El 29 de abril no es una fecha elegida al azar. En Argentina, el Día del Animal se instauró en homenaje a Ignacio Lucas Albarracín, abogado y escritor mendocino fallecido ese día en 1926, quien dedicó gran parte de su vida a promover el trato digno hacia los animales y fue impulsor de la Sociedad Argentina Protectora de Animales.
Su legado derivó en la Ley 2786, sancionada en 1891 y considerada la primera norma de protección animal en Latinoamérica. Más de un siglo después, esa ley tiene continuidad en debates legislativos que buscan ampliar los derechos y el reconocimiento legal de los animales como seres sintientes.
En muchos países, el 4 de octubre, Día Mundial de los Animales, es la fecha de referencia internacional, vinculada a la festividad de San Francisco de Asís, patrono de los animales. Pero independientemente del calendario, la efeméride pone en primer plano una relación milenaria que hoy la ciencia confirma como clave para el bienestar integral.
Los beneficios de tener una mascota
Lo que muchos dueños de perros y gatos intuyen desde hace años, la ciencia lleva décadas confirmándolo: convivir con un animal de compañía tiene efectos positivos y medibles sobre nuestra salud.
Investigaciones publicadas en revistas especializadas, entre ellas estudios de la Revista Colombiana de Psicología y de la Universidad EAFIT de Medellín, demuestran que las personas que consideran a su mascota un miembro de la familia presentan niveles significativamente más bajos de estrés percibido y puntuaciones más altas en salud mental que quienes mantienen con ella una relación más distante o instrumental.
El mecanismo bioquímico detrás de esto no es menor: cuando una persona acaricia a su perro o gato, el organismo libera hormonas como la oxitocina, la prolactina, la dopamina y las beta-endorfinas. En simultáneo, los niveles de cortisol, la hormona del estrés, tienden a descender. Un estudio citado en la literatura médica de Londoño, Lemos y Orejuela, Universidad EAFIT (2018) verificó que apenas cinco minutos de interacción con un perro de terapia bastaron para reducir significativamente los valores de cortisol en sangre y saliva de profesionales de la salud sometidos a jornadas de alta demanda.
La reducción de la presión arterial es otro beneficio documentado. Personas con hipertensión que adoptaron perros mostraron mejoras en la respuesta cardiovascular al estrés que los pacientes sin mascotas no alcanzaron, incluso recibiendo medicación. En el mismo estudio realizaron a seis mil pacientes, quienes tenían mascotas presentaron cifras menores de tensión arterial, colesterol y triglicéridos.

Un estímulo para moverse y vivir mejor
En el caso de los perros, el impacto va más allá de lo emocional. La rutina de paseos diarios impulsa la actividad física regular, un factor clave para prevenir enfermedades.
Este efecto es particularmente significativo en adultos mayores, donde el acompañamiento de una mascota no solo promueve el movimiento sino también la adherencia a hábitos saludables. En algunos casos, incluso, los animales han demostrado detectar episodios de descompensación, como hipoglucemias, antes que sus propios dueños.
En personas con depresión, la convivencia con animales se asoció a una disminución del número de internaciones y, en algunos contextos clínicos, a la reducción de conductas autodestructivas. El 69% de los dueños de mascotas encuestados en distintos estudios europeos declaró buscar el consuelo de su animal cuando se sentían bajos anímicamente.
Infancia, desarrollo y aprendizaje emocional

Para los más pequeños, crecer junto a un animal no es solamente una experiencia emotiva. Es, también, una experiencia formativa que deja huellas concretas en su desarrollo.
Un estudio de Zamarra San Joaquín, «Terapia asistida por animales de compañía» (2002) señala que los niños que interactúan con perros desde temprana edad presentan un mejor desarrollo de la motricidad gruesa, con beneficios específicos en la lateralidad, la noción del cuerpo propio y las estructuras espaciotemporales. Aprenden, además, a través de los animales sobre realidades fundamentales de la vida: el nacimiento, la enfermedad, la muerte, la responsabilidad hacia otro ser vivo.
Las mascotas también cumplen una función emocional en la infancia. Son receptores de confidencias, compañeros de juego sin juicios ni condiciones, presencias constantes en momentos de incertidumbre. En procedimientos médicos dolorosos, la presencia de animales demostró reducir los niveles de estrés tanto en niños como en sus padres, desviando la atención hacia el animal y facilitando el proceso. El psiquiatra Boris Levinson, pionero en este campo desde la década del 70, denominó a esta modalidad «psicoterapia facilitada por mascotas» y la aplicó con éxito en niños con trastornos del comportamiento, déficits de atención y dificultades de comunicación.

Para los adolescentes, la presencia de animales en el hogar se asocia con mayores niveles de autoestima, mayor popularidad entre pares y mejores competencias sociales. Muchos de ellos hacen confidencias a sus mascotas que no comparten con adultos ni con amigos, utilizando ese vínculo como válvula de alivio emocional en etapas de alta tensión psicológica.
Los Gatos en particular
En esa misma línea, distintos estudios científicos aportan explicaciones sobre por qué los gatos parecen acercarse especialmente cuando una persona se siente mal o experimenta dolor. Por un lado, se ha observado que las zonas del cuerpo humano con inflamación o molestias crónicas suelen presentar una temperatura levemente más elevada. Los gatos, naturalmente atraídos por el calor, tienden a buscar estos “puntos calientes” para recostarse, lo que muchas veces coincide con áreas doloridas.

