Sucedió hace un par de semanas, pocos días antes del inicio de semana santa. Mi primera reacción fue indignarme.
Acababa de escuchar la noticia de que nuestro país, junto a otros dos (Estados Unidos e Israel), había votado en contra de la resolución de Naciones Unidas, que proponía declarar la trata trasatlántica de esclavos como el crimen más grave contra la humanidad.
¿Será que pensaron que hubo otros crímenes peores que secuestrar doce millones de personas y someterlas a esclavitud desde el s. XVI al s. XIX? ¿Habrán considerado que fue peor el exterminio de los pueblos originarios por enfermedad y asesinato, y por eso era discutible caracterizar como “más grave” a la esclavitud? ¿Será que tuvieron un debate conceptual sobre la medida de la gravedad en comparación con otras aberraciones como los genocidios del s. XX (los exterminios continuados de poblaciones aborígenes a manos de los estados nacionales, el de Filipinas, el armenio, la shoah y el romaní, el tutsi, el de Srebenica, y otros menos conocidos)? ¿Habrán pensado que los crímenes políticos son más graves y numerosos en la historia?
Creo que esas hipótesis solo conducen al autoengaño.
Los beneficiarios de siempre
Debo agregar que mi indignación creció, al leer que 52 países, incluido el Reino Unido y los estados miembros de la Unión Europea, se abstuvieron.
Es decir, aquellos países que dieron origen a ese mercado (que, aunque tenía antecedentes, nunca antes había alcanzado esa estructura comercial), usufructuaron de la sangre de esas personas, crearon una masa ingente de riqueza por explotación y luego multiplicaron ese capital, hasta lograr ganancias cuyos efectos llegan hasta nuestros días (la casa real belga vale como ejemplo espantoso, como nos recuerda Joseph Conrad).
Son precisamente esos países los que históricamente se autoproclamaron herederos de las mejores instituciones de reconocimiento de la dignidad humana, y que, además, se autoperciben garantes morales de ese valor.
Cualquier persona que vea las cifras, los nombres de los navíos y sus fechas de embarque y destino, y la cantidad de seres humanos convertidos en mercancía, no puede menos que sentir un frío por la espalda. Un gran sitio para estudiarlo es www.slavevogages.org, ya que ofrece una lista exhaustiva de los barcos, destinos, cantidades de personas esclavizadas, así como también las personas compradas según puertos, imágenes de los libros de contabilidad, etc.
Más allá de horrorizarnos, es preciso identificar algo más perverso: la normalización de la barbarie y su posterior olvido.
Porque que mi país haya negado aceptar esa declaración no implica sólo un sometimiento a poderes y países que algunos consideran necesario apoyar. Es también parte de un racismo estructural y modelos de discriminación tan profundos que parecen naturales (basta leer al pie de las noticias de los diarios online los comentarios sobre negros, indios y villeros cuando se busca denigrar a alguien).
Sucede que, para que esa barbarie sucediera, no era suficiente la conjunción de estados y capitales, de fuerzas económicas, políticas y religiosas, de esclavistas, productores y comerciantes, etc. También hubo – y hay – una masa global de quienes se benefician de bienes producidos por ese trabajo esclavo a precios económicos, y de ese modo estuvieron dispuestos a normalizar la barbarie.
La pascua y la liberación
La votación de Naciones Unidas se dio un par de días antes del Domingo de Ramos, el inicio de la Semana Santa que concluye en Pascua. Obviamente, no es algo que deba ser universalmente significativo en nuestra era secular, donde no son para nada obligatorios los compromisos simbólicos y ni siquiera el conocimiento mismo de su sentido.
Pero vale recordar que el origen primero de esa celebración es la memoria de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto; de una situación de segregación, esclavización, explotación y enajenación.
Y que, mediada por la interpretación del mensaje y acontecimientos de la vida de “un judío marginal”, Jesús de Nazareth, ese mensaje de liberación de cualquier opresión o segregación del hombre creada por el hombre se convirtió en mensaje universal.
América Latina tuvo notables tradiciones intelectuales, pero también prácticas políticas y sociales, que se referenciaron esa larga historia. La mención de los filósofos y filósofas, teólogos y teólogas de la liberación parece una referencia obligada y justa.
Pero no puede quedarse ahí.
La mirada hacia atrás nos permite revisar y valorar los movimientos emancipatorios de pueblos originarios, los “quilombos” de afrodescendientes en Brasil, los textos escritos por nativos y también por inmigrantes sensibles frente a la explotación. No era infrecuente encontrar en sus reclamos referencias a aquella historia (también en sus expresiones estéticas, como los orígenes del candombe y el blues).
También la mirada sobre el presente permite actualizar la atención a quienes viven en condiciones de explotación, en nuevos modelos de indignidad, quienes son castigados cruelmente por la defensa de sus ecosistemas, quienes sufren por razón de sexo o género, o quienes quedan al margen de un sistema que, sin embargo, se nutre de ellos.
Precisamente como aquel crimen que no quisieron reconocer.









