¿Puede una ciudad alimentarse con lo que produce a su alrededor? En Córdoba, la respuesta es no, y ahora hay números que lo demuestran.
Un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) determinó que el cinturón verde local —técnicamente denominado región agroalimentaria de la ciudad de Córdoba (RACC)— solo podría cubrir el 21,3% de las frutas y verduras necesarias si todos sus habitantes comieran conforme a las Guías Alimentarias para la Población Argentina (GAPA). Lo informó el periodista Lucas Viano en el portal Unciencia.
«Medir kilos de soja no es medir alimento»
El hallazgo pone en tensión una idea muy arraigada: que Argentina produce alimentos en abundancia. «El sistema alimentario promociona índices según los cuales sobra la comida en Argentina. Pero hay algo que no se está midiendo bien. Medir en términos de kilos de soja no es medir alimento, ni accesibilidad, ni seguridad alimentaria y nutricional de las personas», afirmó Matías Scavuzzo, autor del trabajo, presidente de la Fundación Innovacomunidad y docente de la UNC.
Para sustentar ese argumento, el equipo adaptó y aplicó por primera vez en América Latina un Índice de Autosuficiencia Alimentaria. La herramienta cruza lo que una región produce con lo que su población consume y con lo que debería consumir para estar sana.
El cinturón verde se achicó mientras la ciudad crecía
Victoria Marinelli, investigadora del Instituto Gulich de la Conae y de la UNC, aportó el dato más contundente del estudio: entre 1980 y 2020, el cinturón verde de Córdoba perdió el 75% de su superficie productiva.
«Mientras la población creció, disminuyó el área que la alimenta. ¿Por qué? Porque se alimenta mal con otra cosa y porque se alimenta poco, ya que la pobreza creció», explicó. Las huertas del sur fueron absorbidas por urbanizaciones; las del noreste, por la agricultura industrial. La producción tampoco se volvió más eficiente: no hubo mejoras en el manejo del agua para riego, y se perdieron empleos y biodiversidad en el camino.
«No podemos ser inocentes y pensar que la soberanía alimentaria no está condicionada por los grandes intereses mundiales y por ese interés de transformarla al servicio de las grandes empresas», advirtió Marinelli.
Ni siquiera se cubre lo que se come hoy
La situación es más crítica aún si se considera el consumo real. Los datos de la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS) indican que la mitad de los habitantes de la región centro del país come entre dos y cuatro porciones diarias de frutas y verduras —menos de la mitad de lo recomendado—. Aun así, la producción local apenas cubriría el 56,2% de las frutas y el 77,58% de las verduras que se consumen.
El consumo, además, es desigual: los hogares de mayores ingresos ingieren un 50% más de verduras que los de menores recursos.
Qué hace falta para cambiar el panorama
Los investigadores señalan que la solución requiere actuar en simultáneo sobre la producción y el consumo.
Desde el lado de la oferta, Marinelli plantea ordenamiento territorial que proteja las tierras periurbanas, acceso al agua para riego y promoción de bioinsumos que no afecten la salud de los vecinos.
Desde el lado de la demanda, Scavuzzo va directo al precio: «Una fruta no puede salir el doble que un alfajor. Tiene que tener un impuesto para que se pague el costo de la salud de esos ultraprocesados». Y pide «un Estado presente que regule con normas, programas y políticas a favor de la salud de la población y del pequeño productor».
Micaela Campero, investigadora del Centro de Investigaciones en Nutrición Humana y del Gulich de la UNC, puso el acento en quién carga con la responsabilidad: «Son múltiples los factores que se necesitan para revertir este escenario. Entre ellos, el consumidor es el último y, quizás, el que tiene menos capacidad de acción».
También, Marinelli apuntó: «Queremos contribuir a la discusión de que hay que comer y producir mejor. Para eso es clave comer alimentos frescos de proximidad. Tenemos una población que se enferma, en parte, por la mala alimentación».









