Cándido López era porteño y mitrista de corazón. Cuando Bartolomé declaró la guerra al Paraguay, Cándido no dudó en sumarse a sus huestes como voluntario. Soldado raso de campaña, en sus horas libres aprovechaba para hacer lo que más le gustaba, lo que mejor le salía: pintar lo que veía en el campo de batalla.
Cándido no era el único que se aburría mientras la Argentina, Uruguay y Brasil aniquilaban a un país entero. El cerebro en jefe aniquilador también tenía sus ratos libres y en uno de esos convocó a su tienda al soldado Cándido López. Mitre traducía La Divina Comedia en plena guerra, pero había perdido su diccionario en italiano. Y Cándido, además de pintar, sabía del tema. Hablaron de Dante Alighieri hasta la hora del crepúsculo. Al irse, el pintor soldado le pidió a su general que conservara los dibujos que había pintado en esos días de batalla, porque él -Mitre- los protegería mejor y porque algún día serían testimonio de la historia.

Desembarco del Ejército Argentino frente a las trincheras de Curuzú, el 12 de septiembre de 1866. 1891.
Pero la vida de Cándido López no se limitaba a retratar la guerra de la Triple Alianza y a conversar con Bartolomé. Era un soldado en la trinchera dispuesto a pelear y cuando el ejército avanzaba él también lo hacía con su sable en alto sujetado por su mano hábil también para el pincel: su mano derecha. La misma mano derecha que en plena pelea fue alcanzada por un casco de granada. La misma mano derecha por donde se fue su sangre mientras agonizaba tirado en una zanja.
López se arrastró hasta el campamento de Curuzú Cuatiá. Le frenaron el sangrado, pero no le salvaron la mano diestra. La mano que le permitía ser pintor cuando no estaba en batalla. El batallón de Cándido había partido de Buenos Aires, al comienzo de la guerra, con 800 ciudadanos voluntarios. Volvió, el mismo batallón, con apenas 83. Y a uno de ellos, a Cándido, le faltaba un brazo. Desde entonces lo llamaron ‘El manco de Curupaytí’. Cándido López, el hombre que ya no servía para la guerra. Y tampoco para pintar.
Con esa mano izquierda inútil trabajó en una zapatería para llegar a fin de mes. Sus sueños de artista quedaron postergados mientras entrenaba la izquierda, la inhábil, la que no le respondía. La entrenaba reflejando las imágenes inolvidables y trágicas de la guerra en la que participó.

Marcha del Ejército Argentino a tomar posición para el ataque de Curupaytí, el 22 de septiembre de 1866. 1902.
Tanto entrenó esa mano izquierda que volvió a pintar Cándido López, ‘El manco de Curupaytí’. Solo que ahora pintaba con su mano poco hábil y sus obras no se vendían. Pasaron las décadas y sus cuadros sobre la guerra de la Triple Alianza se acumularon en su hogar. Cuando se acababa su tiempo y crecía su hambre, propuso donarlas al Estado. Las aceptaron, pero tuvo que aclarar que lo tapaba la pobreza. Alguien advirtió, entonces, que el hombre había quedado manco en defensa de algo así como la bandera nacional (cosa no tan cierta). El gobierno le compró entonces 32 cuadros que hoy forman parte del Museo Histórico Nacional.
El reconocimiento a su obra, a su condición de cronista de guerra y víctima de la misma guerra, vendría casi un siglo después. Sus cuadros, pese al tiempo pasado, siguen siendo el mejor registro visual y artístico de nuestra afrenta al pueblo paraguayo.










