Resulta raro mirar hacia atrás y recordar aquel 2018. El fútbol argentino era un incendio forestal y la AFA le entregó la manguera a un interino sin experiencia en clubes, un «joven inexperto» al que la cátedra periodística y el ambiente del fútbol miraron con condescendencia, cuando no con abierto desprecio. ¿Cómo un tipo cuyo único mérito era haber sido el ayudante de campo de Sampaoli iba a sentarse en el banco de los bicampeones del mundo? No la vieron.
Porque Scaloni nunca vendió espejitos de colores. Es simple. Te habla con la franqueza llana del tipo de campo. Con décadas encima jugando en la élite europea y con sus hijos criados en España, el tipo se sigue comiendo las «s» como buen santafesino, como cuando corría por los potreros y andaba en bicicleta por el pueblo del sur de esa provincia. Es, paradójicamente, el más sensible de un vestuario repleto de guerreros. “La llorona” dice que le dicen con afecto en la intimidad del grupo que comanda, porque no le da vergüenza quebrarse en llanto frente a las cámaras cuando la emoción lo desborda. Ese llanto que no es de debilidad, sino de un tipo al que la Patria le pesa en el pecho.

En el camino, Lionel hizo algo que parecía jurídicamente imposible en nuestro país: cerró la principal grieta futbolística. En poco tiempo, le puso un punto final definitivo a esa batalla cultural casi cincuentenaria entre menottistas y bilardistas. ¿Qué es la Scaloneta? Es la pragmática del esfuerzo y la estrategia del Narigón abrazada a la libertad, el sentido de pertenencia y el gusto por la pelota que pregonaba el Flaco.
Scaloni no teorizó sobre el fútbol; lo simplificó. Juntó a los que mejor jugaban, les devolvió el orgullo de ponerse la camiseta y logró que 47 millones de argentinos tiráramos para el mismo lado durante años. Nos unió en un país donde ponerse de acuerdo es un milagro. Porque era tan argentino que ante los micrófonos te decía que la semifinal con los ingleses era «sólo un partido de fútbol” y horas después te cantaba el himno como si estuviera poseído (por Diego).

Si de verdad decide dar un paso al costado, se irá como los verdaderos gigantes: habiéndolo ganado absolutamente todo, habiendo sanado las heridas de generaciones enteras y dejando una vara tan alta que asusta. Le dio la contención perfecta a su tocayo rosarino y nos enseñó a ganar, pero -sobre todo- nos enseñó a ilusionarnos con la Selección. Y si este es el final del viaje, solo queda ponerse de pie, aplaudir hasta que duelan las manos y decirle gracias al tipo que, sin levantar la voz y hablando como un gringo del campo, nos devolvió la gloria para siempre.










Emocionante el escrito de Vagliente!