La otra noche, a las 00:47, estaba releyendo un mensaje que había mandado a las 19:12 y que, en ese momento, me había parecido impecable. Cinco horas después, la frase “todo bien” ya no era tan neutral: podía ser amable, podía ser distante o podría ser una obra maestra de la pasivo-agresividad involuntaria. La puntuación, de pronto, parecía tener nuevas intenciones.
La comunicación, en estos tiempos de estrés, cortisol y redes, se parece a un manual de instrucciones que todos citamos pero que nadie terminó de leer. Sabemos que existen reglas, intuimos que hay formas más sanas de decir lo que sentimos y repetimos conceptos con seguridad técnica, pero cuando la emoción aparece de verdad —cuando algo duele, descoloca o nos sentimos rechazados— improvisamos como grandes malabaristas.
Entendimos que había que expresar emociones, poner límites sin herir, escuchar activamente sin invadir y estar disponibles las 24 horas del día.
En teoría, estamos mejor preparados que cualquier generación anterior para vincularnos. Identificamos conductas “tóxicas” a dos metros de distancia y podemos explicar qué es el apego ansioso mientras revolvemos el café. Palabras como narcisismo, trauma o deconstrucción circulan con la ligereza de un emoji: las usamos con convicción, las entendemos a medias y casi siempre están destinadas al otro. La información creció; la paciencia para procesarla, no tanto.
Decimos “no pasa nada” mientras por dentro se organiza una cumbre de pensamientos catastróficos. Decimos “estoy bien” y el cuerpo responde con bruxismo, insomnio o una contractura que aparece justo cuando alguien tarda en contestar. Las palabras sostienen la diplomacia; el cuerpo se prepara para una manifestación, corte de rutas y cese de actividades.
A veces pienso que la comunicación se parece a una casa antigua que creemos conocer de memoria. Sabemos dónde cruje el piso y dónde entra más luz, pero de pronto el escenario cambia. Se vuelve difuso, casi de ensoñación. Aparece una frase que jurábamos no haber dicho, una captura de pantalla con un círculo tembloroso y la sentencia: “mirá, esto lo escribiste vos”. Entonces la casa deja de ser cómoda y empieza a temblar.
En ese momento, uno recuerda que las casas viejas siempre guardan algo. En el cuento de El fantasma de Canterville, el espectro hacía todo lo posible por asustar y la familia, imperturbable, le ofrecía lubricante para las cadenas. Algo parecido nos pasa: creemos que dominamos el lenguaje, que manejamos la técnica, los dispositivos, la urgencia de lo comunicacional, pero el fantasma de lo no dicho sigue arrastrando sus cadenas en el pasillo. Y nosotros, modernos y formados, le respondemos con un tutorial sobre comunicación asertiva.
Tenemos opinión para todo, desde la política internacional hasta el visto a las 21:03. Emitimos juicios con la seguridad de un tribunal y rechazamos vínculos por la entonación de un audio de doce segundos, olvidando que muchas veces estamos escribiendo desde una aplicación fría y verde que no transpira, no tiembla y no se hace cargo.
Hay algo inquietante en esta acumulación de mensajes, aclaraciones y subtítulos, como si creyéramos que, si dejamos de explicar, algo fuera a desmoronarse. Entonces agregamos contexto, justificamos lo que sentimos y corregimos nuestras propias emociones antes de permitirles existir del todo.
Y, sin embargo, lo verdaderamente importante sigue siendo pequeño: “me dolió”, “me equivoqué”, “te necesito”, “hoy no”. Frases mínimas que pesan más que cualquier teoría elaborada.
Tal vez el problema no sea la falta de herramientas en el manual, sino la ilusión de que el manual puede reemplazar el coraje. Tal vez, revisar la comunicación signifique bajar al sótano de esa casa, encender la luz y admitir que el fantasma no siempre es el otro.
A veces somos nosotros, arrastrando cadenas que todavía no nos animamos a nombrar.









