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Paso a la inmortalidad

A 53 años de su partida, el mundo sigue habitando la Tierra Media que imaginó Tolkien

Cada 2 de septiembre se recuerda el fallecimiento de J. R. R. Tolkien, el filólogo y escritor británico que, entre trincheras, idiomas inventados y una fe católica profunda, construyó una mitología propia que todavía interpela a lectores, académicos y cineastas de todo el mundo

Julieta RojasPorJulieta Rojas
2 de septiembre de 2026
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Foto de archivo de John Ronald Reuel Tolkien.

Foto de archivo de John Ronald Reuel Tolkien.

Este 2 de septiembre se cumple un nuevo aniversario de la muerte de John Ronald Reuel Tolkien, más conocido como J. R. R. Tolkien o, simplemente, JRRT, el escritor, poeta, filólogo y profesor universitario británico que falleció en 1973 y que, más de medio siglo después, continúa siendo una de las figuras más influyentes de la literatura del siglo XX. Autor de El hobbit, El Silmarillion y, sobre todo, de El Señor de los Anillos, su obra es considerada por buena parte de la crítica como el origen de la literatura fantástica moderna, con repercusiones que excedieron ampliamente el papel para instalarse en el cine, los videojuegos y la cultura popular en general.

Tolkien nació el 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, hoy capital judicial de Sudáfrica, donde su padre trabajaba en el negocio de las piedras preciosas. Con apenas tres años se mudó junto a su madre, Mabel, y su hermano menor a Inglaterra, huyendo del clima sudafricano; poco después, la muerte de su padre por una fiebre reumática dejó a la familia instalada de forma definitiva en los alrededores de Birmingham, en la campiña que tanto marcaría su imaginación literaria. La orfandad se repitió pocos años más tarde: cuando John tenía apenas doce años, su madre falleció por complicaciones derivadas de la diabetes que padecía, y él y su hermano quedaron al cuidado de un sacerdote católico, el padre Francis Xavier Morgan.

Fue precisamente Mabel quien, cuando su hijo tenía solo cuatro años, le enseñó las primeras nociones de latín, en una infancia marcada por una precocidad asombrosa: a esa misma edad ya sabía leer, y poco después escribía con soltura. Así, una fascinación temprana por la mitología y las lenguas lo llevaría, con los años, a estudiar griego, latín, francés, galés, gótico, finlandés, islandés y alemán antiguo, entre otros idiomas, y a inventar por su cuenta sonidos y lenguas propias mucho antes de convertirse en filólogo profesional.

Durante sus años en la King Edward’s School de Birmingham, fundó junto a un grupo de compañeros la llamada Tea Club and Barrovian Society, una pequeña hermandad que se reunía a tomar el té y a recitar tanto a los clásicos como sus propias composiciones. Fue también en esa etapa cuando descubrió el poema anglosajón Crist, del poeta Cynewulf, cuyos versos sobre Éarendel, el más brillante de los ángeles, enviado a los hombres sobre la «tierra media», inspiraron al primer personaje de lo que sería su universo literario: Eärendil el Marinero.

En 1916 Tolkien combatió como soldado británico en la batalla del Somme, durante la Primera Guerra Mundial, sirviendo como oficial de comunicaciones hasta que una enfermedad contraída en las trincheras obligó a repatriarlo a Inglaterra. Allí perdió a la mayoría de sus amigos más cercanos, una experiencia que, según coinciden distintos especialistas en su obra, explica en buena medida el tono elegíaco y el «sesgo de miedo y horror» que el propio autor consideraba necesario en toda novela que aspirara a parecerse, aunque fuera de manera remota, a la realidad.

Un hombre de fe, de guerra y de nostalgia

Ferviente católico en una Inglaterra de mayoría anglicana, donde su propia madre sufrió persecución por su fe, Tolkien nunca convirtió sus libros en textos apologéticos ni introdujo referencias religiosas explícitas. Sin embargo, esa espiritualidad vivida impregnó de manera implícita toda su obra y trazó algunos de los ejes que atraviesan su literatura: la defensa de la vida sencilla frente al industrialismo voraz, el pacifismo nacido de su experiencia en las trincheras, la elección de lo pequeño y lo humilde frente a lo poderoso, y una profunda desconfianza hacia el poder absoluto.

