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Humanismo

En defensa de la alta cultura

Actualmente, esta tensión entre “alta” y “baja” cultura tiende a diluirse, pero por una mala razón: la erosión de las formas y los fondos.

José E. Ortega y Santiago Espósito Por José E. Ortega y Santiago Espósito
14 de septiembre de 2025
En defensa de la alta cultura

Hace ya un tiempo que hemos comenzado a advertir el impacto y las consecuencias de haber eliminado las barreras entre “alta” y “baja” cultura, distinción que, no sin cierta razón, se asoció a un elitismo excluyente.

La “pasteurización” cultural ha borrado incluso lo que antes se consideraba «cultura popular», hoy absorbida por la “cultura de masas”: concepto indeterminado, aunque omnipresente. Por ejemplo, ciertas noticias que ahondan en asuntos personales -que hasta no hace mucho eran mercadería de consumo exclusivo en suburbios comunicacionales específicos, como los amores y desamores de figuras mediáticas o “celebrities”- hoy ocupan la centralidad informativa.

La prescindencia de distinciones entre “alta” y “baja” cultura es, ciertamente, rudimentaria.

La escritora y filósofa norteamericana Susan Sontag argumentó durante lustros que mantener esa distinción era reaccionario, ya que preservaba el moralismo propio de la “alta” cultura. Afirmaba que, si bien existen jerarquías -ponía el ejemplo de preferir a Dostoievski antes que a The Doors-, surgía la siguiente pregunta: ¿es necesario elegir?

Actualmente, esta tensión entre “alta” y “baja” cultura tiende a diluirse, pero por una mala razón: la erosión de las formas y los fondos.

Es en el ámbito académico donde se advierten los mayores riesgos, ya que, en nombre de democratizar la educación e impulsar la igualdad social, se ha producido una nivelación hacia abajo y se prioriza la utilidad. Se estudia lo que es «útil», lo que facilitaría conseguir un trabajo y ganar dinero. Se estimula la adquisición de conocimiento como medio, dejando de ser un fin en sí mismo. Los estudiantes se ven forzados a elegir entre diversas carreras, con una estricta departamentalización en ciencias desde el inicio, a menudo ingresando a la universidad con deficiencias tanto en el procesamiento de conocimientos como en el “corpus” indispensable para afrontar exitosamente la cotidianeidad en el aula, carencias que, al pronunciarse los sesgos, serán casi imposibles de corregir.

La educación superior no apuesta por sistemas de créditos que permitan una manera más original y expansiva de relacionar la experiencia académica con la acreditación de saberes e indagación cultural, agravando la situación mediante una especialización obligatoria y excesiva que genera un nuevo tipo de analfabetismo.

Explicamos: se domina una materia, pero se desconoce el resto. Es la paradoja de la universidad actual: la formación de graduados o posgraduados tan eruditos como ignorantes. Formamos campeones en macro o microeconomía que no saben quién fue Hilario Ascasubi, dónde queda Micronesia, qué es el entorno ambiental o cuándo una oración es exclamativa.

Nuccio Ordine, profesor y escritor italiano, en su libro La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2023), advirtió sobre la transformación de las universidades en empresas orientadas a la rentabilidad. La reducción del financiamiento público y la dependencia de criterios externos a lo académico están deteriorando la calidad de la enseñanza universitaria en el mundo, acercándola a la educación secundaria. Esto implica cambios radicales en la función de los profesores y en la calidad de la enseñanza. Obligados a generar graduados que encajen en el mercado laboral, se prioriza lo cuantitativo y se flexibilizan los criterios educativos y culturales.

La relación entre alumno y profesor se vuelve “clientelar”, lejos de lo más esencial de las humanidades: formar espíritus. De nuevo, nos enfrentamos a la paradoja de que el horizonte personal quede circunscripto por lo profesional, confinando este campo a la estricta especialidad y ésta -insistimos- a un puñado de herramientas presuntamente aptas para competir en el mercado.

En este contexto, las humanidades llevan la peor parte al carecer de utilidad inmediata. Y el humanismo no es otra cosa que regresar a los clásicos, visitarlos, habitarlos, interpretarlos, tal como lo hizo Michel de Montaigne hace cuatro siglos en pleno Renacimiento. Las numerosas citas de clásicos que nutren los Ensayos del recordado y entrañable francés son, a su vez, retomadas por otros escritores a lo largo del tiempo, en un diálogo constante que perdura a través de las generaciones.

De esos libros, como también de las ideas representadas en obras de arte y poesía, se alimenta la “alta” cultura y se torna posible que ésta nutra a toda la sociedad. En obras como las de Ordine (también recomendamos Clásicos para la vida, Acantilado, 2023) o Con la vida por detrás de Antoine Compagnon (Acantilado, 2025) recordamos que el genuino saber es, básicamente, un refugio.

En el contexto actual, lo verdaderamente disruptivo es defender con firmeza la “alta” cultura, en la que quizá entrarían Jim Morrison y su legado si Sontag tuviera que ejercer la opción en 2025. Pero la homogeneización de aquella con formas menos elevadas es ampliamente promovida no solo por la industria y el mercado, sino por todo el sistema social e institucional, en un despliegue y alarde de pobreza intelectual.

¿Es posible reivindicar el concepto de “alta” cultura? Probablemente sí, aunque despojándola de un calificativo que resulta incómodo y pretencioso. ¿Cómo? Regresando al humanismo.

Volvemos a Montaigne, cuando en sus capítulos sobre educación, oponía la «cabeza bien hecha» a la «cabeza bien llena». La “baja” cultura puede entretener, quizá motivar, pero al unirse no construye la cúpula con la que Filippo Brunelleschi coronó el duomo de Florencia, sino -y con mucha suerte- algún festival ideológico-partidario con entrada paga, animado por personajes de ínfulas pesadas y aires pseudoacadémicos que… ni vale la pena mencionar.

 

Temas: análisisJosé Emilio OrtegaPerspectivaSantiago Espósito
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