«¡Oíd, mortales, el grito sagrado: Libertad, libertad, libertad!». Cada vez que esas palabras resuenan en un estadio repleto, o en un acto patrio se activa un dispositivo simbólico construido con paciencia y conflicto a lo largo de más de dos siglos. El Himno Nacional Argentino cumple años, y su historia es tan fascinante como la nación que representa.
Todo comenzó en 1813, cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata hervían bajo el gobierno del Segundo Triunvirato. La Asamblea General Constituyente, convocada con el ambicioso propósito de dictar una Constitución para el nuevo Estado, no logró ese objetivo, pero sí encargó la creación de los primeros símbolos de la patria naciente. Entre ellos, una marcha que llevara en música el espíritu de la revolución.
Dos hombres, una canción
El encargo recayó sobre dos figuras que, de modos muy distintos, encarnarían la tensión entre lo local y lo global que atravesaría para siempre a la Argentina. Vicente López y Planes, abogado porteño formado en instituciones jesuitas, capitán de los Patricios durante las Invasiones Inglesas y participante del Cabildo abierto del 25 de mayo de 1810, fue el elegido para escribir la letra.

Era un hombre de letras comprometido con la causa: sus poemas sobre la patria naciente ya circulaban entre las élites revolucionarias. Sin embargo, el propio López sería uno de sus críticos más duros décadas más tarde.
La música quedó en manos de Blas Parera, un músico nacido en Murcia en 1776 que había recalado en Buenos Aires en 1797. Organista de la Catedral Metropolitana, director de orquesta del Coliseo Provisional de Comedias, violinista y clavecinista, Parera era en ese Buenos Aires virreinal lo más parecido a un músico profesional de primer nivel. Ya había compuesto melodías patrióticas en honor a la Revolución de Mayo; la Asamblea lo conocía y confiaba en él.
Una cronología esencial
- 1813 La Asamblea encarga la Marcha Patriótica a López y Planes (letra) y Blas Parera (música). Primera ejecución pública el 25 de mayo.
- 1847 El texto recibe oficialmente el nombre de Himno Nacional Argentino.
- 1860 Juan Pedro Esnaola reelabora la partitura original, extraviada, y su versión se convierte en la oficial.
- 1900 El presidente Julio A. Roca ordena suprimir las estrofas hirientes para España. Solo quedan la primera, la última y el estribillo.
- 1927 El presidente Marcelo T. de Alvear decreta una versión musical unificada. La medida desata una polémica nacional con enfrentamientos callejeros.
El estreno y la leyenda
El estreno tuvo un carácter casi legendario. Según la tradición histórica, la canción fue interpretada por primera vez en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson, figura emblemática de la elite revolucionaria porteña. Días más tarde, el 25 de mayo de 1813, se realizó la primera ejecución pública en el antiguo Teatro de Comedias, con coro y orquesta dirigidos por el propio Parera.

Juan Bautista Alberdi, un político destacado, escribió sobre Mariquita: “Fue la personalidad más importante de la sociedad de Buenos Aires, sin la cual es imposible explicar el desarrollo de su cultura y buen gusto».
Mariquita Sánchez no solo fue una anfitriona destacada de la elite porteña ni la mujer asociada a la primera interpretación del Himno Nacional. En una sociedad donde las mujeres de su clase debían limitarse al ámbito doméstico, su figura rompió moldes.
Las tertulias que organizaba reunían a militares, escritores, diplomáticos y dirigentes políticos en tiempos atravesados por la Revolución y las guerras de independencia. Allí no solo se escuchaba música o se compartían lecturas: se discutía sobre política, ideas liberales, el futuro de la patria y el rol de la sociedad. Mariquita participaba activamente de esas conversaciones, opinaba, cuestionaba y exponía sus posiciones en igualdad con los hombres, algo que generaba admiración entre algunos sectores, pero también fuertes críticas dentro de la aristocracia porteña más conservadora.
Su presencia resultaba polémica porque desafiaba el modelo femenino impuesto por la elite colonial. Mientras muchas mujeres eran educadas para el silencio, el matrimonio conveniente y la obediencia, Mariquita defendía su autonomía personal e intelectual.
