Hoy, 6 de mayo, se conmemora el Día Internacional Sin Dietas, una fecha que desde hace más de tres décadas invita a revisar con mirada crítica la relación que las personas, y las sociedades, construyen con su cuerpo, con la comida y con los cánones de belleza que el mercado impone. En Argentina, esa mirada tiene un peso particular: el país ocupa el segundo lugar en el mundo en prevalencia de trastornos alimentarios, detrás de Japón, según datos de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA). Un dato que, lejos de ser una estadística fría, representa miles de historias de sufrimiento, muchas de ellas nunca diagnosticadas, nunca tratadas.
El origen del día
La idea surgió en 1992 de la mente y la historia personal de Mary Evans Young, feminista británica que decidió enfrentar a la industria de productos dietéticos y alertar sobre los peligros de la anorexia y otros desórdenes alimentarios. Young, que había atravesado ella misma una anorexia, creó el eslogan «La gorda devuelve el mordisco» para captar la atención de los medios.
Durante una entrevista televisiva, propuso junto a la audiencia instituir ese día, eligiendo el 6 de mayo simplemente por la proximidad con la emisión del programa. Lo que comenzó como un gesto casi espontáneo se convirtió en un movimiento global.
Su llamado encontró eco en organizaciones feministas y de derechos humanos, que desde entonces organizan actividades informativas cada año en esta fecha. El símbolo que identifica la efeméride es una cinta celeste, color que alude a la transparencia y a la necesidad de visibilizar lo que suele ocultarse detrás del culto al cuerpo.
Los objetivos que Evans Young trazó en aquel entonces siguen siendo hoy tan vigentes como urgentes: poner en duda la idea de una forma corporal «correcta», crear conciencia sobre la discriminación por el peso y la gordofobia, declarar un día libre de obsesiones corporales, exponer la ineficacia de muchas dietas comerciales y honrar la memoria de quienes perdieron la vida a causa de trastornos alimentarios o de cirugías para adelgazar.
El cuerpo como campo de batalla cultural
Argentina no llegó a esta crisis de salud pública de manera fortuita. La investigadora Elena Pellicer, en un estudio sobre la relación entre la industria de la moda y los trastornos alimentarios en el país, señala que la moda funcionó históricamente en Argentina como un lenguaje político, un código de pertenencia social y, con el tiempo, como un mecanismo de presión sobre los cuerpos, especialmente los femeninos. Desde las primeras décadas del siglo XX, Buenos Aires aspiró a ser la «París de Sudamérica», adoptando estándares europeos de belleza y consumo que fueron penetrando en cada capa de la sociedad.
Ese proceso se aceleró en los años 80, con la transición democrática tras la dictadura militar y el fenómeno cultural conocido como el destape, que liberalizó la imagen del cuerpo pero no necesariamente en términos de la mujer misma: más bien, como señala la socióloga Barbara Sutton, sirvió como válvula de escape para el deseo masculino. El resultado fue una sociedad que prometía libertad corporal pero, al mismo tiempo, instalaba nuevas y más exigentes normas sobre cómo debía verse ese cuerpo libre.
A eso se sumó la crisis económica de 2001, durante la cual, paradójicamente, la única industria que creció fue la de la belleza: cirugías estéticas, liposucciones, membresías a gimnasios. Como quedó documentado en crónicas de la época, muchas personas argumentaban que invertir en el propio aspecto era «lo más seguro» ante la incertidumbre. El cuerpo, empobrecido el bolsillo, se volvió el único territorio sobre el cual sentir control.
Un problema que excede al género y a lo individual
Ver esta publicación en Instagram
Reducir los trastornos alimentarios a decisiones personales o a “problemas de autoestima” resulta, a esta altura, una simplificación peligrosa. Se trata de fenómenos complejos, atravesados por factores culturales, económicos y simbólicos. La presión por alcanzar determinados estándares corporales, reforzada por redes sociales, publicidad y ciertas prácticas médicas, configura un entorno que naturaliza la insatisfacción permanente con el propio cuerpo.
