López Rega cumplía múltiples tareas. Además de ser ministro de su yerno presidente Lastiri, a quien inventó, era secretario personal del presidente electo Perón, a quien asistía en las tareas más mundanas y menos satisfactorias. Entre una tarea y otra hablaba por cadena nacional junto a sus colaboradores. Uno de ellos era Duilio Brunello, que pronto estrechará lazos con Córdoba (como interventor post golpe contra Obregón). Pedro Eladio Vázquez también integraba el ministerio: años después se reconvertiría en inocente periodista menemista. La última pata la componía Celestino Rodrigo, otro hombre de futuro apellido transformado en sustantivo aumentativo (del desastre).
López Rega y sus hombres enumeraban, en cadena oficial, las conquistas del Ministerio de Desarrollo Social. El ministro, el jefe de todos, se guardó para el último para anunciar El Panteón de los Héroes, que pasó a la posteridad como El Altar de la Patria, una tumba colectiva donde depositar los cadáveres de los que dejaron huella en nuestra historia. Un sepulcro colectivo de 85 metros de ancho y una profundidad similar a seis pisos. Su altura, equivalente a tres pisos. La necro maqueta presentada en televisión mostraba los vitraux que rodeaban al monumento, vitrales que representarían los distintos acontecimientos históricos fundamentales de la nacionalidad.

Las siguientes son las palabras textuales y televisivas del ministro José, a quien en la intimidad la vicepresidenta Isabel llama Hermano Daniel:
_ Este sería el Panteón de Los Héroes. Hemos tenido una idea de que nuestra nacionalidad siempre ha luchado en un sentido o en otro sentido. O unitarios o federales, o colorados o azules, o peronistas o antiperonistas. Este es un momento crucial de nuestra patria, como es el presente, a mi humilde criterio, de un simple hombre de pueblo. La idea es que todos los hombres y mujeres que hayan alcanzado una dignidad nacional y por su esfuerzo ocuparon un lugar común, donde nuestra gloria estando todos los argentinos dentro de un pabellón (sic), que sería motivo de peregrinación para todos los seres del mundo que vinieran a nuestra tierra. Debe tener en el frontispicio una leyenda que dijera así: “Aquí estamos reunidos en la gloria. Prohibido llevar nuestro recuerdo en perjuicio de la unidad nacional”.
Entre los que descansarían en la obra magna y sacra estaban Rosas, San Martín, Eva, Yrigoyen, Facundo Quiroga, Mamerto Esquiú, Mitre, Urquiza y, atención, el dictador Pedro Eugenio Aramburu. El gobernador más joven de Argentina, el riojano Carlos Menem, protestó. No por el autor del golpe de Estado de 1955, sino por los “traidores y vendepatrias al servicio del imperialismo anglo-francés”. Se refería, Carlos, a Mitre y Urquiza.
La obra tuvo sus cimientos sobre la avenida Figueroa Alcorta, muy cerca de la Facultad de Derecho de la UBA. Pero las complicaciones no tuvieron fin a la hora de cavar. Primero aparecieron cables de alta tensión que complicaron el plan y después, algo inesperado y desconocido para López Rega: los cimientos de otra obra trunca: la idea de Eva Perón de una gran estatua en homenaje a los descamisados.
No obstante, más allá de estas complicaciones, la situación del propio país, la muerte de Perón y el fin político de López Rega en 1975 cuando debió huir del país-, clausuró para siempre El Altar de la Patria. El constructor, de nombre Franco Macri, se quedó con las ganas.
PD: Hoy, en el mismo sitio, no hay ni homenaje a los descamisados ni panteón de los héroes, sino una gran flor de lata de 23 metros de altura y 18 toneladas de peso.









