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Adolescencia

Un lugar seguro fuera del algoritmo

Nuestra especialista en Psicopedagogía y Educación analiza la columna que publicamos con el testimonio de una adolescente sobre las amenazas en su escuela.

Andrea Porello - EspecialPorAndrea Porello - Especial
2 de junio de 2026
Un lugar seguro fuera del algoritmo

Un lugar seguro fuera del algoritmo

Leí su relato varias veces. Y cada vez que volvía a esa historia, me detenía en la misma frase (…) “el miedo seguía en el celular, en TikTok, en los grupos, en los videos y en las redes”.

Ahí estaba todo.

Cómo vivió una alumna cordobesa los días de amenazas en su escuela

No era solamente el miedo a una amenaza escrita en un baño. Era algo más persistente. Más difícil de apagar. La sensación de que no había un afuera. De que el miedo seguía circulando incluso cuando el día escolar había terminado y había docentes y padres que habían acompañado la situación.

Quiero dialogar con lo que ella vivió, no para analizarla desde afuera ni para darle una explicación que no pidió, sino porque su testimonio deja ver algo importante sobre cómo muchos adolescentes atraviesan hoy las experiencias difíciles: sin pausa, sin borde y muchas veces sin adultos capaces de ayudar a metabolizar lo que pasa y poner un “basta” al mundo digital.

Antes, ciertos miedos parecían tener límites más claros. Ocurrían en algún lugar y, de algún modo, el cuerpo podía salir de escena. La escuela terminaba. La puerta de casa se cerraba y, en el mejor de los casos, uno sentía que estaba seguro. Había conversaciones, silencios y tiempo para que algo decantara.

Hoy, muchas veces, el miedo viaja con los adolescentes en el bolsillo y sigue en la habitación de cada uno si no se apaga el celular.

Eso modifica profundamente la experiencia emocional. Porque no se trata solo de estar informados. Se trata de quedar expuestos de manera continua a imágenes, rumores, audios, capturas y videos que siguen reproduciendo la sensación de amenaza incluso cuando nada nuevo está ocurriendo.

La experiencia ya no descansa.

Y cuando una experiencia no encuentra pausa, empieza a convertirse en otra cosa: saturación, alerta permanente, agotamiento.

El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han describe nuestra época como una sociedad donde todo circula de manera permanente: imágenes, opiniones, información, intimidad y reacciones. Todo aparece de inmediato. Todo exige una reacción inmediata.

Pero esa hiperconexión no necesariamente produce comprensión. Muchas veces produce cansancio, irritabilidad y hasta depresión.

Esta adolescente lo cuenta con enorme claridad. Cuando salió del colegio, buscó información y el algoritmo empezó a devolverle videos de tiroteos, amenazas y escenas de violencia. Ahí aparece algo muy propio de esta época: los algoritmos no preguntan cómo estamos antes de mostrarnos algo. No saben si una persona está angustiada, asustada o vulnerable. Solo detectan interés, permanencia y circulación.

La familia y el sistema educativo necesitan poder distinguir la distancia que existe entre comprender lo sucedido y quedar atrapados en una sobreexposición emocional constante. Porque lo digital sigue amplificando el contenido y, para muchos chicos, la experiencia nunca termina realmente.

Entonces aparece un fenómeno muy difícil de tramitar, especialmente en la adolescencia: el miedo empieza a repetirse en loop.

Cada video lleva a otro. Cada comentario abre una nueva hipótesis. Cada audio reactiva la escena. Entonces el problema deja de ser únicamente lo que pasó y empieza a ser también la imposibilidad de salir de eso que pasó.

Desde mi perspectiva —es decir, desde el encuadre Flowery Espacio— considero que hay una idea central para pensar la contemporaneidad: el exceso de información no garantiza que una experiencia haya sido elaborada. A veces ocurre exactamente lo contrario. Hay tanta estimulación, tanta velocidad y tanta exposición que las personas ya no encuentran tiempo para transformar lo vivido en algo pensable.

Las personas miran, deslizan, reaccionan y responden continuamente. Pero encuentran cada vez menos espacios para detenerse, asociar lo que sienten y comprender qué les está pasando.

Por eso creo que lo que ella necesitaba no era más información. Necesitaba pausa, conversación y adultos mediadores o pares de confianza. Necesitaba un lugar donde el miedo pudiera bajar un poco de intensidad antes de ser nuevamente amplificado por otro video.

