Un 24 de abril, una civilización milenaria comenzó a ser masacrada. Muchos lo desconocen, pero este hecho es considerado el primer genocidio del siglo XX, y sus víctimas fueron, en su mayoría, armenios.
En 1915, en plena Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano decidió dejar atrás su carácter multiétnico para tornarse un Estado homogéneo. Con el lema “Turquía para los turcos”, el pueblo armenio fue señalado como un enemigo y, bajo esa lógica, debía ser aniquilado.

El proceso comenzó con la eliminación de los líderes armenios, con el objetivo de desarticular cualquier forma de resistencia. Luego, la violencia se extendió al resto de la población -ancianos, mujeres y niños-, mediante, deportaciones masivas hacia el desierto, acompañados de abusos, saqueos y apropiación de bienes. A esto se sumaron políticas de asimilación forzada y la destrucción del patrimonio cultural, evidenciando un intento sistemático de borrar la identidad armenia.
Tras el fin de la guerra, algunos responsables fueron condenados, pero nunca cumplieron sus penas, y los juicios fueron posteriormente anulados. Han pasado 111 años y Turquía nunca reconoció el genocidio armenio. Esta es una de las razones que movilizan a las diásporas armenias alrededor del mundo cada 24 de abril.
En Córdoba reside la segunda mayor comunidad armenia del país, solo por detrás de Buenos Aires. Argentina, además, se encuentra entre los 34 países que reconocen oficialmente el genocidio armenio. Este reconocimiento se formalizó mediante la Ley Nacional 26.199, sancionada en 2006 y promulgada en 2007, por la cual el Estado argentino reconoció el genocidio perpetrado entre 1915 y 1923 y estableció el 24 de abril como el “Día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos”.
En este marco, Hoy Día Córdoba dialogó con dos integrantes de la comunidad armenia de Córdoba —el profesor de música, Alejandro Demdemian, y la comunicadora social, Paola Caradaghian—, quienes participan activamente en diversas iniciativas culturales y educativas con el objetivo de seguir difundiendo la cultura armenia entre las nuevas generaciones y la sociedad argentina en general.

El genocidio armenio fue una tragedia que marcó profundamente a muchas de las familias de quienes nacieron y crecieron en Córdoba. Aunque no lo vivieron en primera persona, esas memorias se transmitieron de generación en generación y fueron resignificadas. Por ello, cada 24 de abril se conmemora la fecha con respeto y homenaje al millón y medio de armenios que perdieron sus vidas.

“Para mí, esta fecha es un día en el calendario que refuerza todo lo que simboliza; un recordatorio de que nunca hay que olvidar, porque estas cosas siguen ocurriendo. Hoy, en 2026, seguimos asistiendo a la destrucción de pueblos en distintas partes del mundo, incluida Armenia”, expresó Paola.
Alejandro, en tanto, afirmó que lo primero que se imagina cuando piensa en la fecha son las trágicas escenas y fotografías documentales de la época, que dan cuenta de lo ocurrido en 1915. “El 24 de abril se vive con cierto dolor, porque va directamente a la herida por el no reconocimiento del genocidio, a esta razón de la diáspora, la razón que hizo que todos los armenios se dispersen por el mundo, la razón por la cual mis abuelos, que vivían en una región ya tomada por Turquía, tuvieron que irse”, recordó.
Al mismo tiempo, el 24 de abril es una fecha que reanima la lucha de la comunidad armenia, funcionando como un disparador de distintas actividades organizadas por esta colectividad. En ese día, se busca visibilizar un crimen negado, y que sus consecuencias repercuten hasta hoy, porque nunca hubo reparaciones.
Armenia perdió gran parte de su territorio para Turquía, y en los últimos años, mantuvo enfrentamientos con Azerbaiyán por el enclave de Artsaj, un territorio de mayoría armenia que fue anexado por el país vecino.
En este contexto, Alejandro señala que la fecha se convierte en una oportunidad para encontrarse y charlar, tanto con los miembros de la colectividad armenia como con la comunidad cordobesa, en un espacio donde la memoria se comparte, la historia se transmite y se busca generar conciencia sobre lo ocurrido.
“Nuestros antepasados, bisabuelos, vivieron el mismísimo infierno: perdieron a sus seres más cercanos y, aun así, lograron sobreponerse, conservar el deseo de vivir, de luchar, de amar, de reencontrarse y de reconstruir una Armenia en los países que los recibieron. Ese ejemplo, como pueblo que atravesó y superó el dolor, puede ser un mensaje esperanzador”, planteó Alejandro.
Una identidad atravesada por Armenia
La identidad de la comunidad armenia se encuentra marcada por el genocidio de 1915. Esta historia se reconstruye en la memoria de cada descendiente de armenios, ya que fue transmitida de forma activa por las primeras generaciones que llegaron a Córdoba. En este sentido, Paola relata que ser parte de la comunidad armenia le dio “un ADN de resiliencia, fortaleza, aprendizaje y superación”, mientras que Alejandro expresa que crecer en un entorno armenio le permitió afianzar vínculos y reconocerse en la misma “movida cultural” que su familia.
“Los armenios son un pueblo milenario. Si uno se remonta a la historia los encuentra desde sus inicios, con momentos de sometimiento y casi al borde de desaparecer, pero con una capacidad de resiliencia importante: han sabido adaptarse. Cuando uno encuentra a un armenio, está encontrando a alguien a quien le han querido borrar la identidad y que tuvo que reconstruirse una y otra vez, y aún lo sigue haciendo”, reflexionó Paola.
En este sentido, Alejandro subrayó: “Me quedo con la idea de que en este mundo globalizado lo particular de cada lugar es sumamente valioso. Armenia, como un pueblo que ha luchado, que ha sobrevivido y que hoy defiende a capa y espada su identidad, su idioma, su historia, sus valores y sus héroes, es un ejemplo de resistencia”.

La memoria como transformación
En comunidades que nacen de la diáspora, entendida como la dispersión de un pueblo lejos de su tierra de origen, los recuerdos son clave para sostener y tejer una identidad propia.
“Memoria, para mí, es que te quede claro quién sos, de dónde venís y hacia dónde vas. Que nada ni nadie pueda borrar esa palabra, por todo lo que acarrea. Es un carrito donde uno va guardando de manera seleccionada cada uno de los aspectos con los cuales nos vamos constituyendo en nuestra identidad”, afirmó Paola.
Por su parte, Alejandro traza un paralelismo con el pasado armenio y lo que ocurre en la actualidad: guerras en Medio Oriente, disputas por territorios, denuncias de genocidios en Gaza y África. Escenas que remiten a 1915, pero son del 2026.
“Como armenio, crecí con una marca histórica en mi familia: la del genocidio, un hecho que tuvo cómplices, intereses y silencios que permitieron que sucediera. Hoy pasa algo similar, vemos por las noticias imágenes de desplazamientos, caravanas de gente huyendo, de violencia contra personas indefensas, que me remiten a las mismas imágenes del genocidio armenio, de las deportaciones y la pérdida de dignidad. Eso que sucedió antes, vuelve a suceder ahora. Y por eso es importante recordar el genocidio armenio”, sostuvo Alejandro.
La memoria debe ser entonces “la chispa” y la motivación para construir un mundo mejor. Si bien el pasado no puede reescribirse, desde el presente es posible luchar por un futuro en el que ninguna población o etnia sea aniquilada. La humanidad no puede permitirse que otros genocidios sigan ocurriendo ni permanecer indiferente. De esta forma, la memoria toma un valor transformador.









