y la conciencia literaria que caracterizan su obra. Peri Rossi no escribe desde la ingenuidad: escribe sabiendo que la literatura es una tradición, una conversación, un campo de fuerzas. Pero también escribe desde la convicción de que leer y escribir pueden ser actos profundamente subversivos, sobre todo para quienes no encajan en los esquemas dominantes.

El deseo y la intimidad
Si La insumisa permite leer el origen, Habitaciones privadas profundiza una de las zonas más características de la obra de Peri Rossi: la exploración del deseo, la intimidad y las relaciones afectivas desde una mirada no normativa. Este libro de relatos nos ofrece una visión sutil de los deseos, conflictos e ilusiones de los seres humanos que habitamos el capitalismo tardío. Con un gesto irónico devela los pensamientos oscuros que atraviesan a los padres de familia, la aparición de sus amantes, la adicción al juego y al sexo no como gesto de cariño sino como manera de rehuir a la presión de lo cotidiano.
Las “habitaciones” no son solo lugares físicos, sino estados emocionales y mentales. Allí se despliegan pasiones obsesivas, juegos de poder y dependencia. Peri Rossi escribe el erotismo sin eufemismos, pero también sin espectacularización: le interesa el deseo como experiencia compleja, ambigua y muchas veces atravesada por la soledad.
En este libro, la autora desafía los modelos tradicionales de pareja y de género. No hay moraleja ni castigo: hay cuerpos que sienten, que dudan y que fracasan, insertos, la mayoría de ellos, en una rutina asfixiante.
La memoria y el paso del tiempo
La poesía ocupa un lugar fundamental en la obra de Peri Rossi, y La ronda de la vida es un ejemplo elocuente de su mirada sobre el tiempo, la memoria y la finitud. En estos poemas, la autora reflexiona sobre el paso de los años, el amor, la pérdida, y la persistencia del deseo.
Lejos de una poesía confesional en sentido clásico, Peri Rossi construye una voz que observa con lucidez e ironía. La autora no se victimiza: piensa, recuerda, interpela. La ronda del título sugiere un movimiento circular, una repetición que no es idéntica sino transformada por la experiencia.
En estos textos, el cuerpo vuelve a ser central, pero ya no desde la urgencia erótica sino desde la conciencia del desgaste y la supervivencia. La vida, parece decirnos Peri Rossi, es una ronda que se baila incluso cuando duele. Como bien dicen, la poesía tiene la virtud de condensar una gran densidad de sentido a partir de la economía de las palabras:
TU MUERTE NO SERÁ OLVIDADA
Llamo a mi madre por teléfono
Tiene noventa y nueve años
y muchas ganas de vivir
está relativamente sana y contenta
yo tengo treinta menos que ella
de edad
y de ganas de vivir
De modo que le pregunto
cuál es la fórmula
la fórmula para desear la vida
A los noventa y nueve años
Y me responde: «El egoísmo hija,
el egoísmo
y la falta de memoria».
Olvidarlo todo:
he ahí uno de los beneficios del Alzheimer
Y yo que siempre me enorgullecí
De mi buena memoria
«Por eso no fuiste feliz -dice-
recuerdas demasiado».
Entre la amistad y el anhelo
El vínculo entre Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi, abordado en Julio Cortázar y Cris, permite pensar otra dimensión de su obra: el diálogo intelectual y afectivo con otros escritores. Más que una biografía cruzada, el libro propone una reflexión sobre la amistad, la admiración mutua y las afinidades estéticas.
Este vínculo emblemático comienza cuando Julio le escribe una carta a Cristina desde París, a raíz del descubrimiento de “El libro de mis primos” donde dice:
“Entonces, miré la contraportada del libro, y vi tu carita dulce y un poco tristona, tu carita hermosa y tu mirada profunda, y supe quien era la mujer que había escrito unos primos que se parecían a Manuel sin saberlo. Porque mientras vos escribiste a esos primos yo estaba escribiendo a Manuel. Y ahora se han venido a encontrar”
A esta carta le sucedieron muchas otras, y Cristina, exiliada en Barcelona en aquel entonces, viajó a París a conocer a Julio. Compartieron lecturas, preocupaciones políticas, juegos literarios y el disfrute por el jazz. Así, en el entrevero de un amor no correspondido, se formó una amistad sin precedentes y Cristina logró describir este vínculo con dulzura en su obra, donde describe la complicidad y la perspectiva de la vida que compartían, así como la melancolía con la que habitaban el mundo.
Es necesario recurrir a las palabras de la autora, que condensan parte del sentir que dio vida a Julio Cortázar y Cris:
“Somos los últimos románticos, te dije un día, y vos, que te creías surrealista, asentiste con picardía. En una época que todo lo consume (asesinatos, violaciones, terremotos, diásporas, campeonatos, celuloide, mucho celuloide) resistimos como Noé en su barca. Cuando escribí aquel verso («En toda generación hubo un diluvio») me dijiste que los cronopios siempre sobrevivían, aferrados a un mástil en forma de poema, aferrados al ambivalente goce de escribir, amar, y, especialmente, sonreír.”
En este libro, Cristina cuenta que Cortázar solía decirle “soy inmortal” y ella sentía irritación, en un principio. Tal vez al final ambos lo sean: por la vigencia de su narrativa con la que supieron y ella aún hoy sabe transgredir los límites de lo racional y lo explícito, invitándonos a mirar más allá de la superficie y de cualquier esquematización posible. Como toda gran autora, Peri Rossi nos invita a leer, a descubrir y a imaginar otros mundos posibles, esos que solo habitan en los lomos de los libros, con letras doradas y marcadores de tela.










