Cada 12 de mayo, el mundo recuerda a quienes cuidan. La fecha no es casual: coincide con el nacimiento de Florence Nightingale, la mujer que a mediados del siglo XIX transformó la asistencia sanitaria en los campos de batalla de Crimea y sentó las bases de lo que hoy conocemos como enfermería moderna.
Una profesión milenaria
El cuidado del otro es tan antiguo como la humanidad misma. Las primeras referencias estructuradas de asistencia organizada se remontan al siglo X, cuando se utilizaban hamacas para trasladar heridos, y al siglo XI, cuando órdenes religiosas como la de San Juan de Jerusalén brindaban socorro durante las cruzadas. Fue en los campos de batalla de los siglos XVIII y XIX donde la necesidad imperiosa de atención rápida y eficaz comenzó a delinear lo que hoy llamamos enfermería de emergencia.

Durante siglos, sin embargo, esta labor quedó sepultada bajo el peso del modelo biomédico. Desde el surgimiento de la clínica moderna, las instituciones hospitalarias centraron su mirada en la patología, reduciendo al paciente a un objeto de estudio y relegando al personal de enfermería a tareas mecánicas, subordinadas a la racionalidad técnica del médico. Ese saber ancestral del cuidado fue invisibilizado sistemáticamente.
El punto de inflexión llegó con la incorporación de los estudios de enfermería a la universidad. En América Latina, ese proceso comenzó en la década de 1930, con el desarrollo de licenciaturas alrededor de los años 60 y programas de posgrado desde los 80. Hoy, Brasil, Colombia, Chile, México y Argentina cuentan con doctorados en la disciplina. La enfermería dejó de ser una actividad subordinada para convertirse en una ciencia que genera y valida su propio conocimiento a través de la investigación, con autonomía, responsabilidades y un campo disciplinar propio.
Los múltiples rostros de la enfermería
Hablar de enfermería en singular es, hoy, una simplificación. El espectro de acción es amplio y especializado. Están quienes trabajan en emergencias y atención prehospitalaria, tomando decisiones críticas en ambulancias y salas de triaje. Están quienes se desempeñan en gestión y liderazgo de servicios de salud, administrando recursos humanos y materiales. Están quienes investigan y forman a las nuevas generaciones. Y están quienes se especializan en áreas clínicas como pediatría, obstetricia, salud mental o cuidado del adulto mayor.
Cada uno de estos roles exige formación rigurosa, actualización permanente y una cuota significativa de compromiso con el otro. Esa disposición es, precisamente, lo que hace que resulte fundamental que personas elijan dedicar su vida profesional a esta disciplina. Sin ellas, no hay sistema sanitario posible.
La deuda que no cierra
Pero la realidad laboral de quienes cuidan dista mucho de estar a la altura de su importancia. El proceso de precarización del trabajo de enfermería se ha profundizado en las últimas décadas: salarios bajos, multiplicidad de empleos para subsistir, jornadas extenuantes y déficit de cobertura social configuran un escenario alarmante.
Las consecuencias de esa precarización no son abstractas. Investigaciones realizadas en distintos países de la región documentan niveles elevados de estrés, agotamiento físico y mental, insomnio, trastornos alimentarios, cefaleas intensas y dolores musculares crónicos entre el personal de enfermería.

En Ecuador, un estudio realizado en el área de emergencias del Hospital Básico de Esmeraldas identificó que el 83% de las enfermeras señalaba la sobrecarga laboral como el principal factor estresante, seguida por el agotamiento y el espacio físico insuficiente. En Cuenca, el 88% de las enfermeras evaluadas presentaba estrés moderado. En Guayaquil, el 82% reportó dolor y tensión muscular en cuello y espalda.
Ese desgaste no afecta solo a quienes lo padecen: repercute directamente en la calidad del cuidado. Cuando el profesional está agotado, el cuidado se mecaniza. La empatía se retira. La comunicación con el paciente y su familia se reduce. Lo que debería ser una relación terapéutica se convierte en una sucesión de procedimientos técnicos. El paciente lo percibe y lo resiente.
Un estudio publicado en la Revista Latino-Americana de Enfermagem constató que los trabajadores sometidos a situaciones de alta exigencia laboral, es decir, alta demanda psicológica combinada con escaso control sobre sus propias tareas, tienen el doble de probabilidades de ver reducida su capacidad funcional. Esa reducción no solo afecta al trabajador: impacta en la seguridad y el pronóstico de quienes están bajo su cuidado.
Reconocimientos pendientes
A las condiciones laborales adversas se suma una deuda más antigua: la del reconocimiento social. La hegemonía del modelo biomédico durante décadas no solo subordinó a la enfermería institucionalmente, sino que contribuyó a hacerla invisible ante la sociedad. La labor del enfermero siguió siendo percibida como accesoria, auxiliar, cuando en realidad es el eje sobre el que descansa el cuidado.
A eso se suman otras barreras: la debilidad política del colectivo como actor social, la escasa visibilidad internacional de la producción científica latinoamericana en enfermería, en parte por barreras idiomáticas, y la persistencia, entre los propios profesionales, de la creencia de que investigar «es tarea de otros».
Sin una imagen pública fortalecida, sin alianzas sólidas con otros actores del sistema de salud y sin presencia efectiva en los espacios de toma de decisiones políticas, el valor de la enfermería seguirá siendo subestimado. Y sin profesionales suficientes, bien formados y dignamente remunerados, los objetivos de salud globales no pasarán de ser retórica.
Este 12 de mayo no alcanza con el reconocimiento simbólico. Lo que la enfermería reclama, y merece, es acción política concreta: mejores condiciones laborales, mayor autonomía profesional y el lugar que le corresponde en el centro del sistema de salud. No en sus márgenes.









