En el sector este de Banda Norte, en la ciudad de Río Cuarto, la comunidad San Francisco Solano se consolidó como un punto de referencia social para vecinos que encuentran allí acompañamiento, capacitación y espacios de encuentro. Lo que comenzó como un centro comunitario hoy reúne distintas organizaciones bajo un mismo objetivo: fortalecer la inclusión y responder a necesidades sociales crecientes.
El núcleo de esta red solidaria funciona en La Casita de Francisco, un espacio ubicado junto a la capilla San Francisco Solano, donde convergen actividades deportivas, talleres de oficios, apoyo escolar, encuentros para adultos mayores y propuestas comunitarias impulsadas por los propios vecinos.
Según explicó Mario Muro, referente y coordinador del espacio, actualmente cinco organizaciones comparten el mismo ámbito de trabajo, generando una dinámica colaborativa que permite ampliar el alcance de las acciones sociales y reforzar el sentido de pertenencia barrial.
Uno de los proyectos más recientes y significativos es la puesta en marcha de la Panadería Social Santa Clara, una iniciativa desarrollada con apoyo del Gobierno provincial a través de los Consejos Barriales. La incorporación de equipamiento permitió mejorar la producción de panificados destinados tanto a familias del barrio como a merenderos y centros comunitarios.
La propuesta no tiene fines comerciales tradicionales, sino que prioriza el acceso a alimentos y la construcción de vínculos comunitarios. Parte de la producción se utiliza para abastecer espacios solidarios, mientras que otra se comercializa en pequeña escala para garantizar la compra de insumos y sostener la actividad.
Desde los Consejos Barriales destacaron que este tipo de proyectos generan impacto más allá de la alimentación, ya que promueven capacitación, participación y oportunidades de integración.
Cada semana, la panadería se transforma también en un ámbito de aprendizaje. Los talleres de cocina y panificación reúnen principalmente a mujeres del barrio que incorporan herramientas prácticas mientras comparten experiencias y fortalecen lazos sociales.
La actividad es coordinada por Alicia Rollán, quien remarcó el crecimiento sostenido del grupo y el valor que adquiere el encuentro comunitario. Muchas de las participantes elaboran productos para el consumo familiar, adaptando recetas a las posibilidades económicas y a los recursos disponibles.
Quienes asisten describen el espacio como un lugar de contención emocional además de aprendizaje. Las participantes destacan que compartir tiempo, conocimientos y experiencias se convierte en un apoyo cotidiano frente a contextos complejos.
La tarea comunitaria también alcanza al ámbito deportivo mediante el Club La Casita de Francisco, que ofrece actividades recreativas y de formación para niños y adolescentes del barrio. Allí, el fútbol funciona como herramienta de inclusión y prevención, con una propuesta que prioriza la participación antes que la competencia.
El club convoca a chicos y chicas de entre 6 y 14 años, promoviendo valores de convivencia, respeto y pertenencia. Desde la organización remarcan que brindar espacios seguros y acompañados contribuye a reducir situaciones de vulnerabilidad social.
En la comunidad San Francisco Solano, el trabajo colectivo se convirtió en una herramienta concreta para transformar la realidad cotidiana. La producción de pan, el deporte, los talleres y el compromiso vecinal conforman una red que busca responder a las necesidades del barrio desde la solidaridad y la participación compartida.
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