Incluso la tradición que la ubica interpretando por primera vez el Himno Nacional Argentino tiene una carga simbólica poderosa: una mujer encabezando, desde un salón privado, una expresión patriótica en tiempos donde la vida pública estaba reservada casi exclusivamente a los hombres. Más allá de las discusiones historiográficas sobre si realmente cantó aquella Marcha Patriótica en 1813, la escena terminó convirtiéndose en un emblema de su figura y del lugar que ocupó en la construcción cultural y política del país naciente.
Otro capítulo decisivo ocurrió en 1927, cuando el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear intentó establecer una versión musical definitiva. La decisión provocó fuertes controversias entre músicos, intelectuales y sectores políticos, en parte porque durante décadas habían coexistido múltiples arreglos e interpretaciones. La discusión fue tan intensa que derivó en debates públicos y enfrentamientos callejeros, reflejando hasta qué punto el himno era percibido como un símbolo intocable.
La versión actual se basa en la reelaboración realizada por Juan Pedro Esnaola, quien reconstruyó y adaptó la partitura original tras la pérdida de los manuscritos iniciales. Su trabajo terminó moldeando la forma en que el himno llegó hasta el presente.
Dieciocho estrofas
El texto original era cualquier cosa menos discreto. Dieciocho estrofas desbordantes de épica marcial, referencias mitológicas clásicas entrelazadas con imágenes del mundo inca, y una retórica incendiaria contra el «vil invasor» español que resultaba coherente en el calor revolucionario de 1813, pero que se volvió un problema diplomático a medida que la Argentina del siglo XIX comenzó a recibir oleadas masivas de inmigrantes europeos, muchos de ellos españoles.
En 1900, el presidente Julio Argentino Roca resolvió el conflicto con una cirugía de texto: firmó un decreto que suprimía todas las estrofas que pudieran herir los sentimientos de los ciudadanos españoles residentes en el país. Quedaron la primera estrofa, la última y el estribillo. El himno perdió musculatura bélica, pero ganó en universalidad y duración práctica.
Curiosamente, el propio López y Planes había llegado a conclusiones similares décadas antes. En una carta enviada a su hijo en 1847, el autor confesó sin eufemismos su insatisfacción con la obra: reconoció que algunas de sus estrofas carecían de la nobleza y la coherencia que el texto merecía, y que había «tratado de salir del paso» adoptando frases de composiciones ajenas. Llegó a plantear la posibilidad de presentar una versión reformada a la Legislatura. La propuesta nunca prosperó: el himno ya era demasiado sagrado para ser tocado por su propio creador.
Por qué el himno sigue siendo único
La pregunta que subyace a toda esta historia es por qué el Himno Nacional Argentino conserva una capacidad de movilización que otros símbolos patrios no logran igualar. La respuesta tiene varios hilos. El primero es musical: la combinación de una introducción de piano dramática, una estructura que alterna momentos de tensión con resoluciones emotivas, y un estribillo que invita a la participación coral, lo convierte en una pieza extraordinariamente efectiva desde el punto de vista performativo.
El segundo hilo es histórico-político: el himno nació en un momento de fundación genuina, cuando todo estaba en juego, y esa energía original quedó cristalizada en sus notas. El tercer hilo, quizás el más poderoso, es el de la repetición ritual: generaciones de argentinos aprendieron el himno en la escuela pública, en la formación de cada jornada escolar, como umbral que separaba el mundo cotidiano de la identidad común construida alrededor de un ideal compartido.
En el siglo XXI, lejos de perder vigencia, el himno continúa resignificándose. Suena en versiones de rock, folclore y música urbana; aparece en redes sociales y eventos deportivos; y reaparece cada vez que el país atraviesa momentos de crisis o celebración colectiva. Allí reside parte de su singularidad: el Himno Nacional Argentino no permanece inmóvil en el pasado, sino que sigue funcionando como una herramienta viva de identidad y pertenencia.
El himno no es la expresión musical de una nación que ya existía: es uno de los instrumentos con que esa nación fue construida, y sigue siendo uno de los pocos dispositivos simbólicos del período revolucionario que sobrevivió intacto, o casi intacto, hasta el presente. Eso, en un país con la historia de Argentina, no es poca cosa. Es, quizás, el mayor logro de Vicente López y Planes y Blas Parera: haber creado algo más grande que ellos mismos, algo que el tiempo no pudo silenciar.
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