A esa historia de pérdidas tempranas se sumó, también, una historia de amor que atravesó toda su vida. A los dieciséis años conoció a Edith Mary Bratt, pero el padre Morgan, tutor del joven John, consideraba que la relación distraería sus estudios y llegó a prohibirle todo contacto con ella hasta que cumpliera los veintiún años. El mismo día en que alcanzó esa edad, Tolkien le escribió para declararle su amor; poco después se comprometieron y, en 1916, se casaron en Warwick. Edith murió en 1971, y Tolkien la siguió dos años más tarde. Ambos fueron enterrados juntos, y en su lápida compartida se grabaron los nombres de Beren y Lúthien, la pareja de un mortal y una doncella élfica cuya historia de amor eterno el propio Tolkien narró en El Silmarillion.

En una carta que le escribió a su hijo Christopher el 29 de noviembre de 1943, cuando este tenía 18 años y estaba a punto de embarcarse en la Royal Air Force para combatir en la Segunda Guerra Mundial, Tolkien confesó que sus opiniones políticas se inclinaban cada vez más hacia el anarquismo entendido en sentido filosófico, es decir, como la abolición del control, y no como la imagen de «hombres barbados armados de bombas». En esa misma correspondencia, recopilada por Humphrey Carpenter en el volumen Cartas de J. R. R. Tolkien, sostenía que gobernar a otros hombres era la tarea más impropia que existía, y que apenas uno en un millón resultaba adecuado para semejante empresa.

Esa desconfianza hacia el poder no quedó únicamente en su correspondencia privada: se convirtió en uno de los grandes temas de El Señor de los Anillos. El Anillo Único, capaz de corromper incluso a quien pretendiera usarlo con los fines más nobles, funciona como metáfora de esa idea que Tolkien enunciaba ya en 1945, al advertir que buscar la manera de vencer a un tirano con sus mismas armas solo terminaba engendrando nuevos tiranos. La trama de la novela, señalan los estudiosos, no persigue arrebatarle el poder a quien lo detenta para dárselo a los que no lo tienen, sino algo más radical: la búsqueda del «no poder» o del antipoder.

La Comarca, un ideal de vida sencilla

Ese ideario se materializa geográficamente en la Comarca, el territorio de los hobbits que Tolkien concibió como el único rincón de la Tierra Media sin gobernantes ni siervos. Allí existe la propiedad privada, pero repartida en pequeñas granjas, y la organización social se apoya en familias y clanes, en una suerte de comunidad autogestionada que remite tanto al principio de subsidiariedad del pensamiento social cristiano como a cierto socialismo utópico decimonónico. Frente a ese paisaje rural idealizado, que el autor añoraba de su propia infancia en la campiña inglesa, se erige el mundo gris y devastado de Isengard y Mordor, expresión literaria del capitalismo industrial que Tolkien detestaba.

Esa misma tensión ha sido leída también desde una perspectiva ecológica. Distintos análisis académicos destacan que, a diferencia de buena parte de la fantasía épica posterior, en El Señor de los Anillos la naturaleza no es un simple decorado: los árboles, los ríos, las montañas y hasta las aguas tienen alma propia y participan activamente en la trama, al punto de que los Ents, los pastores del bosque, se levantan contra Saruman para frenar la deforestación que este promueve. La Comarca, en ese sentido, funciona como un modelo de comunidad sostenible, donde no hay explotación industrial ni acumulación de capital, y donde los hobbits caminan descalzos como signo de un apego genuino a la tierra.

Los idiomas como punto de partida de la subcreación

Filólogo de formación y profesor en Oxford, Tolkien no construyó primero las historias y luego los idiomas de sus personajes: el proceso fue, en gran medida, el inverso. Antes que narrador, fue un creador de lenguas, y esa pasión lingüística, nutrida por sus estudios del finés, el galés y el anglosajón, dio origen al quenya y al sindarin, las lenguas de los elfos, a la lengua de los Rohirrim y al khuzdul, el idioma de los enanos. Sobre esa base construyó lo que él mismo denominó «subcreación»: un mundo secundario coherente y verosímil, edificado a partir de analogías con el mundo real y con los idiomas entendidos como vehículos de culturas y tradiciones enteras.

