Durante años, la obesidad fue abordada principalmente desde la lógica de la dieta, el ejercicio y la voluntad individual. Pero en los últimos años esa mirada comenzó a cambiar y con ella también las herramientas disponibles para tratarla. El desarrollo de medicamentos como la semaglutida y la tirzepatida permitió alcanzar descensos de peso que hasta hace poco estaban asociados principalmente a la cirugía bariátrica, al tiempo que sumó beneficios sobre distintos factores de riesgo metabólico y cardiovascular.
El cambio no es menor si se considera la dimensión del problema: según datos difundidos en el marco de una campaña de información sobre tratamientos para el descenso de peso, seis de cada diez adultos en Argentina presentan sobrepeso u obesidad. La obesidad, además, es actualmente entendida como una enfermedad crónica y compleja, en la que intervienen factores hormonales, neurológicos, genéticos, ambientales y emocionales.
“Cambió sobre todo la mirada. Durante años la obesidad se explicó como comer de más y moverse poco, y hoy la entendemos como una enfermedad crónica, compleja y con tendencia a reaparecer”, explicó a Hoy Día Córdoba la Dra. Florencia Aranguren, médica especializada en diabetes y obesidad, coordinadora del Comité de Nefropatía Diabética de la Sociedad Argentina de Diabetes (SAD) y directora del Centro de Cuidado Metabólico (CCM).
Para la especialista, este cambio de concepción implica que el tratamiento ya no puede reducirse a una dieta corta. “Con esa mirada, el tratamiento ya no puede apoyarse solo en la voluntad de la persona ni en una dieta que dura unos meses”, señaló.

En este nuevo escenario aparecieron fármacos con una eficacia superior a la de tratamientos utilizados anteriormente. Aranguren explicó que la semaglutida y la tirzepatida permiten alcanzar descensos de peso promedio cercanos al 15% y que, en determinados estudios, pueden superar el 20%.
En el caso de la semaglutida 2,4 mg, los datos difundidos por Novo Nordisk señalan una reducción promedio del peso corporal del 17% en personas con obesidad, mientras que aproximadamente un tercio de los pacientes alcanzó una disminución igual o superior al 20%.
Pero el impacto va más allá del número que muestra la balanza. “Es necesario tener una mirada integral de la salud del paciente, donde el peso corporal es un elemento, pero atendiendo también a múltiples aspectos metabólicos clave, como el control de la glucemia, los factores de riesgo cardiovascular, prevención de la enfermedad conocida comúnmente como ‘hígado graso’, entre otros aspectos”, sostuvo Aranguren.
Uno de los resultados que modificó la discusión sobre estos medicamentos surgió del estudio SELECT. Allí, la semaglutida redujo un 20% el riesgo de eventos cardiovasculares mayores en personas con sobrepeso u obesidad y antecedentes de enfermedad cardiovascular, incluso entre quienes no tenían diabetes.
La especialista remarcó, de todos modos, que los medicamentos no reemplazan el resto de las herramientas terapéuticas. “Nada de esto reemplaza el abordaje integral. La medicación se suma a un programa que incluye alimentación adecuada, actividad física, descanso, salud emocional y seguimiento profesional”, explicó.
Uno de los aspectos que comenzó a cobrar mayor relevancia es qué tipo de tejido se pierde durante un tratamiento para bajar de peso, porque reducir kilos no necesariamente equivale a mejorar la composición corporal.
“El músculo interviene en el movimiento, la fuerza, el equilibrio y la utilización de glucosa, y sostiene la autonomía con el paso de los años”, señaló Aranguren. Una pérdida excesiva de tejido muscular puede asociarse con debilidad, caídas, menor gasto energético y mayores dificultades para mantener el descenso alcanzado.
La doctora también pidió evitar una confusión frecuente: masa magra y músculo no son exactamente lo mismo. Las mediciones de composición corporal incluyen dentro de la masa magra al agua, los órganos y otros tejidos libres de grasa. Por eso, una disminución de masa magra “no alcanza” por sí sola para diagnosticar sarcopenia, que “requiere evaluar también fuerza y funcionalidad”.
Un metaanálisis publicado en 2026, que reunió 20 estudios y más de 15.000 participantes, encontró que entre el 25% y el 39% del peso perdido con tratamientos basados en incretinas correspondía a masa magra. La proporción fue similar a la observada con intervenciones sobre el estilo de vida y el mejor perfil apareció cuando el tratamiento incluía ejercicio de fuerza.
“Evitar toda reducción de masa magra es poco realista cuando alguien baja mucho peso. Lo que buscamos es que el descenso sea predominantemente de grasa y que se preserven la mayor cantidad posible de músculo, fuerza y autonomía”, explicó Aranguren.
Por eso, el descenso de peso requiere desde el comienzo una alimentación adecuada, con un aporte de proteínas individualizado, entrenamiento progresivo de fuerza y controles que permitan evaluar no solo el peso, sino también la fuerza y la funcionalidad.
¿Uso médico o tratamiento estético?
La popularidad de la semaglutida también abrió una puerta que preocupa: su utilización para perder algunos kilos por decisión estética sin que exista necesariamente una indicación médica. Sobre esos casos, la médica señaló: “La molécula es la misma. No hay una semaglutida ‘estética’ y otra ‘médica’. Cambian la indicación, la formulación y las dosis aprobadas, el balance entre beneficios y riesgos y, sobre todo, el contexto en el que se usa”.
