Las sociedades que sufrimos el Terrorismo de Estado y experiencias colectivas traumáticas bien lo sabemos (o lo deberíamos saber). Las consecuencias se pagan durante mucho tiempo y quedan marcadas en la cultura, en los vínculos y en las subjetividades. ¡Pobres nuestros niños y jóvenes…y muchos de nuestros viejos y abuelos! ¿Es que acaso una sociedad ideal debería estar sólo sostenida por el amor, el cariño, la tolerancia y la solidaridad? Lo cierto es que estamos muy lejos de semejante armonía, y lamentablemente los más vulnerables son los primeros en pagar los platos rotos. Podemos negar y reforzar las conductas violentas, y mantenernos en la enfermedad. O podemos asumir la realidad y hacernos cargo de construir una sociedad más sana a partir de nuestras propias existencias. Al fin y al cabo, muchas transformaciones comienzan con algo aparentemente pequeño: “Decidir mirar aquello que preferimos no ver”.
La Licenciada Mabel Yavarone trabaja desde hace varios años con la problemática de la violencia y la vulnerabilidad infantil, y es especialista en Psicología Clínica y Jurídica. Y por lo tanto, su mirada aporta claves fundamentales para comprender mejor esta cuestión.

Jorge Vasalo: ¿Cómo está viendo lo que vivimos en estos tiempos?
Mabel Yavarone: Estoy observando una sociedad cada vez más estresada, con mucha ansiedad e intolerancia a las frustraciones, y cada día más rígida. Y como si fuera poco, con escasa apertura a encontrar soluciones más elaboradas, creativas y duraderas. Porque además la velocidad de nuestra vida cotidiana deja poco espacio para la reflexión, la escucha y la elaboración de los conflictos.
Quienes trabajamos con niños y adolescentes en los diferentes espacios terapéuticos, sabemos que los síntomas infantiles nunca aparecen en el vacío y por lo tanto tenemos muy en cuenta el contexto social y familiar. Lamentablemente “la compulsión a repetir para ganar” y a reiniciarse, no sólo se instala con los jueguitos y la tecnología, sino también con las conductas de los padres y los mayores, frecuentemente desbordados por los trabajos, las exigencias y los problemas, y entonces se reducen notablemente los espacios compartidos de buena calidad con los hijos. Mi impresión es que como sociedad nos parecemos a esos autos empantanados que no pueden salir de un mismo lugar. Recuerdo a la psicoanalista Silvia Bleichmar cuando advertía que la subjetividad infantil no se construye únicamente en el interior de la familia, sino también en el clima simbólico de la sociedad. Cuando ese clima está marcado por la violencia, la incertidumbre o el abandono institucional, entonces los niños quedan expuestos a experiencias que exceden su capacidad de elaboración. Algo similar señalaba Anna Freud cuando afirmaba que los niños dependen del sostén emocional del mundo adulto para poder organizar sus emociones. Cuando ese sostén falla o se debilita, aparecen síntomas que muchas veces expresan conflictos que los niños no pueden poner en palabras.
JV: ¿A qué se refiere con “espacios de calidad”?
MY: A encuentros reales. Hace algunos días, una madre me aseguraba que tenía “buenos diálogos” con sus hijos. Cuando le pregunté sobre las características de estos diálogos, me respondió: “Y charlamos cuando podemos…generalmente en el auto cuando los llevo a la escuela y a las actividades que hacen. Pero la verdad es que tenemos buenas conversaciones durante los viajes…”. Se trata de un caso entre muchísimos, en los que los encuentros entre padres e hijos son breves, forzados y a las apuradas. O sea, una “super mamá” que va de un lado a otro, con sobreexigencias y sin espacios de calidad para realmente estar con sus hijos, y compartir y disponer de momentos simples y nutritivos. “Hago lo mejor que puedo”, me dijo cuándo le consulté sobre la escasez de estos espacios más extensos, sencillos y compartidos. Ocurre que en esa carrera permanente de los padres, muchas veces se pierde la verdadera presencia de los hijos. Y no se trata de solamente estar cerca físicamente, sino de un encuentro más genuino, donde aparezca la escucha, el juego y una conversación sin apuro. La reconocida psicoanalista argentina Arminda Aberastury, pionera del Psicoanálisis Infantil en América Latina, decía que el juego y el diálogo son los principales caminos a través de los cuales los niños elaboran sus conflictos emocionales. Cuando esos espacios desaparecen, entonces también se les reducen las posibilidades de procesar lo que sienten. Y por eso no me sorprende ver hoy a tantos niños que “estallan” con trastornos de angustia, ansiedad, bullying, y otras manifestaciones conflictivas y violentas.
