Me enteré de la existencia de Tim Payne porque varios amigos empezaron a compartir su historia en grupos de WhatsApp con un entusiasmo que normalmente se reserva para un campeonato como el que ganó Belgrano, o para el descubrimiento de una cura milagrosa.
Durante algunos minutos pensé que-el ignoto para mí- Tim Payne, había realizado alguna hazaña deportiva extraordinaria. O tal vez había protagonizado una historia de superación personal de aquellas que la gente ama compartir. Pero la explicación era mucho más simple y, también, más absurda. Tim Payne era un futbolista neozelandés prácticamente desconocido al que un influencer argentino había decidido convertir en famoso.
Como era el jugador menos conocido del Mundial, había que transformarlo en una celebridad. Miles de personas comenzaron a seguirlo, después llegaron cientos de miles y ahora son millones.
Confieso que mi primera reacción fue pensar que mis amigos estaban atravesando algún episodio colectivo de aburrimiento severo. Después me pregunté si el problema no sería mío y tuviera que ver con la crisis de los cuarenta. Quizás existe una edad a partir de la cual uno deja de comprender por qué determinadas cosas entusiasman al resto de la humanidad. Pero cuanto más observaba el fenómeno -así catalogado por los medios de comunicación-, más convencido estaba de que mi desconcierto no provenía de la edad sino del hecho en sí mismo.
Entré a su perfil de Instagram esperando descubrir el motivo de semejante fascinación colectiva. Vi algunos videos de un entrenamiento y tampoco encontré la respuesta ahí. En uno de ellos parecía tener ciertas dificultades para dominar la pelota, una característica que difícilmente convierta a alguien en un fenómeno global. Lo extraordinario de esto era el nivel de entusiasmo generado por algo que parecía no contener absolutamente nada. Es una de esas bromas colectivas que Internet produce con frecuencia y que, desde la óptica de un adolescente, pueden resultar incluso divertidas. Cuando observo el episodio me cuesta encontrar algo distinto a una gigantesca movilización de energía humana puesta al servicio de absolutamente nada.
Millones de clics, miles de comentarios, horas de conversación, cobertura periodística, videos de reacción, entrevistas girando alrededor de un futbolista cuya única particularidad consistía en no ser conocido. Es una especie de milagro circular: Tim Payne se volvió importante porque la gente hablaba de Tim Payne, y la gente hablaba de Tim Payne porque Tim Payne se había vuelto importante.
Uno de los descubrimientos más sorprendentes de la física moderna fue que la nada no existe. El espacio vacío, nos dicen los físicos, no está realmente vacío. Tiene propiedades, contiene energía, se expande, se deforma. Incluso aquello que parece no contener nada resulta ser algo, es decir, es una cosa, para ponerlo en términos coloquiales. Los físicos no deben tener redes sociales.
Durante varios días millones de personas lograron construir una conversación gigantesca alrededor de Tim Payne, demostrando que todavía es posible producir una nada más pura que la imaginada por cualquiera.
Lo mejor de todo es que esa nada consiguió millones de seguidores, repercusión internacional y mucha gente empeñada en encontrar significado donde probablemente sólo había conexión a Internet y una irresistible tendencia humana a seguir la corriente.
Dentro de dos meses, pasado el Mundial, probablemente nadie recuerde a Tim Payne. Dentro de un año otro nombre ocupará su lugar. Dentro de un tiempo será imposible reconstruir por qué millones de personas decidieron seguir a un futbolista neozelandés. Pero que nadie tenga dudas de que volverá a ocurrir.
Frente a situaciones como ésta, sólo puedo recordar una frase de César Aira, cuyas entrevistas suelen ser tan buenas como sus libros: «Por mi parte, yo doy por terminada mi vida. No voy a adaptarme al nuevo mundo».









