En este espacio que junto a Hoy Día Córdoba habilitamos para escuchar a los y las adolescentes, para luego debatir como adultos, compartimos este texto que escribió una joven de 16 años, en el cual describe con absoluta claridad su dolorosa experiencia de bullying en el entorno escolar y la falta de empatía que percibe en los adultos:
“Apagá el celular y listo”. Es la frase de manual de cualquier adulto cuando intentamos explicar que el aire está pesado. No entienden que para mi generación no hay frontera entre “la vida” y “el celular”. Si en el colegio te excluyen y en las redes te bardean, no hay lugar seguro. Tu identidad está ahí; saber que hablan de vos en un grupo al que no pertenecés genera una ansiedad que no se cura con un consejo barato.
Ser adolescente hoy es vivir bajo una lupa 24/7. Es construir una marca personal donde cualquier error queda registrado para siempre. Es caminar por la cuerda floja intentando encontrarte mientras el resto te dice quién tenés que ser para encajar. La autenticidad hoy se paga caro.
Aprendí a ponerme una armadura. Si te mostrás sensible, “les das de comer”. Entonces fingís; te reís de lo que no te hace gracia y sos de piedra para que no te pasen por arriba. Por fuera parezco resuelta, pero por dentro estoy agotada de estar alerta, viendo quién me dejó de seguir.
Lo más doloroso es la permanencia. Cuando busqué aire cambiándome de colegio, el veneno viajó más rápido que yo: las de mi escuela anterior ya habían hablado con las del nuevo para ensuciarme. Te quitan el derecho a empezar de cero. Te sentís marcada por una reputación que otros inventaron y que los adultos minimizan como “cosas de la edad”.
Hay un silencio que rompe más que un grito: el de los «amigos» que miran a otro lado por supervivencia. «Mientras no sea yo, no me meto», piensan. Es una traición difícil de perdonar. Los adultos llegan tarde; ven la superficie y no el barro. Cuando hablás, te encontrás con directivos que no oyen o te juzgan por el estereotipo de “chica que tiene todo”, como si eso te quitara el derecho a sentir que te quedás sin oxígeno.
Viajar al exterior fue salir de esa “pecera de agua podrida”. Lejos de las etiquetas, descubrí que yo no soy el problema. Conecté con gente que me valoró por mis charlas y sentimientos. El mundo es enorme, pero esa apertura hace que ahora me cueste encajar en los dramas chiquitos de siempre.
Ojalá entendieran que escuchar es meterse en nuestro barro y no querer limpiarlo rápido. No nos comparen con su época. Detrás de cada chica «resuelta» hay una historia de dolor. Hoy sé que mi valor no depende de un chat, pero sigo esperando un espacio donde ser vulnerable no signifique que me peguen una etiqueta en la frente antes de terminar la frase.









