La vulnerabilidad social dejó de ser un fenómeno que afecta sólo a determinados sectores para convertirse en una realidad para casi la mitad de la juventud argentina. Así lo revela el informe «Jóvenes vulnerables en la Argentina: Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro», elaborado por investigadores del Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), que concluye que el 48,9% de las personas de entre 18 y 29 años se encuentra en condiciones de vulnerabilidad.
Más allá del dato estadístico, el estudio pone el foco en un entramado de desigualdades que combina dificultades económicas, baja escolaridad, empleos precarios, problemas de salud mental y expectativas de futuro cada vez más limitadas. El trabajo, realizado sobre una muestra de más de 1.000 jóvenes de los principales aglomerados urbanos del país, también identifica un fenómeno emergente que es realmente preocupante: gran parte de quienes no estudian ni trabajan dejó incluso de buscar empleo.
El desaliento respecto de las posibilidades de inserción es tan triste como alarmante, y para entender más sobre estos datos y lo que implican, Juan Cruz Esquivel, doctor en Sociología, profesor de la UBA, investigador principal del CONICET y director del proyecto de investigación, explicó a Hoy Día Córdoba cómo se configura este problema, que por su magnitud obliga a dejar de pensar la vulnerabilidad como una situación excepcional y replantearse acerca de las necesidades de los jóvenes.
«Cuando observamos que casi el 50% de los jóvenes de entre 18 y 29 años se encuentra en situación de vulnerabilidad, queda claro que ya no se trata de un fenómeno marginal, sino de una problemática que alcanza a una proporción significativa de toda una generación«, comenzó asegurando Esquivel.
Para el especialista, el diagnóstico va más allá de la cuestión económica. «No se trata únicamente de las dificultades económicas, el 57% de estos jóvenes vive en hogares que no logran llegar a fin de mes, sino también de las dificultades de permanencia en el sistema educativo y de las condiciones de inserción en el mercado laboral, que en muchos casos se producen en contextos de precariedad. Estas circunstancias impactan directamente en el bienestar subjetivo y se asocian con situaciones de ansiedad, dificultades para dormir, tristeza persistente y consumos problemáticos«, afirmó.
El informe plantea que la vulnerabilidad social debe entenderse como una acumulación de factores que se potencian entre sí. Menores niveles educativos, empleos informales, ingresos insuficientes, dificultades para acceder a la salud y escasas posibilidades de proyectar el futuro son parte de un círculo que resulta difícil de romper.
En esa línea, el sociólogo remarcó que la vulnerabilidad “no debe comprenderse únicamente como una insuficiencia de ingresos”, sobre lo que agregó: “Es una acumulación de restricciones que se retroalimentan: menor escolaridad, empleos precarios, ingresos inestables, ausencia de cobertura de salud y mayores dificultades para construir proyectos de largo plazo».
El estudio también evidencia que el fenómeno presenta una distribución territorial diferente a la que tradicionalmente caracterizó a la pobreza juvenil. «Mientras históricamente las situaciones de pobreza y vulnerabilidad juvenil tendieron a analizarse con un fuerte foco en el Amba y en relación con los ciclos económicos, los datos actuales muestran una problemática de alcance federal y con características estructurales. El 73% de los jóvenes en situación de vulnerabilidad reside en el interior del país«, señaló Esquivel.

El crecimiento de los «Triple Ni»
La categoría de los “Ni-Ni”, que siempre hizo referencia a quienes no estudian ni trabajan, hoy se amplía tras la consolidación de un nuevo grupo que los investigadores denominan «Triple Ni», un escalón aún más crítico: jóvenes que tampoco buscan empleo.
Entre los jóvenes vulnerables, dos de cada diez no estudian ni trabajan. Pero, además, entre quienes están fuera del sistema educativo y del mercado laboral, aproximadamente un tercio abandonó también la búsqueda activa de empleo.
El informe muestra que, entre quienes no tienen trabajo, apenas cuatro de cada diez realizaron una búsqueda laboral reciente, mientras que la mayoría permanece inactiva. Para el director de la investigación, este dato representa uno de los aspectos más preocupantes de la investigación, sobre lo que explicó: «Lo leemos directamente como una distancia entre las expectativas y los recursos, las instituciones y las oportunidades disponibles para alcanzarlas».
«El dato más nuevo y más duro que arroja el informe es el desánimo. Entre el segmento de los ‘Ni-Ni’ se suma un tercer ‘Ni’: no solo no trabaja ni estudia, sino que entró en una inactividad absoluta y dejó de buscar empleo, abriendo una nueva categoría de los Triple ‘Ni'», agregó.
Según el sociólogo, este proceso refleja una pérdida de confianza en las posibilidades reales de inserción. «Esto se enmarca en un desánimo acumulado y profundamente arraigado frente a un mercado laboral que simplemente dejó de percibirse como un espacio de inclusión accesible. El mercado no los absorbe, y cuando logran insertarse, lo hacen en la altísima informalidad, lo que termina consolidando esa desconexión y la pérdida de horizonte», sostuvo.
Trabajar ya no garantiza salir de la vulnerabilidad
Otro de las cuestiones que arrojó la investigación es que tener empleo no necesariamente implica abandonar una situación de vulnerabilidad. La inserción laboral de estos jóvenes ocurre mayoritariamente en actividades de baja calificación como comercio, construcción y tareas de cuidado, caracterizadas por altos niveles de informalidad.
Solo el 18,9% cuenta con un empleo registrado o parcialmente registrado. En contraste, el 75,9% trabaja de manera informal o por cuenta propia mediante changas, ventas ambulantes o comercialización por internet. Apenas el 5% desarrolla su actividad bajo el régimen de monotributo.
