Los tres conceptos tienen hoy un intenso debate. El crecimiento (macroeconómico) impulsado por los sectores más neoliberales y libertarios es cuestionado por su simplificación excesiva, por no considerar la complejidad cualitativa del desarrollo microeconómico, de las cadenas de valor y los aspectos socio económicos. Mientras tanto la justicia social cuestiona a ambos por la concentración del poder, la marginación de grandes grupos poblacionales y los problemas ambientales.
Podría decirse que los grupos neoliberales y libertarios se guían por “maximizar” lo que es medible financieramente, casi siempre con referencia al Producto Bruto Interno (PBI). Mientras que los desarrollistas se podrían caracterizar por la palabra “mejorar” en los aspectos de la economía real. Mientras que la justicia social (fundamentalmente de base cristiana) busca “optimizar” el equilibrio y la sostenibilidad integral expresada en las últimas encíclicas de Francisco y León XIV.
Las naciones -mejor dicho, sus dirigentes- optan por alguno de ellos según sus historias, situación actual o elecciones circunstanciales. Obviamente si la cultura dominante del pueblo de la Nación es contraria a lo que deciden sus dirigentes, el conflicto es inevitable; de allí “la batalla cultural” que todos ellos intentan ganar.
Es que “maximizar” en lo macroeconómico y financiero implica solo sumar dinero como ingreso promedio y riqueza, sin importar donde se aplica y mucho menos quien lo acumula. Por lo que aumenta su concentración y exclusión, además de simplificar el desarrollo productivo, en especial si existen fuentes de recursos en actividades extractivas que no generan empleo y mucho menos protegen el medio ambiente.
Por su parte,“mejorar” implica hacer más complejo el sistema, generar más valor agregado y empleo, aunque no les importe mucho la concentración de poder en los mercados ni los aspectos ambientales.
Por último,“optimizar” los equilibrios socioeconómicos, la sostenibilidad ambiental y las formas de gobernar democráticas, lo que significa renunciar a parte del crecimiento y a las opciones de “libre mercado”, que, reguladas, no pueden desarrollarse sin límite.
Esos parecen ser “los modelos” que las sociedades y sus dirigentes pueden elegir para construir su futuro. Es hora que elijamos y exijamos a los dirigentes el cumplimiento de esa elección y su sostenimiento, respetando los programas que presentan para ser electos, sabiendo que todos tienen ventajas y desventajas.
Cuando se habla de fracasos de los gobiernos, cada sector o ciudadano habla del no cumplimiento de sus expectativas, algunas de las cuales pueden ser contradictorias y van variando en cortos períodos de tiempo.
Las encuestas que revelan las preocupaciones dominantes de la población, muestran en los últimos años grandes variaciones que van desde la corrupción institucional, la pobreza, la falta de trabajo, disminución de ingresos, la insuficiencia de los salarios, la seguridad, la inflación, etc.
En ese ranking, la Universidad de San Andrés hoy ubica primero a los bajos salarios (37%), segundo a la falta de trabajo (36%), en tercerlugarla corrupción institucional (33%) y cuarta la inseguridad (30%), todos por sobre la inflación que hace algunos meses lideraba el ranking.
Ello consolida una percepción de insatisfacción con la marcha de las cosas (65%) con un 33% de satisfacción actual, una percepción sobre el pasadoque se traduce en un 56% que opina que empeoró en el último año -y solo un 13% que mejoró- y una proyección al futuroque estima en un 46% que empeorará y un 30% que mejorará.
Obviamente la primacía de “la inflación” indicaría una opción por el equilibrio macroeconómico que se expresó en las urnas en 2023 y en 2025, donde muchos cambiaron el voto por la intervención de Trump-Besent que disminuyó la expectativa de devaluación.
La preocupación por la falta de empleo y la insuficiencia de los salarios, orienta las opiniones hacia formas desarrollistasque muchas veces ignoran el consumismo y la sobre explotación de recursos naturales.
Mientras que la preocupación por laconcentración de la riqueza y la corrupción institucionalparece optar por “la justicia social”.
Por último, la preocupación por el medio ambiente y los problemas de gobernanza que incluyen el control social por redes y medios o los sistemas democráticos que son constitutivos de la evolución reciente de la doctrina de la Iglesia Católica –encíclicas Laudato Si (2015), Fratelli Tutti (2020) y la reciente Magnifica Humanitas (2026)- no son preocupaciones importantes por ahora en gran parte de la sociedad argentina, preocupada por el corto plazo las posterga de sus inquietudes que están siendo sostenidas por minorías intensas.
En la medida que individualmente, como grupos sociales o como sociedad toda,sigamos variando nuestras preferencias, será muy difícil que podamos elegir por una sola de ellas.
Por ello, la solución posible es una síntesis que incluya los aspectos positivos de cada una de ellas.
O sea 1) el equilibrio macroeconómico neoliberal-libertario, 2) un desarrollo gradual y acumulativo que limite las situaciones monopólicas u oligopólicas cartelizadas de mercado, 3) una regulación de presupuestos mínimos comunes ambientales (bosques, glaciares, humedales, etc.), 4) sistemas impositivos eficaces y progresivos que redistribuyan ingreso y riqueza y 5) sistemas de gobierno democráticos con participación ciudadana para la planeación y el control.









