A once años de la primera marcha que transformó la conversación pública sobre los femicidios en Argentina, el movimiento Ni Una Menos vuelve a convocar bajo una consigna que no deja lugar a interpretaciones: «Justicia por Agostina, Ni Una Menos, el Estado es responsable».
«No estamos hablando de un hecho aislado; apuntamos a las responsabilidades políticas y sistémicas», explicó Soledad Díaz, de la Asamblea Ni Una Menos.
Tras la movilización se leerá un documento elaborado colectivamente durante el último mes por las organizaciones que integran el espacio. El eje central del reclamo este año no es solo el agresor individual, sino las fallas institucionales que hacen posible la violencia machista.
Avances culturales, derechos bajo amenaza
El balance a once años es ambivalente y plantea dos escenarios paralelos: El movimiento consolidó una transformación cultural profunda. «Hace once años los casos estaban totalmente naturalizados; hoy el horror de estos crímenes ya no pasa desapercibido para la sociedad», señaló Díaz.
Las conquistas acumuladas enfrentan un contexto adverso. Desde la Asamblea advierten que el actual gobierno nacional —que se presenta como abiertamente crítico del movimiento— impulsa proyectos para debilitar la figura del femicidio como tipo penal y facilitar denuncias por falsas acusaciones. «Hay una serie de conquistas alcanzadas que hoy están en riesgo», sintetizó la referente.
El lugar de los varones: debate superado, compromiso pendiente
Cada año reaparece la pregunta sobre el rol masculino en la marcha. Para la psicóloga y sexóloga Silvia Aguirre, la respuesta es clara: los hombres deben involucrarse, y no solo el 3 de junio.
«Ir a una marcha es sensibilizarse; si no entienden en profundidad lo que pasa, es muy difícil poder modificarlo. Pero la marcha es una forma, no alcanza solamente con ir», sostuvo la especialista.
Aguirre también subrayó el mensaje político que implica una convocatoria mixta: «El Estado no está cumpliendo. La presencia masiva de varones y mujeres es una señal clara: esta no es una lucha solo de mujeres«.
Desde la Asamblea, en tanto, consideran que esa discusión ya está saldada. «La jornada tiene como protagonistas a mujeres y diversidades, y los varones acompañan», precisó Díaz, quien también aclaró el protocolo de cuidado del espacio: ante la presencia de un agresor identificado, se le solicita que se retire.
Una deuda que no cierra con una marcha
Once años después de aquel primer grito colectivo, las voces del movimiento coinciden en un diagnóstico: la violencia de género sigue siendo una herida abierta.
Erradicarla exige mucho más que una movilización anual. Demanda un Estado que garantice presupuesto y asistencia los 365 días del año, una sociedad que deje de tolerar las violencias cotidianas cuando las cámaras se apagan, y un sistema judicial y político que asuma su responsabilidad para que el peso de los reclamos no caiga únicamente sobre las espaldas de las mujeres.
Para que el Ni Una Menos deje de ser un grito de emergencia y se convierta en una realidad, el trabajo empieza después de que la marcha termina.