Estas condiciones repercuten directamente sobre la estabilidad económica de los hogares. Más de la mitad de los jóvenes vulnerables (56,9%) afirma que los ingresos familiares no alcanzan para cubrir los gastos mensuales. Y es que cuando se está en esa situación, cualquier empleo que dé apenas un poco más de margen para llegar a fin de mes es aceptado casi siempre sin tener en cuenta las condiciones de precariedad.
Pero esto también repercute en el acceso a derechos básicos. Siete de cada diez jóvenes dependen exclusivamente del sistema público de salud y solo una minoría dispone de obra social o medicina prepaga, una situación estrechamente vinculada con la informalidad laboral.
Afecciones en la salud mental
Además de las dificultades económicas y laborales, el informe dedica un apartado completo al estado de la salud mental de los jóvenes. Los resultados muestran que el malestar emocional es una experiencia que vive gran parte de los jóvenes: más del 70% manifestó haber sufrido nervios o ansiedad de manera recurrente, mientras que cerca de la mitad reconoció experimentar tristeza, desgano o síntomas compatibles con la depresión. Claro que estos diagnósticos no se pueden determinar tan a la ligera, pero el hecho de que admitan experimentar estas emociones ya demuestra que hay algo que está fallando.
Por otro lado, aparecen también otras problemáticas vinculadas al descanso, el aislamiento y los consumos problemáticos. Tres de cada diez jóvenes admitieron tener dificultades para controlar el consumo de alcohol, tabaco o drogas, una situación que se vuelve más frecuente entre quienes poseen menores niveles educativos.
Para Esquivel, estos indicadores tienen que ver además con las condiciones materiales: «Encontramos que el malestar psicológico se ha convertido en una experiencia extendida y cotidiana, dejando de ser una excepción clínica».
«Los datos son alarmantes: más del 70% de estos jóvenes manifiestan problemas frecuentes de nervios o ansiedad y el 50% siente síntomas compatibles con la depresión o el desgano. Además, esta falta de contención económica y de perspectivas permea la subjetividad al punto de que un 30% reconoce dificultades serias para regular el consumo de alcohol, tabaco o sustancias», agregó. Según el investigador, estas problemáticas aparecen con mayor intensidad entre los jóvenes con menor nivel de instrucción formal.
La educación, una esperanza
Pese al complejo escenario, el informe identifica un dato alentador: la mayoría de los jóvenes continúa considerando que la educación representa una herramienta para mejorar sus condiciones de vida.
El 85,7% respondió que estudiar le permitiría progresar y alcanzar una mejor calidad de vida, convirtiéndose en una de las pocas variables sobre las que existe un consenso prácticamente generalizado.
Las principales aspiraciones a cinco años también muestran que, pese a las dificultades, persisten proyectos personales ligados al trabajo y la vivienda. Muchos imaginan poder acceder a un empleo estable, independizarse y vivir en un barrio con mejores condiciones que en el que residen actualmente. Sin embargo, los investigadores advierten que esas expectativas chocan permanentemente contra las limitaciones económicas y la falta de oportunidades.
Otros aspectos de interés: redes sociales, política y participación
El estudio también explora otros aspectos de la vida cotidiana de los jóvenes vulnerables. Sobre las redes sociales, que constituyen hoy la principal fuente de información, se reveló que dos de cada tres se informan a través de plataformas digitales, especialmente Instagram y Facebook, mientras que la televisión ocupa un lugar secundario.
En materia política, casi la mitad de los encuestados no se identifica con ninguna corriente ideológica, aunque el mayor porcentaje de votos en las elecciones presidenciales de 2023 correspondió a Javier Milei. La investigación también detecta bajos niveles de participación en organizaciones sociales, deportivas o comunitarias. Siendo casi dos tercios de los jóvenes quienes no integran ningún espacio colectivo, mientras que los grupos religiosos aparecen como el principal ámbito de pertenencia.
A modo de conclusión, los autores sostienen que los resultados muestran una problemática estructural que no puede abordarse mediante acciones aisladas, y por su parte, Esquivel considera que las políticas públicas deben enfocarse simultáneamente en educación, empleo y salud. «Partimos de la base de que un fenómeno estructural de esta magnitud necesita respuestas integrales e intervenciones coordinadas, no una sola medida aislada», afirmó.
El investigador recordó que, a pesar del contexto adverso, los jóvenes siguen apostando por la educación, y concluyó: «El 85,7% considera que estudiar les permitiría mejorar su calidad de vida, y sus principales metas a cinco años son conseguir un trabajo o tener una vivienda propia. Por lo tanto, las políticas públicas deberían enfocarse en retenerlos en el sistema educativo y fomentar esquemas que generen trabajo registrado para sacarlos de la informalidad. A esto debe sumársele, ineludiblemente, una mejora en la red de salud pública, que hoy es casi su única cobertura médica».
La investigación, financiada por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires y desarrollada en el marco del Proyecto de Investigación y Desarrollo en Áreas Estratégicas (PIDAE-UBA), fue realizada entre diciembre de 2025 y enero de 2026 mediante una encuesta presencial a 1.002 jóvenes de entre 18 y 29 años residentes en los principales aglomerados urbanos del país. Su importancia radica en que no se limita a medir ingresos o niveles de pobreza, sino que aborda con una mirada amplia la vulnerabilidad juvenil, y deja planteado un interrogante de fondo, que deberíamos tratar de responder con rapidez si se pretende un país con real movilidad social ascendente: qué hacer cuando una generación comienza a perder no sólo oportunidades, sino también la expectativa de que esas oportunidades puedan llegar alguna vez.
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