A esa arquitectura lingüística se sumó su fascinación por la mitología nórdica, las sagas islandesas y germánicas, las leyendas artúricas y la épica antigua, un cúmulo de influencias que, lejos de diluir su originalidad, terminó por darle a la Tierra Media una densidad histórica y cosmogónica excepcional, comparable en ambición a lo que hoy se llamaría una «gran historia» del universo ficticio, con el origen de las razas, las guerras y el destino del mundo perfectamente entrelazados.

De lexicógrafo a padre de la Tierra Media

Terminada la guerra, Tolkien trabajó como lexicógrafo asistente en la redacción de la primera edición del Oxford English Dictionary, antes de convertirse en profesor de Lengua Inglesa en la Universidad de Leeds y, más tarde, en catedrático de Anglosajón en Oxford. Fue en ese ambiente académico donde comenzó a escribir El hobbit, originalmente pensado como un cuento para leerles a sus propios hijos antes de dormir. El manuscrito, abandonado a medio terminar, llegó por casualidad a manos de una editorial gracias a una antigua alumna suya, y se publicó en 1937 con un éxito inmediato que llevó al editor a pedirle una continuación centrada en los hobbits.

Tolkien había ofrecido primero los relatos de la vasta mitología que llevaba décadas construyendo, la que más tarde se compilaría como El Silmarillion, pero el editor insistió en una historia más cercana a la de El hobbit. De esa demanda surgió, en 1954, El Señor de los Anillos, la saga que combinó las aventuras de los hobbits con la épica de fondo de la Tierra Media y que se convirtió en un fenómeno editorial sin precedentes, al punto de que admiradores llegaban a golpear la puerta de su casa a cualquier hora para consultarle detalles de su mitología.

Una obra que resistió las etiquetas

Desde su publicación, El Señor de los Anillos desconcertó a la crítica literaria por su dificultad para encajar en clasificaciones previas. El escritor C. S. Lewis, amigo personal de Tolkien y lector privilegiado de la obra a lo largo de su redacción, la definió en 1954 como «un relámpago en un cielo claro», tan distinta e imprevisible para su época como lo había sido en su momento Songs of Innocence, de William Blake. Lewis llegó a afirmar que el libro poseía la capacidad de transformar a quien lo leía, y que pronto ocuparía un lugar entre las obras indispensables de la literatura.

Ese desconcierto inicial, señalan quienes han estudiado en profundidad la poética tolkieniana, tiene su origen en la libertad creativa con la que el autor optó por una dicción arcaizante y solemne, propia del tono de la gesta épica, para narrar una historia profundamente moderna. Pese a su ambientación medieval, sus espadas y sus criaturas fantásticas, la obra no puede reducirse a una simple recuperación de motivos preexistentes: expresa una nostalgia y un sentido de la realidad que, según sus estudiosos, solo podían plasmarse a través de ese lenguaje mítico y esa distancia temporal.

El propio Tolkien defendió siempre que los cuentos de hadas encierran su propio modo de reflejar la verdad, distinto de la alegoría o del realismo, pero no por eso menos poderoso, y que su obra, lejos de constituir una simple evasión, buscaba iluminar situaciones y valores propios de la condición humana de todos los tiempos.

Una vigencia que atraviesa generaciones

Más de cinco décadas después de su muerte, la obra de Tolkien sigue generando nuevas lecturas. Desde aproximaciones filológicas y narratológicas hasta interpretaciones ecocríticas, políticas y filosóficas que actualizan permanentemente el sentido de sus libros. La masificación que trajeron las adaptaciones cinematográficas de Peter Jackson multiplicó el número de lectores, pero también corrió el riesgo de velar, tras el brillo del fenómeno de masas, el verdadero valor literario de una obra que sus especialistas insisten en reivindicar como una creación artística de primer orden.

Tolkien murió el 2 de septiembre de 1973, a los 81 años, a causa de una neumonía contraída durante el tratamiento de una úlcera gástrica que padecía. En definitiva, la vida de Tolkien, marcada por la orfandad, la guerra, la fe y una erudición lingüística poco común. Y su obra, atravesada por la nostalgia de un mundo rural en extinción, la desconfianza hacia el poder y una mitología de la naturaleza construida con una coherencia asombrosa, siguen dialogando con las inquietudes del presente. Por eso, cada aniversario de su muerte no hace más que confirmar aquello que ya intuía C. S. Lewis: que se trata de una obra capaz de romper el corazón de sus lectores, y de no dejarlos ser exactamente los mismos después de haberla leído.

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