A esto se suma el efecto del ronroneo, un rasgo distintivo de los felinos que ha sido analizado por la bioacústica. Los gatos emiten vibraciones en un rango de entre 25 y 150 Hz, una frecuencia que no solo contribuye a la regeneración de sus propios huesos y tejidos, sino que también puede tener efectos terapéuticos en humanos, ayudando a disminuir el dolor, la inflamación e incluso la presión arterial.
Además, los gatos poseen una notable sensibilidad frente a los cambios de comportamiento y estado emocional de sus dueños. Cuando una persona atraviesa un malestar físico, es habitual que modifique su postura, reduzca su movilidad o altere sus rutinas. Estas variaciones son percibidas por el animal, que suele responder acercándose, permaneciendo cerca o incluso acomodándose sobre el cuerpo.
Finalmente, aunque no cuentan con el mismo nivel de entrenamiento que los perros, los gatos establecen vínculos profundos con sus cuidadores. Investigaciones sobre el apego felino indican que pueden desarrollar conductas de proximidad como forma de ofrecer, o buscar, consuelo, especialmente cuando detectan estrés o tensión en su entorno. En conjunto, estos factores refuerzan la idea de que la compañía felina no solo es afectiva, sino que también puede tener un impacto positivo en el bienestar físico y emocional de las personas.
Los cuidados que un animal necesita, y que también nos cuidan a nosotros
Adoptar o comprar una mascota implica asumir una responsabilidad concreta, cotidiana y de largo aliento. No se trata solo de afecto: se trata de cubrir necesidades físicas, sanitarias, emocionales y ambientales del animal.
El marco internacional del bienestar animal establece cinco libertades fundamentales que todo propietario responsable debe garantizar: que el animal esté libre de hambre, sed y desnutrición; libre de temor y angustia; libre de molestias físicas y térmicas; libre de dolor, lesión y enfermedad; y libre para expresar su comportamiento natural.
En términos prácticos, esto implica llevar a la mascota al veterinario al menos una vez al año, mantener al día su calendario de vacunación y desparasitación, asegurarle una alimentación adecuada a su especie, raza y edad, proporcionarle espacio, actividad y estímulos suficientes, y no dejarla nunca sin los cuidados necesarios, incluso en períodos de viaje o enfermedad del dueño.
En el caso de los perros, la vacuna séxtuple, que protege contra el moquillo, hepatitis, parvovirus, leptospirosis y otras enfermedades, debe comenzar a las seis u ocho semanas de vida y repetirse periódicamente. La antirrábica se aplica a los seis meses y se renueva cada año. La desparasitación, tanto interna como externa, es clave no solo para la salud del animal sino para la del entorno humano: algunos parásitos, como el Toxocara canis presente en los excrementos de perros, pueden transmitirse a personas, especialmente niños que juegan en plazas, y provocar daños hepáticos, pulmonares o neurológicos.
Los gatos requieren cuidados similares, con la precaución particular de manejar sus heces con guantes durante el embarazo, dado que el Toxoplasma gondii -parásito, presente en sus deposiciones, puede provocar problemas reproductivos y malformaciones congénitas.
Riesgos que se pueden prevenir
Una tenencia responsable implica también conocer los riesgos. Las zoonosis, enfermedades transmisibles entre animales y personas, representan alrededor del 62% de las enfermedades infecciosas que afectan al ser humano a nivel global. La buena noticia es que la gran mayoría de ellas se previenen con medidas simples: lavado de manos después de manipular al animal o limpiar sus desechos, evitar que lama heridas abiertas, no compartir la cama, no besarlo en la boca, y mantener al día sus controles veterinarios.
Las personas con sistema inmune comprometido, niños muy pequeños, ancianos, embarazadas, pacientes oncológicos o con VIH, deben extremar estas precauciones y consultar con su médico antes de incorporar una nueva mascota al hogar. Algunas especies, como reptiles y tortugas, no se recomiendan como mascotas para estos grupos de riesgo por su alta portación de Salmonella.
Las alergias también merecen atención. Existen estudios que documentan efectos psicológicos negativos en pacientes asmáticos que se ven forzados a separarse de su mascota, en muchos casos, ya integrada como un miembro de la familia, lo que lleva a los especialistas a recomendar un abordaje individualizado antes de dar indicaciones.
Un lazo esencial
Hace más de un millón de años, cuando el ser humano aún vivía en unidad con la naturaleza, los ritmos biológicos de las personas y los de los animales se sincronizaban. En una sociedad marcada por el ritmo acelerado, la hiperconexión y, paradójicamente, la soledad, los animales emergen como una presencia constante y genuina. No reemplazan vínculos humanos ni tratamientos profesionales, pero aportan algo difícil de conciliar: compañía sin más.
No curan solos. No reemplazan los vínculos humanos ni la atención profesional. Pero hacen algo que pocos recursos terapéuticos logran: están siempre. No abandonan cuando lloramos, o nos mostramos vulnerables, y en ese gesto simple y enorme de quedarse, de acercar la cabeza a nuestra rodilla cuando algo duele.
El doctor Boris Levinson, que descubrió casi por accidente el poder terapéutico de su perro Jingles en la década del 70, lo sintetizó con una pregunta que todavía resuena: «Yo sé que los animales pueden seguir caminando sin el hombre. ¿Puede el hombre seguir caminando sin los animales?»
En este Día del Animal, la invitación no es solo a celebrar, sino también a agradecer. Porque en ese intercambio cotidiano, hecho de miradas, juegos y silencios compartidos, hay algo más que compañía: hay salud, aprendizaje y, sobre todo y una tierna forma de recordar que no estamos solos.
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Los animales son muy inteligentes eligen su amo y en un hogar donde hay una persona enferma siempre se «asocian» a ella dándole protección.