JV: ¿Qué significa eso de “violencia silenciosa”?
MY: Cuando hablamos de violencia solemos imaginar golpes, gritos o situaciones extremas. Sin embargo, muchas de las formas más profundas de la violencia no son tan visibles, y por el contrario pueden ser silenciosas y hasta socialmente naturalizadas. Las podemos ver por ejemplo en la indiferencia cotidiana, la falta de escucha, la ausencia emocional y en el abandono de responsabilidades adultas. La psicoanalista Beatriz Janin, especialista en psicopatología infantil, sostiene que muchos síntomas actuales de la infancia, están relacionados con adultos que por diferentes motivos, están desbordados y con dificultades para sostener y contener.
JV: ¿Qué puede decirnos sobre los niños y las armas de fuego, y la conmoción que nos provocaron hechos como el ocurrido en San Cristóbal y las amenazas en escuelas de todo el país?
MY: Cuando un niño aparece con un arma de fuego, lo que estamos viendo es la ruptura de algo fundamental, porque la infancia debería ser un espacio de protección. Por eso, desde la psicología jurídica debemos decir algo con claridad: Un niño con un arma no es sólo un problema individual, es un síntoma de una falla del mundo adulto. Puede tratarse de negligencia, de contextos familiares violentos o de instituciones que llegan tarde. Como planteaba Silvia Bleichmar, la violencia social se infiltra en la subjetividad de los niños. Cuando un pequeño actúa violentamente, muchas veces está expresando conflictos que pertenecen al mundo de los adultos. Los hechos recientes que involucran a niños con armas, amenazas, pintadas en baños y paredes, mensajes virales, por supuesto nos generan conmoción social. Pero debemos tener en claro, que no son problemas individuales, sino señales de rupturas en los sistemas de contención. Desde la Psicología Jurídica debemos decirlo con claridad: Un niño armado es un síntoma del fracaso del mundo adulto, ya sea por negligencia o descuido familiar, de contextos violentos o de instituciones que llegan demasiado tarde.
JV: ¿Y cuál es su opinión sobre la baja en la edad para la imputabilidad de los menores?
MY: Me atrevo a plantearlo también con la siguiente pregunta: ¿Castigar o comprender? Cada vez que ocurre un hecho grave protagonizado por menores, reaparece el debate sobre la baja de la edad de imputabilidad. Y generalmente se lo presenta como una solución rápida frente al miedo colectivo, cuando en realidad estamos ante un problema mucho más complejo que se intenta simplificar vanamente. Muchos adolescentes que delinquen provienen de contextos de enorme vulnerabilidad con pobreza estructural, violencia intrafamiliar, abandono institucional o exclusión educativa. El médico y pensador Gabor Maté, quien ha estudiado profundamente el vínculo entre los traumas infantiles y las conductas disruptivas, sostiene que la pregunta fundamental no debería ser ¿qué le pasa a este niño?, sino ¿qué le pasó a este niño?, o sea, qué experiencias tempranas marcaron su desarrollo emocional. Y sin comprender esos contextos, cualquier respuesta punitiva corre el peligro de ser apenas una ilusión de solución. Por eso, creo que la pregunta no debería ser solamente cómo castigarlos, sino qué sociedad estamos construyendo para que tantos adolescentes queden afuera de los circuitos de cuidado y pertenencia.
JV: ¿Qué opina de los padres que piensan que el sufrimiento ayuda a madurar a los hijos?
MY: Es una idea bastante extendida, pero profundamente equivocada la del “sufrimiento que fortalece”. Los niños necesitan límites y frustraciones saludables para aprender a vivir en la realidad, con normas claras y firmes, con padres que no tengan miedo en decir “no”, y ayudar a nuestros hijos a que aprendan a convivir desde pequeños. Pero eso es muy diferente a exponerlos al dolor emocional o al maltrato. El sufrimiento innecesario no fortalece: sino que vulnera. La tarea del adulto es acompañar a los niños a comprender lo que sienten, y no empujarlos a soportar aquello que todavía no pueden procesar.
