Durante los últimos quince años, el Festival Internacional de Cine Independiente de Cosquín (FICIC) ha convertido a la ciudad serrana en una cita ineludible en el calendario cinematográfico regional, a pesar de contar con un presupuesto exangüe y sólo cuatro días de proyecciones. Nadie con conocimiento de causa se atrevería a poner en duda su calidad, el encuentro es adorado por cualquiera que pase por sus salas y sus modestos espacios, venga de donde venga, aunque no tiene nada que ver con el glamour que ostentan los festivales top del mundo. La razón principal no se encuentra en su presupuesto, tampoco en la amabilidad y el esfuerzo denodado de sus organizadores -que a puro pulmón logran suplir todas las carencias y darle una calidez inigualable al encuentro-.
Ocurre que los mejores festivales de cine son aquellos que, gracias a las películas que programan y a las discusiones que ponen en agenda, permiten abrir nuevos mundos posibles en el horizonte de su tiempo histórico. No se trata de grandes epopeyas, sino de pequeñas acciones disruptivas que logran hendir el sentido común dominante de una sociedad dada, abrir grietas allí donde el estatus quo parecía inconmovible, alumbrar nuevas posibilidades de pensamiento que antes no existían. Las potencialidades del cine son micropolíticas y los grandes festivales son aquellos que saben aprovecharlas: a través de las imágenes y sonidos que ponen en circulación, consiguen desestabilizar los marcos culturales promovidos por el poder de turno y liberar la imaginación política y estética de sus espectadores más dispuestos, con resultados siempre imprevisibles.
FICIC se ha preocupado siempre por resguardar esta potencia corrosiva y transformadora del séptimo arte, aún en los tiempos aciagos que corren, como lo demostrará una vez más en su quinceava edición. De repente, ante un filme como “La noche está marchándose ya” (Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini), los espectadores pueden entrever otros vínculos con nuestros semejantes que trasciendan la competencia, la crueldad y el ánimo de lucro; en obras como “Bosque arriba en la montaña” (Sofía Bordenave), se verán conmovidos por la desventura de un desconocido cuyo nombre ocupó el centro de las noticias y fue prenda de disputa política hasta hace poco en el país; en los mejores casos, como en “Yatasto” (Hermes Paralluelo) o “Ángeles” (Paula Markovitch), la experiencia de vida de las clases populares dejará de resultarles ajena e indiferente, más bien todo lo contrario. “La vida de alguien que jamás hubiéramos imaginado cercana, incluso interesante, se vuelve digna de atención; algo se aprende, algo se comprende, y eso sucede en simultáneo con otros presentes en la oscuridad que son tan distintos como los que viven por dos horas en el encuadre”, destaca en su editorial el crítico y director artístico del festival Roger Alan Koza, quien enfatiza que “nada dignifica tanto al prójimo que se sienta a nuestro lado y a nosotros, que somos a su vez su prójimo, como saber que mañana no seremos los mismos y que así será porque habremos aprendido algo más al transitar las vidas de los otros, vistas en una pantalla blanca”.

He allí la tan mentada magia del cine. No es en los balances del gasto público sino en estas potencialidades donde deberíamos buscar las razones de los ataques que sufre el sector por parte de los gobiernos conservadores, que siempre se sentirán amenazados ante la más mínima posibilidad de disidencia en el control de los sentidos sociales que circulan sobre lo posible y lo deseable en la sociedad. Pero FICIC está más vivo que nunca y en su nueva edición, que comienza con el estreno de la película brasileña “Se eu fosse vivo… vivia”, de André Novais Oliveira, volverá a brillar con luz propia, como lo demuestran las películas citadas un párrafo atrás, todas vinculadas a Córdoba, cuya presencia en el mayor encuentro cinematográfico provincial no será secundaria, en otra caricia para sus espectadores. Es que además del filme de Bordenave en la Competencia Internacional, se estrenarán otros cuatro largometrajes, entre ellos los esperados “Para hacer una película sólo hace falta un arma”, de Santiago Sein, y “Los días posibles – trilogía sobre la ternura”, de Rodrigo Guerrero. La notoria ambición estética del FICIC, que lo posiciona a nivel internacional, se reflejará también en el gran abanico de películas que ofrecerá, provenientes de naciones tan variadas como España, Japón, Italia, Brasil, Colombia, Francia, Perú, Alemania, Rumania, Uzbekistán, Portugal y Venezuela, con la presencia incluso de las nuevas obras de algunos nombres de trascendencia mundial, como el rumano Radu Jude. La invitación está hecha.

Hoy Día Córdoba: Para empezar, quisiera retomar la pregunta que te hiciste el año pasado en el editorial de FICIC, ¿qué puede hacer un festival de cine frente a la situación que vivimos?
Roger Koza: Dejar constancia de que existe otras formas de estar en el mundo. Jean-Louis Comolli, un poco antes de morir, sugirió que el cine era un posible espacio de resguardo para recordar la existencia de una vida lúcida. Lo dijo de otro modo, pero su idea no era otra que advertir una memoria del cine a la que se podía acudir para constatar una relación virtuosa entre las personas y de estas con el mundo circundante. Todas nuestras películas han sido elegidas teniendo en cuenta, como fuera de campo, el flujo de imágenes cotidianas que tienden a enajenar la mirada y a dispersar la atención en un sinfín de estímulos audiovisuales. Es un régimen de saturación cuya paradoja insólita consiste en producir imágenes —incesantemente— para dejar de verlas.
