Cada junio se conmemora el Mes Mundial de Concientización sobre la Fertilidad, una iniciativa impulsada a nivel internacional para promover el acceso a información confiable sobre salud reproductiva y visibilizar las múltiples experiencias que atraviesan las personas en la construcción de sus proyectos familiares.
Además de ser una cuestión biológica o médica, la fertilidad involucra también aspectos emocionales, vinculares, sociales y culturales que muchas veces quedan en segundo plano detrás de estudios, diagnósticos y tratamientos. En esta nota, Hoy Día Córdoba dialogó con profesionales para conocer todas esas otras cuestiones que atraviesan las experiencias de muchas de las mujeres que desean ser madres. Además, la historia de Frances, quien recibió un tratamiento de fertilización in vitro y hoy está embarazada de siete meses.
El impacto emocional de la infertilidad
Desde el Área de Salud Mental Perinatal de Fundación Nascere, las psicólogas Johana Vega, Lila Echeñique y Gisela A. Gorla sostienen que hablar de fertilidad implica necesariamente ampliar la mirada. En ese sentido, remarcan que la construcción de una familia puede desarrollarse a través de diferentes caminos, entre ellos la reproducción asistida, la adopción y otras formas de parentalidad que hoy cuentan con reconocimiento social, sanitario y legal.
“Reconocer esta diversidad de experiencias reproductivas implica comprender que los proyectos de maternidad y paternidad pueden construirse a través de diferentes caminos, todos ellos igualmente legítimos y valiosos”, explican las profesionales. A su entender, la parentalidad no se define únicamente por la genética, sino también por la capacidad de construir vínculos de cuidado, pertenencia, afecto y responsabilidad.
El impacto emocional que genera un diagnóstico inesperado que no coincide con el deseo de una mujer, es uno de los aspectos menos visibilizados de la infertilidad. La mayoría de las personas crece con la idea de que tener hijos será una decisión que podrá concretarse cuando llegue el momento indicado. Por eso, cuando la búsqueda se extiende más de lo esperado o aparecen dificultades médicas, muchas veces se produce una ruptura entre la realidad y el proyecto de vida imaginado.
“Existe en los humanos la creencia arraigada de que la procreación es un proceso voluntario y que cualquier persona la puede alcanzar fácilmente teniendo relaciones sexuales”, sostienen las especialistas. Por ese motivo, la confirmación de un diagnóstico de infertilidad suele representar una crisis significativa que puede impactar tanto en lo individual como en la vida de pareja.
Según explican desde la fundación, las primeras reacciones suelen estar marcadas por la incredulidad. Luego aparecen emociones como el enojo, la angustia, la ansiedad, la incertidumbre e incluso sentimientos de culpa. “¿Por qué mi cuerpo no funciona? ¿Estaré fallada?”, son algunas de las preguntas que suelen surgir en muchas mujeres cuando reciben la noticia de que necesitarán ayuda médica para lograr un embarazo.
“La confirmación del diagnóstico no sólo provoca frustración por el no cumplimiento del deseo de hijos y de las expectativas de maternidad o paternidad, sino que también supone una alteración, al menos temporal, del guión de vida que se había planificado”, señalan.
Las psicólogas remarcan que la infertilidad es una experiencia que puede poner en juego aspectos identitarios, historias personales, creencias, dinámicas familiares y proyectos vitales, y destacan la importancia del acompañamiento psicológico durante todo el proceso. “El acompañamiento especializado resulta fundamental desde el inicio. No porque las personas presenten un trastorno psicológico, sino porque atraviesan situaciones de alta exigencia emocional. El espacio terapéutico permite trabajar pérdidas, miedos, expectativas y decisiones que van surgiendo a lo largo del recorrido”, explican.
Desde la fundación, también aseguran que uno de los aspectos más complejos de estos procesos es que obligan a reformular expectativas profundamente arraigadas. En muchos casos, quienes reciben un diagnóstico de infertilidad deben atravesar un duelo que no siempre es reconocido socialmente: el duelo por la maternidad o la paternidad imaginada, por los tiempos previstos e incluso por la incertidumbre de cómo llegaría ese hijo tan esperado. “Más que un acto de aceptación inmediata, suele tratarse de un proceso de elaboración subjetiva. En algunos casos será necesario elaborar el duelo por la concepción espontánea y resignificar expectativas que estaban presentes desde mucho antes de iniciar la búsqueda”, cuentan.
