Hubo un tiempo en que nos prometieron que esta iba a ser la mejor generación de la historia. La más tolerante, la más consciente de la salud mental, la más abierta a la diversidad, la primera en crecer con acceso ilimitado al conocimiento y con una sensibilidad capaz de corregir los errores de sus padres. Si uno quisiera buscar el retrato audiovisual de esa promesa incumplida, probablemente no encontraría un mejor candidato que Euphoria.
La serie, disponible en HBO, nunca pretendió ser un documental. Es ficción, y una estilizada hasta el extremo. La contradicción empieza por el casting. La generación que vino a cuestionar los estándares tradicionales de belleza es representada con actores que parecen salidos de una producción de Cris Morena. Al parecer, la diversidad también tiene casting. Pero más allá de la ironía, el impacto cultural de Euphoria excede cualquier análisis televisivo. Para millones de adolescentes ha llegado a convertirse en un espejo.
Euphoria es, según leo en la crítica, una joya visual. La fotografía es extraordinaria, dicen, y la estética, revolucionaria. Yo debo de ser un ignorante ya que nunca entendí cómo un buen uso de la luz y del maquillaje alcanza para convertir un culebrón adolescente en una obra maestra.
Pero vayamos a la serie, para quienes tuvieron la suerte de no verla. Lo que desfila en el televisor es una procesión de adolescentes permanentemente al borde del colapso. Unos viven anestesiados por las drogas y otros por la necesidad compulsiva de exhibirse en las redes sociales. El sexo es una forma nueva de espectáculo, atravesado siempre por la violencia y la humillación. La depresión aparece como el estado natural de esa generación.
En Euphoria casi nadie estudia, casi nadie trabaja, casi nadie tiene proyectos, casi nadie encuentra sentido fuera del placer inmediato o del sufrimiento permanente. Los adultos son, en el mejor de los casos, espectadores impotentes; en el peor, cómplices y estúpidos. La familia aparece como una institución agotada y la esperanza apenas sobrevive unos minutos antes de ser aplastada por una nueva recaída.
Si realmente aceptáramos que Euphoria representa a los jóvenes de hoy, tendríamos que admitir un fracaso cultural de enormes proporciones. Significaría creer que la generación con más oportunidades de la historia terminó reducida a un catálogo de adicciones y crisis existenciales insoportables.
Por suerte, la realidad es mucho más rica que cualquier serie de HBO. La inmensa mayoría de los jóvenes estudia, trabaja, emprende, forma familias, hace deporte, tiene amigos, se equivoca y vuelve a empezar.
Quizás dentro de unos años Euphoria sea recordada por su fotografía, por la actuación de Zendaya y por la representación sin filtros del sexo y las drogas. Pero también como el emblema de una cultura que terminó confundiendo traumas con identidad y que exhibió el sufrimiento como una especie de superioridad moral y a la estabilidad, en el fondo, como muestra de una vida poco interesante.
A la generación que iba a cambiar el mundo se la convenció de que vivir intensamente consistía, sobre todo, en padecer intensamente. Tal vez, el verdadero acto de rebeldía, después de Euphoria, sea llevar una vida con algún tipo de sentido.









