Hay frases y giros que impactan y quedan en la memoria. “No matarás” es uno de ellos.
Es un mandamiento del Éxodo (10:13) y del Deuteronomio (5:17). También tiene su reversión cristiana, cuando Jesús dice que no basta con no asesinar, porque el odio y el desprecio ya son formas de no cumplir ese mandamiento, es decir, son formas de matar (Mateo 5:21-22).
La frase tuvo muchos ecos en la historia, también en nuestro país. Un momento insoslayable fue el debate a partir de la carta del recordado Oscar del Barco, publicada en la Revista La Intemperie, hace poco más de 20 años.
En una entrevista, Héctor Jouvé había recordado cómo dos jóvenes del grupo que entrenaba en insurgencia bajo duras condiciones, se habían quebrado psicológicamente, por lo que habían decidido ejecutarlos.
Oscar escribe que leyéndolo sintió una conmoción: “Tuve la sensación de que habían matado a mi hijo y que quien lloraba preguntando por qué, cómo y dónde lo habían matado, era yo mismo”. El sentimiento se acentuaba porque, como afirmó, él había apoyado los ideales del grupo. Pero ningún ideal justifica dar muerte.
La carta tocó una llaga sensible en la opinión pública y diversas respuestas, muchas fundadas y discordantes, enriquecieron el debate.
No quiero aquí reconstruir esas discusiones, pero sí trazar una línea conductora que llega hasta nuestros días. Como sucede con el documental “No matar” de Juan Villegas, recientemente estrenado en el BAFICI.
Tampoco pretendo establecer las condiciones de la memoria o de la justicia de un país, frente a traumas como la dictadura, la violencia económica o el terrorismo de Estado y las acciones insurgentes. Son cuestiones muy importantes, pero exceden mis posibilidades en estas líneas.
Pero sí quisiera mostrar un hilo conductor que es imprescindible identificar, que remonta a la versión ampliada del “no matar”.
Estudiantes en Tucumán
En el invierno de 1968, estudiantes de la Agrupación de Estudios Sociales, provenientes de la UCC y la UNC, viajaron a Tucumán para hacer una investigación sobre los efectos de la “modernización productiva” de la economía de la dictadura. Un claro ejemplo de qué sucede cuando la universidad se involucra estudiando las condiciones de vivienda, alimentación, salud, de las grandes mayorías populares. Los datos y realidades constatadas fueron terribles (pueden leerse en una reedición de EDUCC, 2013).
El final del texto es ominoso: advierte que la reacción será violenta, porque – entre otras – “violencia es la muerte prematura”, “es humillarse para poder alimentar a los hijos”, “es la inseguridad del trabajo”.
Hay una larga discusión sobre cuál sería el rol de toda persona con sensibilidad social ante la injusticia, la violencia económica y el autoritarismo político.
Lo importante aquí es ver algo que solía denominarse “violencia de arriba”. Supongamos que nadie matase directamente a las víctimas de ese sistema económico y de relaciones sociales. Pero eso no quitaba ni su condición de víctimas de un sistema ni el rasgo de injusticia sufrida. Tampoco anulaba la estrategia de acumulación de riqueza de sus victimarios, quienes se beneficiaban de esas condiciones económicas estructurales.
De allí que se pueda aprender una primera lección importante. Matar no es un verbo que se manifiesta siempre de una misma manera, como la acción por la cual una persona quita directamente la vida a otra. La muerte puede causarse de otras formas.
Levinas y el “no matarás”
Recientemente hemos escuchado de diversos referentes políticos y económicos una versión reductiva del “no matarás”, cuando dicen que, si no se elimina una vida de modo directo, no se puede decir que una actividad o decisión económica haya incumplido el mandato de no matar.
Pero Levinas – a quien Oscar citaba como referencia – identificaba una relación entre responsabilidad y libertad, que amplía el mandato. Según él, el rostro del otro ser humano pone en primer lugar mi responsabilidad, y recién después viene mi libertad (de asumir o rechazar mi responsabilidad).
Cuando veo al otro, el “no matarás” pone mi libertad a juicio. Es una “difícil libertad”, porque lo que enjuicia no es sólo si en mi libertad di muerte a alguien.
“No matar” no es sólo la prohibición del asesinato, sino la responsabilidad por las posibilidades mismas de existencia del otro. Como escribe Levinas: “Escuchar ʽno matarásʼ es escuchar ʽjusticia socialʼ”, es “no dejar al otro solo en su mortalidad”. Es construir las condiciones de posibilidad de su vida.
Aplicaciones
Todo esto puede sonar utópico, loco o abstracto. Pero pensemos algunas relaciones concretas.
Por ejemplo, las prestaciones de salud en una sociedad. Cuando no se ven como derecho humano fundamental; cuando se rigen por la capacidad de pago de los usuarios que necesitan un tratamiento; cuando el precio de mercado no tiene otra lógica que la disposición a pagar de quienes lo necesitan y la capacidad de las empresas de extraer la mayor renta de esa condición; cuando las necesidades de las personas quedan subordinadas al mercado; se está violando el principio de no matar en este sentido amplio.
Pensemos otra: el acceso al trabajo y sus condiciones. ¿Hasta dónde son eje de preocupación de nuestros gobernantes, de nuestras universidades, de la ciudadanía en general?
Sólo desde esta perspectiva construiremos otra alternativa, para que nuestra sociedad deje de matar.