Tanto los tratamientos de reproducción asistida como los procesos de adopción suelen compartir elementos emocionales similares. Ambos caminos están atravesados por períodos de espera, incertidumbre, frustraciones y decisiones importantes que obligan a repensar proyectos de vida. Sobre esto las psicólogas señalan: “Lo que comparten es el deseo de construir una familia. Más allá de las diferencias en el recorrido, existe una coincidencia fundamental: la voluntad y el deseo de recibir, cuidar y acompañar a un hijo”.
Para las profesionales, esta perspectiva también invita a reflexionar sobre el concepto mismo de parentalidad. “Lo que convierte a un niño en hijo no es exclusivamente el origen biológico, sino la posibilidad de ser alojado en una trama de vínculos, cuidados, afectos e historias compartidas”, afirman. Por eso consideran importante promover una mirada más amplia e inclusiva sobre las distintas formas de construir una familia, entendiendo que la maternidad y la paternidad encuentran múltiples maneras de realizarse y que todas ellas poseen igual valor y legitimidad.
La historia de Frances y el deseo de formar una familia como proyecto de vida
Frances Pérez está cursando el séptimo mes de embarazo gracias a un tratamiento de fertilización in vitro, y su experiencia reúne muchas de las emociones, obstáculos y aprendizajes que describen las especialistas. La idea de convertirse en madre formaba parte de su proyecto de vida que compartía con su esposo desde mucho antes de comenzar la búsqueda.
“Con mi esposo siempre supimos que queríamos ser padres, formar una familia. Primero queríamos casarnos, ya que pensamos que el matrimonio consiste justamente en formar una familia, dejando de ser sólo pareja. Después de casarnos comenzamos a buscar nuestro bebé”, recuerda.
Los primeros meses fueron de mucha ilusión y expectativas habituales de quienes comienzan a proyectar la llegada de un hijo. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y el embarazo no llegaba, comenzaron a surgir las dudas.
Tras dos o tres meses de búsqueda decidieron consultar con el ginecólogo que acompañaba a Frances desde hacía años. El profesional les explicó que hasta un año de intentos sin éxito podría considerarse una situación normal y que recién después de ese plazo era recomendable iniciar estudios específicos de fertilidad.
Pero para ella esa espera resultó difícil: “Lo tomé como un plazo perentorio. Me daba mucha ansiedad a medida que pasaban los meses”, cuenta. Esa inquietud los llevó a adelantar parte de los estudios antes de que se cumpliera el año. Los primeros resultados trajeron tranquilidad al obtener valores normales en todos los análisis solicitados tanto a ella como a su esposo, pero una prueba para evaluar las trompas de falopio cambió el panorama. El resultado reveló una afección en una de ellas y, tras consultar con distintos especialistas, recibió una recomendación unánime: debía someterse a una cirugía para extirparla. “Fue una decisión muy difícil, pero pensaba que iba a mejorar mis posibilidades de quedar embarazada”, recuerda.
Sin embargo, durante la intervención los médicos descubrieron que la otra trompa tampoco estaba en buenas condiciones. Cuando despertó de la anestesia recibió una noticia inesperada: para lograr un embarazo necesitaría recurrir a un tratamiento de fertilización in vitro. “Para mí fue desgarrador. Nunca imaginé que iba a tener que hacer un tratamiento de alta complejidad. Sentía que se me terminaban las posibilidades de ser mamá”, relata.
Frances reconoce que aquella etapa fue la más difícil de todo el proceso: “Fue muy angustiante todo el período de los estudios, la operación y el postoperatorio con esa noticia tan triste”. Sin embargo, en medio de esa angustia tomó una decisión que terminó cambiando el rumbo de la historia. “Era tanta la tristeza que sentía que le dije a mi esposo que empezáramos a ir a las clínicas de fertilidad para saber de qué se trataba la fertilización in vitro. Necesitaba entender qué era y empezar a buscar soluciones. Sentía que quedarme sólo con la angustia no me ayudaba”, cuenta.