HDC: Me parece importante destacar la programación, donde siempre hay una lectura del mundo a través del cine, ¿podrías resumir tus búsquedas en la Competencia Internacional?
RK: En junio del año pasado en Marsella elegí la primera película para esta edición. La notable “Conferencia de los pájaros”, un relato que gira en torno al mundo del fútbol, es un desafío que se sostiene en la hermosura y el misterio del mundo. En ese film, las imágenes se ordenan de un modo inusual, como si fuera una poesía; algo similar pasa con “Fantaisie”, película que vi en el mismo festival, el FID Marseille, que supone ser un diario filmado de una mujer joven, aunque tal descripción es imprecisa, porque después de unos minutos la representación de ese universo privado se transforma en una experiencia enigmática. “A vida luminosa”, por otra parte, es una de las pocas películas del género coming of age que cumple con las reglas de dicho género sin circunscribirse a la generación de su personaje y expandiendo sus vacilaciones a un universo comprensible e interesante para todas las edades. El mundo de hoy vibra en ese film, pero el personaje, sin desconocer los riesgos y amenazas del presente, se desmarca de las opciones de conveniencia y desobedece el clamor nihilista contemporáneo. “Bosque arriba en la montaña” constituye una impugnación estético-política del orden vigente: el cobarde asesinato de Rafael Nahuel, de público conocimiento, es el punto de partida para reanudar una lectura crítica sobre la historia argentina de los siglos XIX y XX y sus efectos en el presente. Es un film contra la infamia, el olvido y la impunidad. “Aro Berria” reconstruye el nudo secreto entre emancipación política y espiritual, en una época específica de la historia de España; la clarividencia de ese film es demostrar la sustitución de la indignación frente a un orden social por la búsqueda de una vida a espaldas de ese orden, respuesta fallida de una época, pero que explica indirectamente los límites de la imaginación política del presente. ¡Se pueden pensar tantas cosas a través de cinco películas tan distintas! Ninguna, lo reitero, pacta con el régimen audiovisual del presente. Lo mismo podría decir de los cortos en competencia.
HDC: También quería consultarte sobre las retrospectivas a Hermes Paralluelo y Jerónimo Atehortúa, dos grandes cineastas que estarán en Cosquín…
RK: Paralluelo hizo “Yatasto”, una película indeleble y fundamental para el cine de Córdoba; con intermitencias, siguió filmando. “No todo es vigilia” se llegó a ver, incluso en Cosquín, pero no así “Las muertes de Chantyorinti”, una de las grandes películas secretas del cine contemporáneo. Esta última es un viaje perceptivo a otro mundo; es también la confirmación de un cineasta capaz de ir hacia el prójimo, filmarlo y reponer en cada plano la decencia de cualquier vida humana. Jerónimo Atehortúa es uno de los pensadores cinematográficos más destacados de Latinoamérica: estudió con Béla Tarr, escribe sobre cine, produce películas de otros colegas y también tiene una vida como docente. Su primer largometraje fue una película codirigida con Luis Ospina, el mayor cineasta colombiano de todos los tiempos. De ahí en más, siguió solo. Hasta ahora, todas sus películas se circunscriben al uso creativo e irreverente de archivos del cine silente colombiano: toma fragmentos pretéritos y reescribe con esos fragmentos y retazos algo nuevo. Se trata de un cine lúdico y político, y de una inteligencia conceptual ostensible a la hora pensar las relaciones entre cine y sonido.
HDC: También me gusta mucho la selección de Martín Peña, que tiene que ver con películas que retratan la rebeldía política en distintos tiempos y escenarios, ¿cómo son las obras en cuestión?
RK: “Las garras del poder” (Italia, 1975) es una auténtica locura anárquica que trabaja con todos los signos clave de la política de emancipación de las décadas de 1960 y 1970 en tensión dialéctica con el poder que acá tiene un rostro específico: la CIA. La película de Masaki Kobayashi – Rebelión (Japón, 1967) – transcurre en los inicios del siglo XVIII, en un universo conceptual desconocido, pero lo que pasa en el seno de la familia de un samurái puede resultarle cercano a un carpintero de Cosquín, un administrativo de La Falda o un docente de La Cumbre; es universal. Obra maestra indiscutible, gran película fenomenológica sobre la desobediencia. ¿Qué decir de la de Glauber Rocha -Dios y el diablo en la tierra del sol (Brasil, 1964)-? Su furia y su vitalidad nunca estuvieron más vigente que hoy. Es hora de volver a Glauber.
HDC: El cine cordobés volverá a tener un fuerte protagonismo, con películas que impactaron en distintos festivales del mundo, ¿cómo explicas este fenómeno?
RK: Ya no es ninguna novedad lo que sucedió con “La noche está marchándose ya”: su paso por Europa fue victorioso y en estos días, quizás, tendremos buenas noticias desde Jeonju, en Corea del Sur, donde es parte de la Competencia Oficial. “Los días posibles (Trilogía de la ternura)” acaba de lograr un reconocimiento en el Bafici. En el film de Guerrero, al inicio, se explica muy bien lo que es el deseo de filmar, pero se aclara que el modo de producción modesto no es un camino obvio para seguir y que de ningún modo debe verse convalidada la política de (no) producción del INCAA, a cargo de un incompetente “economista” que ve películas en TikTok. Las películas cordobesas de esta edición denotan un momento de madurez en todas las áreas del cine. Mientras tanto, después de su paso por el Festival de Rotterdam y el Bafici, podremos ver una de las mejores películas que se han hecho jamás en Córdoba: “Para hacer una película solo hace falta un arma”.