Ver esta publicación en Instagram
En ese contexto, Argentina presenta rasgos particulares. La centralidad histórica de la imagen, el peso de la industria estética y una arraigada cultura de la delgadez construyeron un escenario donde el cuerpo funciona como capital social. No es casual que, incluso en contextos de crisis económica, el consumo vinculado a la estética, dietas, tratamientos, cirugías, se mantenga o incluso crezca.
Córdoba no escapa a esta lógica. Profesionales de la salud mental y nutrición advierten sobre consultas cada vez más tempranas y cuadros más complejos, muchas veces atravesados por la hiperexposición digital. Plataformas como Instagram o TikTok no solo amplifican ideales estéticos inalcanzables, sino que también difunden prácticas alimentarias riesgosas bajo la apariencia de “vida saludable”.
Ver esta publicación en Instagram
Políticas públicas insuficientes
Si bien Argentina cuenta con marcos normativos, como la Ley de Talles o la Ley Nacional de Trastornos Alimentarios, su implementación sigue siendo irregular. La falta de controles efectivos, la escasez de equipos interdisciplinarios en el sistema público y la desigualdad en el acceso al tratamiento configuran un escenario fragmentado.
A esto se suma una deuda en materia de prevención. Las campañas suelen ser esporádicas y carecen de continuidad, mientras que la educación alimentaria y corporal sigue ocupando un lugar marginal en muchas instituciones. El resultado es un sistema que llega tarde: los diagnósticos suelen producirse cuando el cuadro ya está avanzado.
El negocio de la insatisfacción
En paralelo, la industria de las dietas continúa expandiéndose. Programas alimentarios restrictivos, suplementos y discursos de “cambio físico” se reinventan constantemente bajo nuevas etiquetas, detox, fitness, wellness, pero mantienen una lógica común: instalar la idea de que el cuerpo siempre necesita ser corregido.
Ver esta publicación en Instagram
El Día Internacional Sin Dietas incomoda precisamente por eso. No se trata de rechazar el cuidado de la salud, sino de cuestionar un modelo que equipara delgadez con bienestar y convierte al cuerpo en un proyecto permanente de mejora. La evidencia científica es clara en este punto: la mayoría de las dietas restrictivas fracasan a largo plazo y pueden derivar en efectos adversos tanto físicos como psicológicos.
Una discusión pendiente
Más que una consigna simbólica, el 6 de mayo expone una discusión que Argentina aún no termina de dar: qué lugar ocupan los cuerpos en la vida social y qué responsabilidades tienen el Estado, la industria, los medios y ahora también las plataformas digitales en la construcción de esos sentidos.
En ese escenario, emergen nuevas preocupaciones vinculadas al uso de inteligencia artificial y chatbots. Organizaciones que trabajan en trastornos alimentarios advierten que, en ciertos casos, estas herramientas pueden reproducir o incluso amplificar conductas de riesgo: desde la generación de dietas extremas hasta la circulación de consejos peligrosos o estrategias para ocultar síntomas.
Experimentos difundidos en redes sociales señalan, además, que los sistemas pueden ser fácilmente “rodeados” con consignas engañosas, lo que abre interrogantes sobre la eficacia de sus filtros de seguridad. Aunque no se trata de un fenómeno generalizado ni uniforme, especialistas coinciden en que la falta de regulación y supervisión adecuada puede convertir a estas tecnologías en un factor más dentro de un ecosistema ya saturado de mensajes nocivos sobre el cuerpo.
En un país donde miles de personas conviven con trastornos alimentarios, muchas veces en silencio, la fecha obliga a correr el foco del individuo y mirar el entramado que produce ese malestar. Porque detrás de cada dieta hay algo más que una elección: hay un sistema que sigue enseñando, de múltiples formas, que el cuerpo nunca es suficiente.
La violencia silenciosa que no deja de crecer delante de nuestros ojos