Cuando existe una indicación para tratar obesidad, explicó, el profesional debe evaluar antecedentes, composición corporal, alimentación, fuerza, medicaciones concomitantes, contraindicaciones y posibles efectos adversos. También debe establecer objetivos y controlar la respuesta durante el tiempo.
“Usarla para perder rápido unos pocos kilos en una persona sin indicación clínica ofrece un beneficio chico frente a riesgos que siguen existiendo”, advirtió. Entre ellos mencionó una ingesta insuficiente, deshidratación, síntomas digestivos y pérdida innecesaria de tejido muscular.
En la misma línea, Gabriel Oscar Fernández, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Trabajo y Salud Ocupacional y miembro de la Comisión Directiva de la Asociación Médica Argentina, había explicado en una nota anterior de este medio que “el uso de esta medicación debe ser estrictamente bajo supervisión médica”.
Fernández aseguraba que la semaglutida es un medicamento inyectable de aplicación semanal cuyo principio activo actúa como un análogo de la hormona GLP-1. “Este medicamento ayuda al páncreas a producir insulina, actúa sobre el hígado, retrasa el vaciamiento gástrico y disminuye el apetito”, detallaba.
Sin embargo, “no modifica el metabolismo ni es un medicamento mágico” y su eficacia depende de que el paciente acompañe el tratamiento con cambios sostenidos en la alimentación y el estilo de vida.

La automedicación y las redes, otro foco de preocupación
El aumento de la demanda también generó un mercado paralelo y una circulación de información que preocupa a los especialistas. Aranguren señaló que la esta preocupación por la automedicación no se limita a la ingesta sin receta: también incluye la compra por internet o redes sociales y la adquisición productos de origen incierto, así como el compartir dispositivos de aplicación o replicar las dosis utilizadas por otra persona.
“Sin supervisión pueden pasar inadvertidas contraindicaciones, interacciones y señales de alarma”, explicó. Una titulación incorrecta puede aumentar el riesgo de náuseas, vómitos, diarrea, constipación y deshidratación. Además, quienes utilizan insulina u otros medicamentos para la diabetes pueden requerir ajustes para prevenir hipoglucemias.
La circulación de productos falsificados también constituye un riesgo. La Organización Mundial de la Salud alertó sobre lotes falsificados de semaglutida y distintos organismos regulatorios registraron problemas asociados a productos no aprobados. Fernández fue categórico al respecto: “Nunca se debe automedicar ni comprar por redes sociales. Debe adquirirse únicamente en farmacias, con receta médica, y ser dispensado por un farmacéutico”.
También advirtió que antes de indicar estos tratamientos es necesario revisar antecedentes, enfermedades, medicamentos y condiciones particulares, incluido un eventual embarazo. “Nunca debe utilizarse por recomendación de un familiar o un vecino”, sostuvo.
Aranguren, además, alertó sobre el papel de las redes sociales. “Ayudaron a que mucha gente se enterara de que la obesidad se puede tratar y corrieron un poco la idea de que todo depende de la fuerza de voluntad”, reconoció. Pero señaló que el problema aparece cuando los contenidos virales reducen el tratamiento a un “antes y después” o a una pérdida rápida de kilos. En ese sentido, afirmó: “Lo que no debería pasar es que un testimonio personal ocupe el lugar de la evidencia científica, ni que un video viral defina quién necesita un medicamento, con qué dosis y con qué controles”.
El problema es que las redes sociales pueden presentar el descenso de peso como un resultado aislado, sin mostrar las condiciones que hicieron posible esa evolución ni los controles necesarios durante el proceso. Una fotografía del antes y después no permite saber si existía una enfermedad, qué dosis recibió la persona, durante cuánto tiempo realizó el tratamiento, qué otros cambios incorporó ni qué ocurrió después.
Además, la expectativa de obtener resultados rápidos puede llevar a algunas personas a modificar las dosis por cuenta propia. “Lo que vemos no es solo gente tomando un medicamento sin receta. Es también comprarlo por internet o por redes sociales, usar presentaciones de origen incierto, compartir lapiceras, copiar la dosis de otra persona o subirla de golpe para conseguir resultados más rápidos”, explicó la doctora.
En ese sentido, el desafío actual no parece ser solamente contar con medicamentos eficaces, sino establecer con claridad quién puede beneficiarse de ellos y bajo qué condiciones. La evidencia científica permitió ampliar las alternativas para tratar la obesidad, pero no convirtió a estos fármacos en una herramienta indicada para cualquier persona que quiera modificar su peso.
La diferencia entre un tratamiento médico y un uso por cuenta propia está, justamente, en todo aquello que ocurre antes, durante y después de la aplicación: el diagnóstico, la evaluación de riesgos, la elección de la dosis, el seguimiento de la respuesta, el control de los efectos adversos y el acompañamiento de cambios que permitan sostener los resultados.
Pese a que los nuevos medicamentos hayan mejorado las posibilidades de abordar la obesidad, también obligan a discutir cómo se los utiliza en un contexto en el que las redes sociales pueden convertir una herramienta terapéutica en una tendencia y en algunos casos hasta llevar a un Trastorno de Conducta Alimentaria (TCA). Para los especialistas, el objetivo no está solo en bajar de peso, sino en mejorar también la salud y preservar la capacidad física a largo plazo.
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