Un 14 de julio, pero de 1866, Córdoba vivió una de esas jornadas que combinan drama político y anécdota casi novelesca. El gobernador Roque Ferreyra fue depuesto por un alzamiento popular cuyo protagonista central resulta, al menos, curioso: el mayor Simón Luengo, quien había escapado poco antes de la cárcel y encabezó el pronunciamiento montonero que puso fin al gobierno de Ferreyra.
Luengo no era un desconocido en la escena política cordobesa. Años atrás había impulsado la revolución de 1860 contra Mariano Fragueiro y también había participado del movimiento de 1863 contra el gobernador Justiniano Posse.
Su fuga y posterior levantamiento en 1866 se dieron en medio de un clima de fuerte tensión entre federales y liberales, las dos facciones, conocidas como «los rusos» y «los aliados», que se disputaban el poder provincial desde hacía años.
Un gobernador con historia
Ferreyra no era un improvisado en la política cordobesa. Nacido en 1810, comerciante de la firma «Ferreyra Hnos.», había sido gobernador en dos oportunidades (1855-1858 y 1863-1866).
Su segundo mandato había comenzado en circunstancias no menos convulsionadas: asumió como «gobernador delegado» con el respaldo de los federales, a cambio de rehabilitar al antiguo Partido Constitucional y nombrar ministro a Mateo Luque.
Precisamente esa alianza terminó jugándole en contra. En las elecciones provinciales de 1866, los federales, reorganizados por el propio Luque como ministro, se impusieron pese a toda la presión que ejercieron los gobiernos provincial y nacional para evitarlo. Esa derrota electoral precipitó la renuncia de Ferreyra, en un contexto ya debilitado por la revuelta que Luengo había encabezado apenas semanas antes.
Tres gobernantes en menos de dos semanas
Depuesto Ferreyra en medio de una gran confusión, una asamblea de vecinos convocada de urgencia designó como «gobernador provisorio» al exministro Luis Cáceres. Pero esa solución de emergencia duró poco: doce días después, el 26 de julio, la Legislatura provincial optó por nombrar interinamente al doctor Mateo Luque, quien terminaría asumiendo el mando en esa fecha.
Con Luque llegaban al poder los federales por última vez en la Córdoba de aquellos años, cerrando un capítulo agitado de las llamadas guerras civiles argentinas. Sin embargo, la paz duró poco: las diferencias entre Luengo, el mismo mayor que había impulsado su ascenso, y el nuevo gobernador desembocarían, un año más tarde, en un nuevo levantamiento, esta vez en su contra.
Una época de vértigo institucional
El episodio de julio de 1866 no fue un hecho aislado, sino parte de un largo ciclo de inestabilidad que atravesó a Córdoba, y a buena parte del interior argentino, durante el proceso de organización nacional.
Revoluciones, deposiciones y gobiernos delegados se sucedían con una frecuencia que hoy resulta difícil de imaginar, producto de la disputa entre unitarios y federales, y luego entre liberales y federales, por el control de las provincias en los años posteriores a Pavón.
La historia de Roque Ferreyra, Luis Cáceres y Mateo Luque, tres nombres que se turnaron el poder cordobés en cuestión de días, es apenas una muestra de ese clima de época: un tiempo en que la política se dirimía tanto en las asambleas como en las calles, y en que un fugitivo de la cárcel podía torcer, de un día para el otro, el destino de una provincia entera.
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