Después de analizar distintas alternativas, eligieron comenzar el tratamiento en una clínica especializada. Aunque el proceso implicó medicación, controles frecuentes y una importante reorganización de la vida cotidiana, Frances asegura que el acompañamiento recibido marcó una diferencia fundamental.
“El tratamiento es intenso y requiere mucha predisposición, pero nos sentimos muy acompañados durante todo el proceso. Eso hizo una enorme diferencia”, afirma. En ese recorrido, destaca especialmente el rol del equipo médico de la clínica de fertilidad Nascentis, el apoyo de su familia y la contención de su esposo. También menciona la importancia que tuvo la fe para atravesar los momentos más difíciles: “Sin el acompañamiento de la familia no hubiésemos podido. Y con mi esposo somos muy creyentes, así que también nos apoyamos muchísimo en la fe”.

Con el paso del tiempo, comenzó a notar una diferencia clara entre el período previo al tratamiento y lo que vino después. Si bien la incertidumbre nunca desapareció por completo, el hecho de contar con un plan de acción y un equipo que los acompañara permitió que apareciera una emoción que hasta entonces parecía lejana.

“Antes del tratamiento había mucha angustia. Después siguió habiendo incertidumbre, porque nadie te puede garantizar un resultado, pero apareció algo muy importante: la esperanza”, resalta con emoción.
La experiencia también la llevó a reflexionar sobre los prejuicios y el desconocimiento que todavía existen alrededor de los tratamientos de fertilidad, algo que también mencionaron las psicólogas de Nascere. Según el punto de vista de Frances y también desde su experiencia, muchas personas llegan a las clínicas especializadas después de atravesar largos períodos de sufrimiento, cuando la consulta debería poder vivirse con mayor naturalidad.
“Ir a una clínica de fertilidad no debería estar asociado a algo malo, sino al deseo de ser mamá o papá. Muchas veces uno llega después de pasar por situaciones muy dolorosas y con una carga emocional enorme”, sostiene.

Hoy, a siete meses de embarazo, mira hacia atrás y reconoce cuánto cambió durante el proceso. Los primeros meses estuvieron marcados por mucho temor y cautela, que son lógicos en quienes atraviesan largos tratamientos para lograr un embarazo, pero poco a poco fue dando lugar al disfrute. “Estoy muy feliz. Al principio cuesta relajarse porque venís de mucho tiempo de incertidumbre, pero hoy disfruto muchísimo esta etapa”, asegura.

La futura mamá cuenta que está viviendo la espera de una manera distinta, valorando especialmente los momentos cotidianos y a las personas que la acompañaron durante el recorrido.
“Estoy agradecida con todas las personas que estuvieron cerca nuestro. Disfrutando de los momentos simples, de la espera de este bebé tan deseado y de todo lo que estamos viviendo junto a mi esposo”, reconoce.
Al reflexionar sobre la experiencia, concluye que el camino recorrido transformó profundamente su manera de mirar la maternidad y la vida: “Siento que fue un crecimiento muy grande. Todo lo que vivimos hace que hoy este embarazo tenga un significado muy especial”.
Su historia refleja lo que las psicólogas de Nascere y muchos otros especialistas intentan visibilizar cada junio: que detrás de cada tratamiento, cada diagnóstico y cada búsqueda existen mujeres que atraviesan emociones profundas, proyectos de vida que se ven obligados a reformularse y caminos que casi nunca son lineales. Y aunque el recorrido sea distinto al imaginado, el deseo de construir una familia puede encontrar formas diversas de hacerse realidad.
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