Es historia oculta: Salvador Allende y su relación con Córdoba. Córdoba como su refugio frente al abismo de la derrota. Salvador y su clavel rojo pierden y se vienen a Córdoba, donde sus amigos se ocuparán de él. Una noche olvidada de 1964, en un departamento oculto de Nueva Córdoba, en cuyas paredes cuelgan obras de arte que valen millones, Salvador cena y siente el homenaje que aún no le hace su país.
En Córdoba, Salvador y su clavel rojo visitarán a su hermana, paciente en una clínica de barrio Las Rosas. Una clínica que fue antes residencia de gobernador y también el lugar para fundar la Confederación de las Derechas, así, con mayúsculas. Salvador visitará a su hermana en la clínica cordobesa que hoy es castillo abandonado y en esas visitas, Salvador hará de la tierra cordobesa una proyección de su patria grande. Una patria grande que incidirá cuando finalmente el triunfo toque su puerta y se convierta en presidente de la República de Chile.
22 de agosto de 1972. Desde hace dos años la sociedad chilena ha elegido virar democráticamente hacia el socialismo. Salvador y su clavel rojo en el ojal conducen el timón. En Argentina, muy por el contrario, se suceden dictaduras. Hoy, 22 de agosto, es el turno de Lanusse y su Masacre de Trelew. Hoy, 22 de agosto, los pocos sobrevivientes que escapan del presidio secuestran un avión y aterrizan en Chile. Salvador y su clavel rojo en el ojal deben resolver qué hacer los guerrilleros argentinos que han huido de las garras del terror. Salvador debe decidir si les permite seguir viaje o los devuelve a su país de origen.
El abogador argentino Eduardo Luis Duhalde fue quien relató el modo en que Salvador actuó frente a aquella disyuntiva:
En la mañana del 22 de agosto partimos hacia Chile Mario Amaya, el cordobés Gustavo Roca y yo. En Ezeiza nos enteramos, pero muy confusamente, de lo que estaba pasando en Trelew. Recién en Chile, mientras íbamos en un taxi al Palacio de La Moneda, supimos de la masacre de los prisioneros, y los nombres de los muertos. Nosotros llegábamos para ir a ver a unos prisioneros y, en cambio, más que en defensores nos convertimos en portadores de la noticia del asesinato de la mujer de Santucho y de la compañera de Vaca Narvaja. Al resto de los fugados debíamos comunicarles el asesinato de sus mejores amigos. Antes de verlos, marchamos a dejar nuestros equipajes en un hotel, hondamente preocupados por la situación y por tener que darles noticias tan tremendas. Cuando bajamos al hall del hotel nos estaba esperando un personaje singular, que en esos años andaba por la Argentina: Raymond Molinier, conocido en la IV Internacional como ‘Marcos’, hijo de un banquero francés que un buen día se había llevado los dineros de su padre y se había incorporado al trotskismo. Molinier llegó a ser secretario de Trotsky y estaba casado con la alemana Elizabeth Kesselman, con quien vivía en Monte Grande. Ella fue asesinada por las FFAA en 1976. El viejo, que toda su vida fue un gran conspirador, acercándose con disimulo nos dice: ‘ustedes están sentados sobre un polvorín, es algo muy peligroso lo que hacen. Por eso me alojé en una habitación al lado de la de ustedes. Cualquier cosa me llaman. Pero necesito urgentemente una entrevista con Robi’. Partimos para la cárcel, Gustavo Roca y yo. Encontramos a los presos hechos casi una jauría. Aparte de que les resultaba difícil entender que los tuvieran presos dado el régimen socialista, estaban exasperados porque les habían sacado la radio y porque alguien les había dicho algo de lo que había sucedido. Estaban en un gran salón del primer piso, con rejas en las ventanas y una larga mesa. Algunos estaban parados. Me acuerdo de que Robi estaba sentado a la cabecera de esa mesa. Yo les digo que había habido una masacre de presos y termino diciendo los nombres de los muertos. Ahí cada uno reaccionó de manera diferente. Los más impulsivos, como Fernández Palmeiro o Gorriarán, gritaban, maldecían. Robi puso sus brazos cruzados sobre la mesa, apoyó la cara y quedó así por más de dos horas. No pronunció una sola palabra. Quedó como petrificado mientras a su alrededor los gritos llenaban el cuarto. Fue una escena desgarradora y aún hoy no sé qué fue más conmovedor: si el llanto y los gritos, o el silencio petrificado de Santucho.
A partir de ese momento iniciamos una delicada gestión en dos direcciones: por un lado, los cubanos, y por otro, el gobierno de Allende. Luego de dos días, en la mañana del 25 de agosto, la secretaria de Allende nos llamó a Roca y a mí para invitarnos a almorzar. Cuando llegamos a La Moneda nos sorprendimos porque el almuerzo era con todo el gabinete. Era una mesa larga y solemne, como todas en esas ocasiones. Allende presidía la reunión. Nos dice que quiere que asistamos porque cada uno de sus ministros expondrá sobre la tesis de extradición o de encarcelamiento en Chile. La ronda la comenzó Clodomiro Almeyda explicando las dificultades serias que planteaba la situación para las relaciones bilaterales con Argentina, y aun con el resto de los gobiernos vecinos como Bolivia y Brasil. A su posición se sumaron todos los ministros, unos veinte, con una tibia diferenciación de Tomic y una decidida defensa en favor de la libertad de los guerrilleros, la única, del secretario del Tesoro, Antonio Novoa Montreal. La comida ya había terminado y pensamos que las cartas estaban echadas. Tomó la palabra Allende, y dijo: ‘Chile no es un portaviones para que se lo use como base de operaciones. Chile es un país capitalista con un gobierno socialista y nuestra situación es realmente difícil’. Repitió, haciéndolos propios, todos los argumentos de sus ministros. Nosotros nos hundíamos cada vez más en las sillas. De pronto, Allende dijo: ‘La disyuntiva es entre devolverlos o dejarlos presos…’. Hubo un segundo de silencio que Allende rompió con un puñetazo sobre la mesa: ‘Pero éste es un gobierno socialista, mierda, así que esta noche se van para La Habana’”.
Duhalde continua el relato: “No podíamos creer lo que escuchábamos; corrimos a realizar las gestiones con Cuba para que volaran esa misma noche. Una vez tomada la decisión, Allende nos solicitó tres cosas: que consiguiéramos una declaración de Perón condenando la masacre de Trelew y a favor de la liberación; también una declaración de condena a la masacre de los partidos políticos argentinos y de la CGT. La tercera, que nos costó bastante conseguir, era que Vaca Narvaja se quitara el uniforme del Ejército argentino que aún tenía puesto. Cumplimos con todo. Ellos viajaron esa noche a Cuba, dejaron las armas y el uniforme que llevaba Vaca Narvaja para que fueran devueltos al gobierno argentino. Lo único que se llevaron fue una enorme llave, del penal de Rawson, que luego le regalaron a Fidel Castro. Esa fue la historia íntima de Trelew”, concluye Duhalde.
Esa es también la historia íntima de Salvador, el hombre de clavel rojo en el ojal.