JV: ¡Pobres nuestros niños con adultos como nosotros!…
MY: Lamentablemente estamos viviendo en una sociedad acelerada, con adultos cada vez más exigidos y con vínculos más frágiles. En ese escenario, la infancia muchas veces queda a la intemperie. Pero debo decir, que la violencia no comienza cuando ocurre algún hecho grave que aparece en los medios, sino que empieza mucho antes cuando dejamos de escuchar, cuando el tiempo compartido desaparece o no existe y cuando la infancia deja de ser una prioridad social. Y es allí, en esas pequeñas ausencias cotidianas, donde la violencia silenciosa puede crecer, pero también donde todavía estamos a tiempo de intervenir. Permitime enfatizarlo: “Cuando un niño actúa violentamente, muchas veces no está expresando una maldad propia, sino el fracaso de los adultos para ayudarlo a tramitar lo que ocurre”. Janín también advierte sobre una fragilidad en los procesos de construcción psíquica, producto de entornos en los que predominan las urgencias, la sobreestimulación y la ausencia de adultos disponibles emocionalmente. Y entonces muchos niños quedan solos frente a emociones intensas que no pueden comprender ni elaborar, y la violencia puede aparecer como un modo primitivo de descarga. El problema entonces, no aparece cuando un niño aprieta un gatillo o escribe amenazas. Empieza mucho antes, cuando el mundo adulto deja de escuchar, de contener y de hacerse responsable de la infancia. Y es allí donde debemos intervenir. Porque proteger a la infancia no es sólo una tarea familiar. Es ante todo, una responsabilidad colectiva. Y esto exige algo más que preocupación: requiere compromiso. Los niños necesitan presencia real, tiempo, límites y disponibilidad emocional. Necesitan adultos que miren, escuchen y se involucren. Con compromiso genuino, habrá posibilidad de transformación. La infancia no necesita padres perfectos, pero sí padres involucrados, más responsables y conscientes de su lugar. Cuidar a un niño hoy es, en definitiva, una de las formas más profundas de cuidar el futuro.










Felicitaciones Mabel por el artículo y tus fundamentos en defensa de la infancia, niños y niñas que hoy son tan cuestionados y hasta rotulados como generación «de cristal»… Pero algo le pasó a ese niño para que hoy haya situaciones violentas donde ellos son los protagonistas activos. Desidia, abandono, desconexión o apatía desde el mundo adulto o institucional y que lo dejaron a la deriva. Coincido que la baja de la imputabilidad no resuelve nada si no hay prevención, y ella sólo puede venir de la mano del Estado implementando políticas sociales y educativas que empaticen y se solidaricen con los más vulnerables, desarrollándolas y controlando su cumplimiento, si no de nada vale. No perdamos la esperanza, breguemos por un mundo mejor!
El kirchnerismo(pseudo peronismo)ha dejado instalada en la sociedad, la idea de que la protesta es igual a la violencia en cualquiera de sus versiones, y ha producido como consecuencia la grieta actual en la sociedad. Y a partir de ahí todo vale…
nuestros niños, ahora jóvenes han vivido una etapa de gran violencia institucional y que ahora está naturalizada.
Me encanta que alguien al fin se ponga en el lugar de los niños ! Son nuestra única responsabilidad cuidar seres pequeños con mentes totalmente inocentes ! Es toda nuestra responsabilidad el futuro de esos niños !!!! Entendamos de una vez que es nuestra culpa como adultos, no es fácil pero tampoco imposible un niño necesita que se bajen a su nivel y tamaño.
Dar amor devuelve amor.
Coincido mayormente con los fundamentos, los chicos y jóvenes reciben esa violencia sonora por distintos medios y si hay adultos que permanentemente la generan, cómo el innombrable presidente que eligió un sector que representa mejor que nadie esa violencia, ingresa, penetra y trata de explotar con hechos nefastos, cómo los que se viven actualmente.