Entiendo la pausa como una forma de cuidado.

En una cultura que premia la reacción inmediata, hacer pausa casi parece un acto extraño.

Sin embargo, el cuerpo necesita detenerse para poder pensar.

La pausa no es pérdida de tiempo. Es el momento en que una experiencia deja de ser solamente impacto y empieza a convertirse en algo que puede alojarse, compartirse y comprenderse.

Por eso me llamó especialmente la atención cuando ella contó que con sus amigas (…) “hacían chistes para no ponerse peor, pero al mismo tiempo hablaban entre ellas sobre lo que podía pasar”.

Ahí había algo profundamente valioso.

Mientras conversaban, mientras se miraban las caras para ver si la otra también estaba asustada, estaban haciendo algo muy humano: intentar transformar el miedo en experiencia compartida.

Los grupos de pares funcionan muchas veces así. No eliminan la angustia, pero ayudan a volverla más habitable cuando puede compartirse.

Los adolescentes necesitan muchísimo esos espacios donde una emoción pueda circular sin quedar inmediatamente expuesta, evaluada o amplificada. Necesitan lugares donde todavía sea posible hablar lento, ensayar ideas, decir opiniones contradictorias sin ser juzgados y expresar miedo sin quedar atrapados en una lógica de exposición constante.

Necesitan conversaciones sobre lo cotidiano que no compitan, todo el tiempo, con estímulos impactantes.

Necesitan adultos referentes en la escuela y en la familia que puedan transmitir una misma idea: “están siendo cuidados”.

Ella fue muy clara —y muy generosa— cuando dijo: “cuando nadie explica bien lo que está pasando, los rumores empiezan a ocupar ese lugar”.

Y también cuando pidió que los adultos no minimicen lo que circula en redes, porque, aunque muchas cosas no sean reales, igual afectan.

Eso me parece central.

Porque muchas veces los adultos seguimos pensando las redes sociales únicamente como espacios de entretenimiento o distracción, cuando para gran parte de los adolescentes constituyen también el lugar donde se construye la experiencia emocional de lo que ocurre.

Aunque una amenaza sea falsa, el miedo puede ser completamente real.

Aunque un rumor no esté confirmado, el cuerpo igualmente reacciona. Y cuando una experiencia no encuentra mediación ni pausa, queda circulando dentro del cuerpo como estado de alerta permanente.

Frente a eso, por un lado, necesitamos reducir el tiempo de los jóvenes en pantalla y, por otro, los adultos necesitamos detener el circuito incesante de audios, capturas y rumores digitales que circulan en los grupos de WhatsApp de padres.

Necesitamos recuperar la confianza en la palabra institucional y volver al encuentro directo con la escuela: acercarse, preguntar y conocer los protocolos y medidas de cuidado de la institución.

No para negar lo digital, sino para que el miedo no quede organizado únicamente por información anónima y muchas veces poco confiable.

Es allí, entre familia y escuela, donde deben construirse redes reales de cuidado y seguridad capaces de devolverles a los adolescentes la sensación de que hay adultos pensando y sosteniendo la situación en conjunto.

En situaciones de miedo, además, los adolescentes observan muchísimo más de lo que a veces creemos.

Ella entendió que algo serio estaba pasando cuando los profesores dejaron de permitirles ir al baño. No fue un comunicado lo que le dio certeza. Fueron los movimientos, las restricciones, los silencios y las caras de los adultos.

Eso también comunica.

Los cuerpos hablan incluso cuando las palabras todavía no llegan.

A veces acompañar a un adolescente hoy no significa tener respuestas rápidas.

Significa ayudar a que algo de la experiencia pueda encontrar borde, tiempo y respiración.

Construir un lugar seguro fuera del algoritmo no implica negar el mundo digital. Implica ofrecer experiencias donde no todo quede capturado por la velocidad, la exposición y la reacción inmediata.

Un lugar donde el miedo no tenga que circular solo.

Donde una emoción pueda transformarse en palabra antes de convertirse en contenido.

Porque, en un mundo permanentemente encendido, quizás cuidar también consista en eso: construir un lugar seguro fuera del algoritmo.

Temas: AdolescenciaDestacadasMagazinePerspectivaSociedad
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